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Un texto muy extraño de un libro escolar uruguayo

El texto que aqui les muestro aparecio en un libro infantil de 1912 que se entregaba en escuelas publicas, de la autora no se sabe mucho solo se sabe que era una mestra salteña madre del escritor salteño Carlos maria Perciavalle, el libro incluso se puede encontar por mercado libre y tiene textos interesantes como un texto de como debe ser una señorita educada y varios textos patrióticos para que los niños uruguayos de 6 a 8 años de 1912 se educara.




En medio de todo eso hay un texto que es para lectura basica osea para que los niños aprendan a leer pero su temática es demasiado obscura para niños de 6 años cuyo primer texto seguro se trato de...una niña muerta.
Leanlo y saquen sus conclusiones y vean lo que fue la educación uruguaya en la antigüedad.


Esa es la tumba de una niña: de una niña blanca como el mármol de esa lápida, pálida como las hojas de ese sauce que inclina sus ramas mustias y llorosas sobre la sencilla tumba. Blanca se llamaba la niña, y era buena, cariñosa y modesta. En la escuela todas la queríamos: maestras y alumnas, chicas y grandes. Faltaba mucho a clase porque era enfermiza; en invierno pasaba muchos días en cama, tosiendo continuamente.

No había día que no recibiera carta de sus compañeras de clase. Los domingos íbamos a verla y a llevarle margaritas y violetas, que eran sus flores queridas. Cuando su mamá se lo permitía, nos escribía unas cartas tan cariñosas y melancólicas que nos hacían llorar y pasar el día calladas y tristes.

Pertenecía a la clase superior, tenía quince años, aunque apenas aparentaba diez, y hacía cuatro que en lugar de crecer, parecía que se achicaba: cada día estaba más demacrada y más débil. Hace dos años, en primavera, un pulmonía fulminante se la llevó... ¡Que día tan triste fue para nosotros el de su muerte! En la escuela no se trabajó ese día: no se hizo más que llorar.

Al día siguiente fuimos temprano a la escuela llevando todas las violetas, margaritas y azucenas que pudimos recoger; y dirigidas por la Directora, tejimos dos hermosas coronas, una de violetas y margaritas y otra de azucenas. Cuando estuvieron prontas, nos pusimos en camino acompañadas de la Directora, para la casa de nuestra pobre compañera.

Allí contemplamos por última vez aquel rostro pálido y bello que parecía dormir en apacible sueño sobre su lecho de flores. Depositamos nuestra ofrenda, y mudas y llorosas permanecimos largo rato a su lado. Llegó la hora del entierro, y todas vestidas de blanco, con las manos llenas de ramos y coronas, la acompañamos al cementerio. ¡Pero nada fue tan doloroso como tener que dejarla sola en tan triste lugar!

Me parecía que ella sentía, y que nos llamaba y nos pedía que la acompañásemos como cuando estaba enferma y nos mandaba buscar. La pobre madre, cumpliendo la última voluntad de su hija, ha colocado sobre su tumba, abierta en la tierra, una sencilla lápida de mármol circundada de violetas y margaritas, a la sombra de un sauce llorón, y sin más inscripción que su nombre: BLANCA.





Fuente: http://galerianocturna-triplex.blogspot.com/2012/01/una-tumba.html
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