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4 años sin Sabato - Pequeño Homenaje


Ernesto Sabato (Rojas, 24 de junio de 1911-Santos Lugares, 30 de abril de 2011) fue un escritor, ensayista, físico y pintor argentino. Su obra narrativa consiste en tres novelas: El túnel, Abaddón el exterminador y Sobre héroes y tumbas, considerada una de las mejores novelas argentinas del siglo XX. Además, ha escrito ensayos sobre la condición humana: Uno y el Universo, Hombres y engranajes, El escritor y sus fantasmas, Apologías y rechazos, entre otros. Fue el segundo argentino galardonado con el Premio Miguel de Cervantes (1984), luego de Jorge Luis Borges (1979).

Sabato y la ciencia


Tras obtener un doctorado en Física, realizó trabajos de investigación sobre radiación atómica en el Laboratorio Curie, en París. Más tarde, antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, viajó a Estados Unidos para trabajar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. De vuelta en Argentina, fue profesor de Ingeniería e impartió el posgrado sobre relatividad y mecánica cuántica en la Universidad de la Plata. Durante este tiempo estuvo en contacto, sobre todo en París, con el movimiento surrealista, que influiría en su futura obra.

Finalmente, abrumado por lo que llamó un “vacío de sentido”, abandonó la ciencia para dedicarse de lleno a la pintura y, sobre todo, a la literatura. Vivió algún tiempo en Córdoba, en un rancho que carecía de luz y agua, dedicado por completo a la escritura.


El barrio Santos Lugares, ubicado en el partido de Tres de Febrero, provincia de Buenos Aires, fue el lugar elegido por el escritor Ernesto Sabato para vivir, y también para morir y ser velado. Allí, tras la noticia de su muerte, los vecinos fueron hasta la puerta de su casa para despedirlo. Y claro, para recordarlo con historias de vidas.

Adrián Robledo es uno de ellos. Contó que cuando Sabato cumplió 80 años "estaba quemando a las 6 de la mañana, en la entrada de la casa, unas pinturas que había hecho". "Me invitó a desayunar y lo que más me llamó la atención fue la cantidad de libros que tenía", recordó.

"Me acuerdo que le pregunté dónde estaban las paredes de la casa porque iban desde el piso hasta el techo los libros, y después que me invitó a desayunar, me dijo que cumplía 80 años y me regaló una pintura que aún conservo".

Robledo señaló: "No hablamos nada de literatura; me insistía con que estaba mayor y que tomara el café con leche que me sirvió".


La vanidad es tan fantástica, que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados.

Las modas son legítimas en las cosas menores, como el vestido. En el pensamiento y en el arte son abominables.


El artista debe ser mezcla de niño, hombre y mujer.

El proceso cultural es un proceso de domesticación que no puede llevarse a cabo sin rebeldía por parte de la naturaleza animal, ansiosa de libertad.

Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más.

Vivir consiste en construir futuros recuerdos.

Yo escribo, porque si no me hubiera muerto, para buscar el sentimiento de la existencia.

El arte no es terapia, pero además es terapéutico.

Leer les agrandará, chicos, el deseo, y el horizonte de la vida.

Privar a un niño de su derecho a la educación es amputarlo de esa primera comunidad donde los pueblos van madurando sus utopías.

Lo he dicho en otras oportunidades y lo reafirmo: la búsqueda de una vida más humana debe comenzar por la educación.


Ernesto Sabato, prodigioso observador de la condición humana, la soledad, la muerte, la esperanza y la existencia, ya había sugerido en 1983 lo que bien podría ser su epitafio: “Soy un simple escritor que ha vivido atormentado por los problemas de su tiempo, en particular los de su nación. No tengo otro título.”


Gracias Maestro, hasta cada lectura!!!
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