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Yo ví el analítico: es abogada (CFK)






La Presidenta no necesita quién la defienda. Lo sabe hacer sola y –aceptemos a juzgar por las encuestas– con bastante éxito. De modo que no siendo esto ninguna defensa, sí puedo decir que yo vi el analítico: Cristina Kirchner se recibió de abogada.

Fue para el 2003, cuando trabajaba en la biografía de Néstor Kirchner. Los periodistas todavía éramos más o menos respetados en el oficialismo y se me abrió una puerta en la UNLP (con alguna ayuda de la oposición radical, hay que decir). Me interesaba el paso del entonces Presidente por la Facultad de Derecho, así que ahí fui.

Pasó una década, de manera que todo prescribió para los que participaron. Las autoridades me mostraron los certificados, en estrictísima reserva y con cuidados especiales que aún recuerdo. No se me permitió tenerlos en mis manos y muchos menos fotografiarlos (los celulares no tenían cámara entonces o acababan de aparecer). Sólo mirar y hacer preguntas. Alcanzó para lo que buscaba.

Conservo los apuntes. Los datos sobre Kirchner son los más conocidos: ingresó el 30 de diciembre de 1968. Se recibió de procurador en mayo de 1976, y dos meses después, el 3 de julio, aprobó Derecho Internacional Privado y se recibió de abogado. Su promedio fue 5.46. Cristina Fernández ingresó el 15 de septiembre de 1972. Se recibió de procuradora el 21 de abril de 1976. El 6 de julio de 1978 pidió su reincorporación mediante una nota dirigida al rector de la Universidad. "Soy madre de un niño y colaboro con tareas de mi esposo abogado en Río Gallegos", decía. El niño era Máximo, nacido en febrero de 1977. A Cristina le faltaba por entonces aprobar tres materias. Rindió Derecho Internacional Privado el 1 de octubre de 1979 y se recibió.

El promedio general de Kirchner fue de 5,46. El de Cristina, por encima de 9. De aquella época puede decirse:

- Cristina Fernández era una típica chica de La Plata, empleada de la Provincia, hija de padre radical. Su mundo era distinto del de Kirchner; se maquillaba, vestía caro, iba a bailar, estudiaba mucho, ella era otra cosa. Como ‘adherente’, simpatizaba con el espíritu militante peronista; formaba parte del ‘club de admiradoras’, como la calificó un activista de entonces. Su aparición no había dejado una buena impresión entre algunos de los militantes más severos: era demasiado linda.

- A los 22 había dejado por Néstor a su novio de los 16 años. A Kirchner Cristina lo puso a estudiar, le emprolijó un poco el aspecto, lo apartó de las peñas, del comedor universitario y las guitarreadas y le habilitó otras inquietudes. Pero no había caso, no tenía inclinaciones estéticas. Se casaron por en el Registro Civil de La Plata el 9 de mayo de 1975, después de un noviazgo de seis meses. No hubo ceremonia religiosa.

A finales de 2004, los legajos universitarios de ambos habían sido guardados bajo llave en un cajón del decanato de la Facultad de Derecho de La Plata. Allí se abrió un sumario interno ante la posible filtración de algunos de sus datos. Desde su despacho de entonces en la Casa Rosada, Carlos Kunkel, ex alumno de la facultad y jefe político de Kirchner en la Universidad, se había comunicado casi un año antes con las autoridades para pedirles que respetaran especialmente la confidencialidad de los documentos.

Los datos tienen diez años. Hace unos siete, un debate sobre el título de grado de la Presidenta ya había sido saldado por autoridades de la Universidad de La Plata. Desconozco el motivo por el que fue reavivado; el doctor Daniel Sabsay es una personalidad respetable: ignoro si tiene una información distinta de la que obtuve en la facultad de Derecho o si lo suyo es una presunción.

La actuación de Sabsay, sin embargo, tuvo un costado más interesante que el de la polémica por el título de la Presidenta. Fue la reacción que despertó en la platea empresarial en el coloquio de IDEA.

Sabsay, quien por ahora no ha manifestado vocación política, fue saludado con ovaciones y un prolongado aplauso por los allí presentes. La primera lectura de esto remite posiblemente a la necesidad de una renovación del discurso y a la ausencia de una referencia de oposición bien definida. La otra lleva a lo que puede despertar en una audiencia incluso calificada un discurso bien articulado, con un poco de aquí y otro de allá, expresado con convicción.

Sabsay no nos hará daño, seguramente. Pero ya es hora de que nos deshagamos un poco de las pasiones, al menos durante la siguiente década.
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