¿Votar, para qué?

La democracia es el peor sistema político si exceptuamos todos los demás, dijo Churchill, pero a estas alturas cabría preguntarse a qué democracia se refería.



Cuando escuchamos la palabra "democracia", no todos entendemos lo mismo. Para unos, democracia es directa e ilimitada; para otros, indirecta y limitada. La hiperlegitimación de la democracia lleva a que cada vez más sea la primera acepción la que se identifique con "democracia".

Así, hoy en día, la solución para todos los problemas se resuelve con un "pues lo votamos y ya está". No importa si es una cuestión de derechos, fronteras estatales o el pago de la deuda. Todo se puede votar. Este pensamiento mágico se estampa con la realidad si tenemos en cuenta que las deudas contraídas son obligaciones del deudor; las fronteras que se votan por mayorías también unen o separan a quienes votan en contra; y los derechos que se conceden por votación son tan efímeros como cuando la siguiente votación los deniega.

Los límites de la democracia no son caprichosos, son el primer baluarte para su defensa y permanencia. La democracia ilimitada choca frontalmente con la doctrina del equilibrio de poderes de Montesquieu y todos los pesos y contrapesos que sostienen el edificio de la convivencia del gobierno de la mayoría que respeta a la minoría.

No se trata de deslegitimar la democracia, sino de preguntarse si votar es la solución a todos los problemas. Dictadores de todos los colores han enmascarado su voluntad en plebiscitos que concentraban la voluntad en la suya propia para amparar sus tropelías en la legitimidad democrática. Es una cuestión que no debemos olvidar cuando surgen iluminados que proclaman la reinvención de la democracia cuando solo plantean corromperla para llevarnos por el camino de la demagogia que ya advirtieron los antiguos griegos.