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Venezuela 2014

Hoy me levanté inspirado en darle vida a mis pensamientos. Anoche tuve una de esas noches en los que la angustia disipa el sueño y la noche se vuelve larga e interminable.

Me estuve preguntando qué sentido tiene seguir viviendo en un país donde se criminaliza la vida. Vivir en este país se ha vuelto una pesadilla, no se puede trabajar, los salarios no alcanzan para lograr la meta más simple del ser humano, alimentarse. No se puede vivir, te roban o asesinan en cualquier sitio; es difícil vivir en un país donde la humillación se vuelve costumbre.

Tener aspiraciones es un delito. Querer vivir mejor es un delito. Exigir educación de calidad es un delito. Exigir el derecho a la salud es un delito. Ser comerciante es un delito. Exigir seguridad es la pena de muerte; te asesina el hampa o algún policía al servicio del régimen de turno. Por exigir justicia te llevan a la cárcel y te imputan varios delitos; conspiración, concierto para delinquir, instigación al odio contra el gobierno “legítimamente constituido” y, por último, te liberan con todo tipo de limitaciones.

Este régimen político, que está podrido en lo profundo, poco a poco nos ha llevado a ser maulas al servicio de extranjeros oportunistas, de gente que hoy vive su época dorada mientras los venezolanos comemos “lo que hay”. Es un gobierno que sufre de limitación léxica, solo sabe hablar estupideces y groserías.

Cuesta creer, que la Venezuela en donde se podía comprar de todo, ahora es un calvario comprar cualquier cosa. Hay que pasear toda una ciudad para encontrar los diferentes alimentos. Inclusive, para comprar algo tan simple como jabón de higiene personal hay que “literalmente”, estar en las afueras de algún comercio hasta que llegue el producto.

Bajo la lluvia o el intenso sol, las calles de mi país se ven adornadas de largas colas de personas tratando de comprar alimentos tan básicos como la leche en polvo, el papel higiénico, jabón de tocador y en polvo, aceite comestible, harina de maíz, champú, desodorante, y la lista es tan extensa que quien no lo crea, es más fácil conseguir drogas que alimentos y medicamentos.

Tan mal estamos, que de repente se me vino a la mente a historia del boxeador, que faltando un asalto y luego de un pésimo desempeño en el combate, preguntó a su entrenador ¿Qué tal voy? Y éste le contestó: “Si matas a tu rival, empatas”.

En Venezuela el modo de vida camina con un pesado grillete, cargando culpas que no son de nadie más que de la gestión de un gobierno indolente, incapaz y tirano. Decir que Venezuela está destruida, no es algo fuera de la realidad, es una penosa verdad que duele decirla, pero más duele vivirla.

Estamos poseídos por lo que yo llamo los “habaneros”. Ellos allá ahorrando a costa de engaño, gracias a un pueblo que vive arrodillado, sometido en una ideología maldita y absurda que produce indigentes y pobres en masa, mientras que en Venezuela los servicios básicos poco a poco se deterioran.

Hoy Venezuela es un accidente a punto de ocurrir, una Sodoma y Gomorra en la que todos vivimos contaminados en la esperanza de cambios positivos. En Venezuela, llegó un sistema de gobierno que acabó la democracia y que llegó para quedarse por tiempo indefinido. Nadie ha podido predecir con certeza la caída de este gobierno.

Brujos, adivinos, fantasiosos, especialistas de cualquier índole han tratado de adivinar la caída de este facineroso gobierno, pero ninguno ha tenido éxito. El problema de muchas personas es que se apasionan con falsas esperanzas.

Actualmente, nuestro país corre inmensidad de peligros. El primero, la improductividad. Este es quizás el peor enemigo de nuestro futuro. Antes se dependía de la renta petrolera, ahora dependemos del gobierno en cualquier sentido. Las fronteras fueron tomadas la delincuencia, las mafias militares y paramilitares, de ambos lados, le dieron un rumbo distinto a la historia. Ahora, ir a cualquier lado de las fronteras venezolanas es como ir a una pequeña Mesopotamia, en donde la ley se rige a punta de balas.

El Socialismo Bolivariano parió el polo tractor de un buen número de personas no productivas y con malos hábitos, que vienen con la esperanza de mejorar su condición y solo agravan la situación local.

Sufrimos la contaminación del contrabando, o “bachaqueo” (Término chavista a este delito), y cualquier podría vislumbrar que la solución está en producir más, pero definitivamente no es la solución.

El Bolívar está cerca del borde de la muerte económica, estamos cerca de un escenario catastrófico para los venezolanos, en donde a nuestro Bolívar le espera una historia muy distante de aquella en la que hombres armados con espada y valentía se enfrentaron al colonizador extranjero.

El Bolívar está en su fase final, no es que las cosas estén demasiado caras, es que el Bolívar “fuerte” nació con metástasis y al parecer nadie lo notó.

En Venezuela todo, absolutamente todo es subsidiado. Un país en donde el gobierno sea el que le de precio a las cosas, termina por dañar el equilibrio del mercado, se pierde el hilo entre la oferta de la demanda y el resultado es un país de “hambrientos” a la limosna, un país lleno de hippies haraposos, de gente en cuya mente vivir se simplifica a comer, cagar y dormir.

Esto a mi juicio, es el gran fracaso de la política monetaria del Chavismo, sin importar lo que diga Giordani ahora en su acomodada y lujosa mansión en Miami.

En fin, Venezuela seguirá viviendo el sueño de los condenados, hay demasiados analfabetas que exoneran de culpas al gobierno por el simple hecho de recibir una pensión o aguinaldos, y que aceptan que la gravísima situación que vivimos mejorará porque hoy sale un vocero gubernamental a tirarle piedras al “Capitalismo”.

Lo cierto de todo es que, entre la clase marginal y los ricos hay una soga que aprieta lentamente la clase media, la clase productiva, la clase pensante, la masa que tiene ideas y la intención de trabajar por esta tierra estéril, pero ya aquí no hay nada por hacer. La democracia en Venezuela ya falleció, tristemente muchos fuimos cómplices de este martirio.

Ronnald Rojas
17/11/2014
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