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Un viejo relato corto de hace muchos años - Escrito por mi

La oscura noche lo encontró con los ojos cerrados, pero no dormido. El joven yacía en su cama de una manera tal que podía ver la puerta de su habitación. Era tarde, pero Morfeo no se encontraba cerca para conciliar su sueño. La discusión que había tenido hace unas horas atrás fue una de las más fuertes que podía recordar en su atormentada cabeza y parecía espantar al dios del sueño. Una y otra vez el joven se preguntaba el porque de la situación que lo llevó a un distanciamiento poco habitual con su padre, quien también se retiró a descansar terminado el episodio.

Con los ojos entreabiertos, el muchacho pudo apreciar una oscura silueta desplazarse en el pasillo que unía las habitaciones. La tenue sombra se dirigía claramente al dormitorio en donde sus padres descansaban. Sobresaltado por lo que sus ojos vieron, el joven dejó cualquier vestigio de relajo y se incorporó al pie de la cama y se dirigió lentamente a la habitación de sus padres. El percibía algo fuera de lo normal, algo que lo atormentaba aún más que la reciente discusión.

Al llegar a la habitación quedó atónito ante la escena que sucedía. En el cuarto pudo ver a su padre, totalmente relajado, durmiendo plácidamente y ante él, la sombra que vio pasar en el pasillo. Esta sombra no era ni más ni menos que la mismísima muerte, esperando pacientemente, tal como siempre lo hace. Sin prisas, sin apuros, la muerte miraba fijamente al padre del muchacho sin dar señales de sobresaltos o sorpresa ante la presencia del muchacho.

La pálida muerte giró para penetrar con su fría mirada a los ojos del muchacho.

-Sabes quien soy. Sabes a qué vengo. Y sabes que no puedo irme con las manos vacías.
El joven quedó congelado y un sudor frío recorrió su cuerpo atormentado. Él no podía creer que estaba hablando con la mismísima muerte. Sus labios, los cuales habían tomando un color azulado por el frío comenzaron a moverse para pronunciar las entrecortadas palabras que el muchacho quiso expresar.
-¿Por qué quieres llevártelo? Mi padre goza de perfecta salud, es muy joven para que te lo lleves.

-No puedo irme con las manos vacías. El destino fue trazado y no hay nada que pueda impedirse ya.

Con la vista sobre la mesita de luz de su padre, el muchacho pudo apreciar un frasco que le resultó poco familiar. La muerte con su mera presencia le impedía el paso hasta la mesa de luz, y la oscuridad de la habitación le impidió ver el contenido del misterioso frasco.

-Tú sabes de los hechos que acontecieron hace unos instantes. De hecho, fuiste uno de los protagonistas, no puedes preguntarme por qué estoy aquí.

-Sé que discutimos como nunca antes lo habíamos hecho, los dos nos vimos superados por la situación y nos dijimos cosas fuertes, pero no creo que sea motivo de tu presencia.

El muchacho sabía que se había extralimitado con su padre en la discusión, que dijo muchas cosas que tan solo pueden ser hijas de la ira del momento y no del verdadero sentimiento que tenia para con su padre.
-Las cartas están echadas, hijo de Dios, el destino está sellado y el circulo de la vida en la Tierra se está cerrando, más te vale que tomes rápido una decisión.

-Te pido por el sentido mismo de la vida que le perdones la vida a mi padre, él no merece morir. ¡No quiero que él muera!

-Hijo de Dios, mi presencia aquí no es trágica, todos ven mi cara una sola vez en la vida, soy quien los guía a la siguiente etapa.

-No puedo permitir que mi padre muera, sin él, la familia entera se derrumbaría.

-¿Y que hay de ti, hijo de Dios, no te has preguntado por qué estoy aquí justamente hoy?
-No puedo creerte que mi padre se halla envenenado, si bien lo hice sufrir mucho hace tan solo unos instantes, no creo que ese sea el motivo de su muerte.

-¡Que ignorante eres de la situación que te rodea, hijo de Dios, que no puedes analizar esta escena!
Vencido y carente de fuerzas, el joven cayó de rodillas ante la presencia de la muerte, quien tan parecía inmutable ante la desesperación del joven.

-¡Déjame pedirle disculpas por lo menos!¡Déjame despedirme de él!¡Déjame abrazar por última vez el calor de su cuerpo lleno de vida para no sufrir su ausencia cuando el cuerpo ya no sea mi padre!
-No creo que eso sea posible, hijo de Dios. No puedo permitirte semejante acto de insolencia.
El joven miró con lágrimas en sus ojos el rostro relajado de su padre, alzó la cabeza al cielo y en un acto desesperado le preguntó a Dios el por qué de todo esto. Nadie contestó. Temblando y muerto de frío el joven juntó sus últimas fuerzas para incorporarse. Miró fijamente a la muerte y le dijo:

-Muerte, tú me has dicho que no puedes irte con las manos vacías, te ofrezco mi vida a cambio de la vida de mi padre. Que este sea mi perdón para él y mi manera de agradecerle todo lo que él ha hecho por mi.

-Hijo de Dios, si esta es tu voluntad, no puedo negarme, no puedo rehusar tan grandiosa oferta.
La muerte levantó su mano derecha a la altura de la boca del joven y extrajo con ella su esencia, aliento y vida. Un vez que el cuerpo descansó en el piso, la muerte comenzó a caminar nuevamente y dijo en voz baja:

-¡Pobre hijo de Dios! Fue tanto su remordimiento que no supo escuchar mis palabras, jamás busqué a su padre, sino que lo busqué a él desde el principio. Su atormentada mente no lo iba a dejar vivir mucho más y antes que el suicidio, es preferible regalarle a la familia una muerte natural para el muchacho. Después de todo, todos ven solo una vez mi rostro y el muchacho la había visto.
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