Testimonio desgarrador de madre de sicario







Daré mi testamento brevemente aunque el dolor que me acompaña sea muy largo y extenso, además de cruel y profundo.



Mi hijo tenía 20 años cuando un “amigo” de la familia lo enganchó en el vicio de la drogadicción sin que yo me diera cuenta, -los jóvenes se las ingenian de mil maneras para ocultar a sus padres lo que hacen para bien pero sobre todo, lo que hacen para mal -; aducen y reclaman la independencia aún sabiendo que lo que reclaman los llevará por caminos inciertos, difíciles y algunas veces, como en el caso de mi hijo, mortales.

Cuando esto ocurría no estaba desatado el “crimen organizado”, es más, aún ni siquiera habían inventado este nombre nuestras “máximas y competentes autoridades”.

Al transcurrir cerca de 5 años a mi hijo lo fueron llevando como a tantos otros de consumidor a vendedor y después lo invitaron a que trabajara como “vigilante” en algunas instalaciones de estos “sus amigos” otorgándole un salario que, por lo demás, no era remunerable al nivel de riesgo, sin embargo sí era suficiente para paliar el hambre de mis nietos.

Como madre soltera no logré darme cuenta de lo que relato líneas arriba hasta que mi hijo se confesó conmigo al ver que día con día lo iban llevando más adentro de la perdición y “sus jefes” lo iban obligando a realizar actividades cada día más peligrosas.

Más por temor que por convencimiento mi hijo me contó donde trabajaba y parte de lo que hacía, suplicándome que lo ayudara para no convertirse en un “monstruo” más como lo que él iba atestiguando en que se iban convirtiendo algunos de los “amigos” que lo habían enrolado.

Mi hijo aceptó mis sugerencias de ingresar a un grupo cristiano y poco a poco fue integrándose a él de manera más intensa y constante, razón del alejamiento de sus “amigos”, los cuales le perdieron la pista durante poco más de un año pese a la intensa búsqueda de que lo hicieron objeto.

Durante este tiempo, Cristo se alojó en nuestros corazones según pude constatarlo al observar el desempeño de hijo para con su esposa y con sus hijos y para conmigo misma, ocurriendo que, después de un lapso de 3 años integrado a las actividades cristianas, lo detectan “sus amigos” y lo amenazan con desaparecer a algunos de sus hijos o a mi como su madre si él no accedía a integrarse al grupo criminal, logrando con lo anterior a que mi hijo se reintegrara con ellos en virtud de un “levantón suave” que hiceran de su persona estos criminales, llevándoselo por más de 6 meses, tiempo en que no tuvimos noticias de él.

En todo éste tiempo, según la nota roja de los periódicos, -en esas fechas todavía se informaba con cierta objetividad la verdad de los acontecimientos-, nos fuimos dando cuenta que los criminales iban escalando su crueldad, su capacidad bélica y la frecuencia de sus criminales actos.

Es pues que a vuelta de seis meses reaparece mi hijo en el resquicio de la puerta de mi casa y me dice: “vine por ropa y me voy a volver a ir con ellos, no voy por voluntad, voy amenazando. No se preocupe madre, yo jamás habré de matar como se les ve a ellos matando y tirando cuerpos en la calle según los periódicos, yo ya llevo a Dios en mi corazón”. A mi hijo se lo llevaron y no volví a verlo… vivo.

Lo reporté a las autoridades y ahí supe del nuevo término que habían inventado ellos como “daño colateral”.

Después de yo sola “investigar” lo que una madre soltera y sola puede investigar, me enteré de que mi hijo fue acribillado a las afueras de una tienda de conveniencia desde un carro donde le ordenaban a mi hijo que matara a balazos a una persona y al no obedecerlos, éstos mismos personajes – ahora sé que es un sicario- le arrebataron la vida a mi hijo dejando en la orfandad a 3 niños de cortas edades y en el sufrimiento y la pena a una esposa que pronto habrá de reponerse y a una madre que carga su rabia e impotencia transformados ahora en valor para evitar que otros jóvenes sigan el mismo destino de mi hijo.

Por eso estoy aquí preguntando a ustedes. ¿Qué hacemos, qué sigue, en qué colaboro?

Yo al menos tuve la suerte de recuperar el cadáver de mi hijo y darle cristiana sepultura, por eso mismo comprendo el dolor tan grande que provoca la incertidumbre de no saber de un ser querido.

FRATERNALMENTE,

Una madre lagunera como hay cientos ¿o miles?