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Custodiaré tu savia,
contemplando el fruto rojo que crezca desde tu cresta;
desde tu alto pináculo,
donde los ciervos sorben agua de tu fuente inagotable.

Contemplaré tu espacio relegado a este silencio;
por eso escucharé tu tintineo;
para cual filósofo y poeta trujaman de los vaivenes
pueda darle nombre a tu mirada.

Guardaré el candor que me legaste
al comenzarte;
desde la nada misma,
como un don presuroso.

Hasta el último sudor de sienes rebatidas;
lo sagrado duerme en tu vientre preñado.
y doy fe del ansia de tu suerte.