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3 cuentitos

en homenaje y con todo respeto, me gustaría compartirles a todos los jóvenes ,estos cortos cuentos bien porteños de Jorge Gottling (el alemán),quien fuera escritor y publicaba en clarín hasta que falleció hace un año.
gracias por leerlos!

La espera del ciruja de Plaza Francia

También él es un paisaje de la ciudad. Con cada ocaso, con la casa puesta como un caracol, el hombre se ubica en el mismo banco de la Plaza Francia. Despliega despaciosamente sus pertenencias, comienza a construir su lecho.
Ocupará caprichosamente tres o cuatro metros cuadrados de la manzana más cara de Buenos Aires hasta que el sol despunte. Es difícil que alguien conozca su nombre, pero quien lo vio alguna vez, quien se tomó tiempo para descifrarlo, sabe que es un ciruja distinto. Tampoco nadie conoce su voz: no pide, no reclama, no protesta, no acepta.
Improvisa un colchón con trapos grises, ennegrecidos por la suciedad o por los años, sus frazadas son extendidas bolsas plásticas, también un cuero pesado e incoloro. No se echará hasta la medianoche. Ilumina su banco la tenue luz de una tulipa pública. Eso es su escritorio y —creemos— su sala de lectura. El hombre lee un diario con la mirada fija, sin lentes, adivinando la letra impresa, hasta que el sueño llegue en su auxilio.
Tiene ojos celestes, la sal del tiempo le oxidó la cara, le dejó estigmas, hinchado por el vino o los hidratos, manos que se prolongan en dedos amorcillados, con uñas largas y negras. Viste ropa ajada, que alguna vez estuvo de moda, como él. Coloca a su lado una casilla de madera, una cucha, que invariablemente portará cuando parta, al alba, rumbo al norte o al olvido.
Alguien arriesga una historia sobre este icono de la decadencia. Alguna vez fue próspero, tuvo esposa, hijos, amores tan furtivos como los sueños. Los hijos partieron, su perro se fue tras una perra y la mujer tras otro hombre. Pasó de la depresión a la locura, trató de refugiarse con sus hijos, pero no: nunca se sabe si falta una habitación o sobra un viejo. En orfandad, aprendió que la vida es una lata que hay que seguir abriendo. No hay revancha para los duros, tampoco la busca. Se oculta, entonces, en la diáfana Buenos Aires de afiche. Resignado ante la pérdida y el olvido, sólo ha guardado la casilla: él cree que su perro ha de volver.

Besos, bodas y la ironía suprema


Josefina conoció a Leandro la mañana lluviosa del casamiento de su hija Carla. Leandro es juez de paz, protagonizó una ceremonia cálida. Conocedor de ciertos trucos de la oratoria, monologador tramposo, voz con matices, buen uso de las palabras. Quedaron encandilados con el juez que, además de joven, es corpulento, ciertamente imponente. Al término, pidió un beso de la novia. Carla lo invitó a su fiesta. Allí comienza la historia.
Josefina ha sido soltera, casada, separada, revista hoy en condición de viuda. Tiene pasado de actriz, es artificialmente linda, la buena cirugía hace milagros. Convengamos que mantiene impresionante lomo para sus 60. Y es de sencillo enamoramiento.
Esa noche se adivinó sola, con la partida de la espléndida casona de Adrogué de Carla, la última soltera. Conjura del champán, deseos intactos, alguna tilinguería por el relieve social de Leandro, para que comenzara un romance. Al mes se casaron.

Cuando se los veía por primera vez nadie podría afirmar si era marido de Carla, de sus hermanas mayores o, por qué no, de la apetecible Josefina. En segunda mirada, se aclaraba, se miraban arrobados, cómplices de amor torrentoso.
A los seis meses irrumpió la sospecha. Leandro pidió que vendiera la casona para comprar un piso. También que cambiaran sus autos, con la diferencia. Josefina, a la defensiva, mintió, dijo que había repartidos bienes en vida, que sólo se reservó una renta. El cambió de actitud, se puso frío, distante. Una noche, ante amago sexual de la ex actriz, le puso en primer plano su condición de sexagenaria. Leandro se fue, ella consultó con un abogado, zorro y buen mozo. Le indicó que no se apresurara, intuyó que Leandro iniciaría los trámites de divorcio. A fin de año se divorciaron, a la audiencia fue Leandro con nueva novia, bonita y veterana. Josefina se consoló pronto, se casó ayer con su abogado. Casualmente el juez de paz fue Leandro. En la apoteosis de la ironía, pidió un beso de la novia.

Historias de doce pesos

El habitáculo de un taxi suele servir de diván de psicoanalista, a veces de confesionario. Es sencillo hablar a una espalda anónima, a un rostro distorsionado por el contorno del espejo. Tacheros diplomados con escucha experta, olvidan con rapidez de anécdota, están inmunizados contra la desazón ajena. Esa noche de domingo vacío la espalda contó una historia de doce pesos. Julián se llama el hijo, estudió, es arquitecto, siempre tuvo una cuenta pendiente con el trabajo. Se casó con Viviana, lánguida pelirroja que conoció en la facultad. La pasaron mal —cuenta el taxista— pero se arreglaban con poco. Nacieron Justino y Narcisa, la situación empeoró, pero aguantaban. Alquilaron deteriorado departamento en Almagro, luminoso sexto piso, a veces desafortunadamente luminoso como para poner en primer plano el barniz pringoso de la pintura, los despojos de lo que, alguna vez, fue nuevo.
Julián, sin changa a la vista, trabajó por vez primera de arquitecto, sanó las paredes, modificó puertas y postigones, parecía hasta habitable. La plata la aportaba el trabajo de Viviana, que se hizo mina proveedora, prepotente, de mal gesto. Laburaba en estudio de decoración, con otros arquitectos. El muchacho se acostumbró a manosear el tiempo —contó la espalda— se fue maternizando, cambiaba los pañales de Narcisa, llevaba a Justino a la escuela, los hacía dormir cuando la pelirroja hacía horas extra. Siempre peleaban por guita. Ella fue acumulando un resentimiento sordo y vinculante. Hasta que, en junio, faltaron doce pesos para pagar la luz: se cortó la electricidad y el matrimonio. Julián es un delirado, un pobre tipo con el corazón achicharrado. Alquiló un ambiente en el mismo edificio, en planta baja, simulaba un cortocircuito para disimular un incendio. En diciembre, Viviana blanqueó a un novio, arquitecto y jefe, que fue a vivir con ella y los chicos.
Se fueron de vacaciones, a San Bernardo. "¿Puede creer que él también fue a San Bernardo?", confirma la espalda, mientras se adivina un sollozo por la hemorragia de dignidad de un hijo que nació eunuco.
Pago el viaje, doce pesos. Otra historia de doce pesos.

Marcelo y dos disparos mortales
Vientos del 60, fronda del pensamiento desinhibido. Buenos Aires es una fiesta. Nicolás, Tito y Marcelo, flamantes 17 años, se conocieron en la Academia Giménez, preparatoria para el ingreso a colegios de la Universidad, en aquella Avenida de Mayo, copia sepia de la Gran Vía. Cinco años, la misma división, la adolescencia en erupción. Soñaban con el sábado: cazaban en estancia del padre de Tito, en Florencio Varela al fondo. Se turnaban en el uso de una única escopeta, calibre 16. De la mañana al ocaso les tiraban a bandadas de patos salvajes. Floja puntería, al menos los asustaban.
Nicolás era imaginativo, medroso. Marcelo, brillante, celoso, mirada perfilada. Tito era, simplemente, luminoso. Fue entonces cuando irrumpió ella, voz afonizada, cuerpo sinfónico, histericona. Enigmática, hasta su nombre, Tamar, curiosa inversión silábica.
Inevitablemente, se enamoraron los tres. Algo se quebró.
Aquel sábado de diciembre, Nicolás prefirió un baile de 15 al tiroteo a los patos, que terminó en tragedia. El cartucho de la escopeta despedazó, virtualmente, el corazón de Tito. Marcelo resbaló, el disparo tuvo trayectoria de un metro. No hubo pericia, pese a que no había halo de pólvora. El velatorio fue a cajón cerrado. De Tamar, la hechicera, nunca se supo. Nicolás se hizo médico, en tanto Marcelo se dedicó al comercio, exitoso empresario de armerías. El tiempo los separó. Cada diciembre Nicolás visitó la tumba del amigo breve. Alguna vez se reunió con Marcelo, no se habló de la soga en la casa del ahorcado, la conversación se vulgarizaba, perseguidos por los recuerdos. Marcelo invitó, a los años, a su casamiento con Fanny, rubia a veces forra, a veces zorra. Al médico no le cayó bien.
Hoy, leyendo crónica policial, distingue el apellido de su amigo. En accidente de caza, se escapó disparo de escopeta Halcón, que despedazó el corazón de su esposa. Hay pericia, por formulismo: extraña la falta de halo de pólvora.
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