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¿Tus viejos te hacen sentir culpable?

Como primer señalización del tema, podríamos decir que una sociedad educada a través de la culpa, sólo conoce los límites de su comportamiento a través de ella. Se siente la culpa, no se actúa, no se la siente, se actúa.
Si crees que esto no es cierto. Probá hacer algo en contra de algún grave sentimiento, usando la razón, verás que no es tan fácil.



[...] la concordia familiar sólo se ve perturbada por mí, y conforme pasan los años de
modo cada vez más grave, con frecuencia no sé qué hacer ni qué pensar, sintiéndome
profundamente culpable ante mis padres y ante todo el mundo (Cartas a Felice, t. I, p.
215).
[...] Lo cierto es que, desde siempre, a pesar de toda maldad, desconsideración,
egoísmo, desamor, he temblado ante ellos [los padres] y sigo haciéndolo hoy, porque
uno no puede dejar de hacerlo, y aunque ellos, mi padre por una parte y mi madre por
la otra, han destruido casi sin remedio mi voluntad, a pesar de todo quiero ser digno de
ambos. Ellos me han engañado, y sin embargo no puedo rebelarme contra la ley
natural sin volverme loco (Diarios (1914-1923), p. 16; énfasis mío)


La educación a través de la culpa forma individuos incompletos, la carga emocional siempre será más pesada (Porque además ataca una y otra vez con cada incidente), y por lo tanto siempre será más importante respetar lo que de lo contrario depararía culpa, y no lo que uno decide con su juicio que está bien respetar.

Tomemos un ejemplo para acercarnos a lo que queremos comprender:

“Cree en Dios o te arrepentirás” Hoy en día, esta frase ha perdido poder, pero en su tiempo ha provocado enorme sufrimiento a los individuos, los ha lisiado. Los hombres debían cargar por el mundo todo el peso de su espontáneo pecado. Así se creó un hombre escindido, un hombre bueno y uno malo, lo “pecaminoso” debía ser reprimido para funcionar en sociedad. Pero como bien sabemos a través de la psicología, todo lo que es reprimido, pierde su carácter natural y muchas veces indiferente, y se vuelve más intenso. Adquiere fuerza a través del contexto.

Es decir, si comer una manzana no estaba prohibido, el único placer que se podía obtener es el de la alimentación, y todo lo demás resultaba indiferente. En cambio, si comer manzanas está prohibido, al placer de la alimentación se sumará el “placer” o excitación de estar participando en una lucha entre “el bien y el mal”, la excitación que acarrea la rebeldía, o la excitación que acarrea cumplir obedientemente la ley luego de una extraordinaria pugna entre grandes sentimientos encontrados, respecto a obedecer o no, etcétera.



Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro -esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre: únicamente con esto se desarrolla en él lo que más tarde se denomina su “alma”. Todo el mundo interior originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia fuera fue quedando inhibido. Aquellos terribles bastiones con que la organización estatal se protegía contra los viejos instintos de la libertad -las penas sobre todo cuentan entre tales bastiones- hicieron que todos aquellos instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo, diesen vuelta atrás, se volviesen contra el hombre mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en la agresividad, en el cambio, en la destrucción -todo esto vuelto contra el poseedor de tales instintos: ése es el origen de la “mala conciencia”. El hombre que falto de enemigos y resistencias exteriores, encajonado en una opresora estrechez y regularidad de las costumbres, se desgarraba, se perseguía, se mordía, se roía, se sobresaltaba, se maltrataba impacientemente a sí mismo, este animal al que se quiere “domesticar” y que se golpea furioso contra los barrotes de su jaula, este ser al que le falta algo, devorado por la nostalgia del desierto, que tuvo que crearse a base de sí mismo una aventura, una cámara de suplicios, una selva insegura y peligrosa -este loco, este prisionero añorante y desesperado fue el inventor de la “mala conciencia”.
[Friedrich Nietzsche; La genealogía de la moral]

Manipulación:

La manipulación a través de la culpa es muy frecuente en las familias.
Es muy común oír frases como “Nosotros los padres nos matamos trabajando para que vos…” “Mirá ese chico no tiene un centavo y vos quejándote por…”

Todas estas frases no hacen más que lisiarnos.

Porque, si lo que pretenden de nosotros por ejemplo, es que aprobemos una carrera, no es ese el mejor método.
Si aceptamos lo que dicen, entonces estaríamos estudiando para no ser "malos" con nuestros padres, y no porque nuestra carrera o lo que hacemos realmente nos gusta, estaríamos estudiando para satisfacer los deseos de los demás, y no nuestras aspiraciones propias. Así, al descuidar la importancia emocional de nuestras propias aspiraciones, estas empiezan a perder valor. Y mientras más se repita este amedrentamiento a través de la culpa, más desconfiados estaremos de nuestra capacidad de elegir y ser motivados por nosotros mismos, y más nos vamos a dejar llevar por lo que nuestros padres (u otras personas) pretenden de nosotros.
También perderemos la motivación real, propia de la acción, y así alimentaremos un círculo vicioso en el cual cargaremos todavía más culpa, al no tener motivación, y quizás tampoco buenos resultados en lo que nos compete.
Además, otra cosa que nos veremos impulsados a hacer es a justificar nuestras acciones, ya no podremos hacer algo simplemente porque “nos gusta” sino que antes debemos explicarlo con muy buenos razonamientos.

Consecuencias sociológicas:

Todo esto genera una comunidad enferma. Ya que al tener la culpa importancia, el individuo sólo puede vivir aceptándola como real, y por ende perdiendo su propia conexión emocional con su vida o reprimiéndola a través de la desensibilización (Lo que hacen los criminales). Cuando se pone la culpa en juego se degenera el marco de acción. Ya no podemos actuar libremente, sino que sólo podemos reaccionar a ella.


Ahora, veamos esto en el marco de una familia:

¿No es la culpa entonces una especie de amenaza? ¿De golpe psicológico que reafirma la autoridad de quien la utiliza? ¿Y que sólo pretende que se cumplan sus deseos, impuestos como órdenes?

¿Que podemos hacer si vivimos esta dinámica?

Hablar con nuestros padres. Hacerles entender que la culpa es sólo una vulgar intimidación. Que la familia existe para tener alguien en quien confiar en el mundo, un lugar en el que formarse, no para tener verdugos conocidos.

Hacerles entender que lo que hagamos es nuestra elección y no resultado de sus "amenazas de culpa". Lo cual poco a poco forjará confianza en nuestra habilidad de funcionar libremente.
Es un proceso largo, pero tiene sus grandes resultados, aprender a vivir más independientes y sanos.




Varios conceptos han sido tomados con fines prácticos desde mi propio post:
http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/16434006/La-culpa-y-las-consecuencias-de-su-utilizacion.html
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