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Alejandro Dolina, Bar del Infierno, Tercera Parte

TERCERA PARTE
Muñecos
Sustituciones I: El Zigurat
Sustituciones II: El licenciado Rubén Carrasco
Zorros chinos
El bar X
Premios
Puertas
Respuesta
El bar XI


MUÑECOS

El príncipe Ianos era muy aficionado a los autómatas, a los muñecos y a los juguetes mecánicos. En su palacio había instalado unos talleres donde el fiel artesano Cirilo fabricaba para él aparatos maravillosos que se movían, hablaban y tocaban música. Cirilo construía con la mayor delicadeza mecanismos con resortes, máquinas de cuerda, molinos y series de engranajes capaces de convertir el fluir de un río en el galope de un caballo de plata.
El príncipe mostraba aquellos tesoros a los embajadores y visitantes extranjeros que llegaban a la corte.
Ianos sentía especial predilección por unos leones enchapados en oro que rugían estruendosamente al tirar de una cuerda. Algunas mujeres se desmayaban al oírlos.
También lo complacían doce guerreros de tamaño natural, que empuñaban unas filosas cimitarras. Eran capaces de marchar y agitar ferozmente sus armas cuando se hacía sonar una especie de corno. En los desfiles, estos muñecos solían acompañar a la verdadera guardia, ante el estupor de la muchedumbre. En las mañanas, Cirilo les daba cuerda para que presentaran su saludo ante el lecho del príncipe.
En los aposentos reales nunca faltaban unos músicos de bronce y papel que soplaban la flauta y tañían la guzla. Al amanecer, un gallo de metal despertaba a todos los sirvientes. En su cofre más íntimo, Ianos guardaba un caleidoscopio cuyos astutos cristales se combinaban al girarlo para dejar ver las figuras de dos amantes en invariable fornicación.
Fuera de aquel mundo de frívolos asombros, los tiempos eran agitados. Una trama laberíntica de facciones políticas y generales ambiciosos habían vuelto demasiado inestable al trono de aquel principado. El asesinato formaba parte de los procedimientos para la sucesión en el poder. Cada usurpación generaba rencores que sólo se aplacaban con nuevos crímenes.
El ministro Mousulis ambicionaba el trono. Ianos solía humillarlo burlándose de su escasa estatura. El odio se sumó a la codicia. Pero había algo más: Mousulis sentía una pasión violenta por Irene, la bella favorita del príncipe. A veces, durante los banquetes, ella bailaba brevemente. El ministro siempre creía ver un gesto de invitación en su danza y en su mirada.
Mousulis carecía de recursos para solventar un ejército. Tuvo que conformarse con una traición de costos modestos y escaso número de participantes. Eran apenas trece personas: sus doce hermanos y el artesano Cirilo. El pobre hombre, harto de los caprichos y los malos tratos, aceptó algún dinero de Mousulis y se dispuso a colaborar.
El plan era audaz. Se trataba de reemplazar a los soldados mecánicos por los hermanos de Mousulis. Con los disfraces adecuados circularían por el palacio sin suscitar sospechas, para llegar hasta los mismos aposentos del príncipe. Allí, con sus cimitarras, matarían a Ianos sin despertarlo.
El príncipe fue asesinado. Al recibir la noticia, Mousulis impartió unas órdenes sanguinarias que le permitieron hacer pie en el mando de las tropas.
Después, buscó a sus hermanos, según dijo, para ofrecerles importantes cargos. Los encontró en la posada donde se alojaban. Los doce habían muerto envenenados y yacían inmóviles en sus catres.
Mousulis declaró entonces que los soldados mecánicos habían matado al emperador siguiendo órdenes de Cirilo.
Era tal la fe que los cortesanos tenían en las construcciones del ingeniero oficial que aceptaron aquel dictamen sin objeción. Cirilo fue decapitado y los muñecos fueron desarmados y encerradas sus partes en sólidos cofres de hierro.
Libre de compromisos y de testigos, Mousulis se dispuso a gobernar a su antojo.
Ya instalado en las habitaciones de Ianos, se apresuró a convocar a la bella Irene. Dos servidores silenciosos la trajeron inmediatamente. El nuevo emperador le ordenó que bailara. Ella no parecía afectada y Mousulis pudo advertir el mismo gesto provocativo que había encendido su lujuria. De pronto, la abrazó estrechamente. Pudo sentir la seda de sus cabellos, su delicado perfume, un zumbido en sus entrañas, la dureza del metal bajo su piel y la frialdad de una de sus manos antes de caer al suelo.
Mousulis prohibió los muñecos en todos sus dominios y reinó con crueldad hasta que, un año más tarde, lo asesinaron unos soldados de carne y hueso.


SUSTITUCIONES I: EL ZIGURAT

En Babilonia, en la séptima terraza del Zigurat, un hombre y una doncella enmascarados se unen sexualmente cada noche cumpliendo un viejo ritual. Los sacerdotes de Marduk se ocupan de mantener una completa oscuridad y darles a beber vino espeso y estimulante.
Los amantes tienen prohibido quitarse el antifaz, bajo pena de muerte. Los abrazos duran hasta el amanecer. En ese momento, el sonido de una trompa señala el fin del encuentro.
Cada noche, la doncella es sustituida. Pero ése es un secreto que sólo conocen las mujeres bellas de Babilonia. En verdad todas ellas, por turno, serán durante una noche de su vida, la amante ardiente del Zigurat, la encarnación misma de Ashtarté.
El hombre que las posee no debe sospechar la sustitución. Debe creer que es siempre la misma mujer, inmutable en su pasión, en su juventud, en su entrega.
Pero hay que decir que el hombre también es sustituido cada noche, aunque éste es un secreto que sólo conocen los varones apuestos de Babilonia.
Cada noche, en la séptima terraza del Zigurat, dos amantes efímeros se dicen palabras de permanencia y perpetuidad.
Cada uno juzga al otro perdurable y trata de ocultar su propia condición fugaz. Las bocas que sólo se besarán por esa noche juran, y no mienten, un amor eterno.


SUSTITUCIONES II: EL LICENCIADO RUBÉN CARRASCO

El licenciado Rubén Carrasco alquilaba un departamento barato en la calle Rivadavia. Para llegar a su puerta había que peregrinar por pasillos traicioneros y acertar con fórmulas precisas de letras y números. Las instalaciones eran lamentables y los inquilinos no eran dueños de guardar el mínimo secreto sonoro.
Una noche, mientras trataba de dormirse, Carrasco oyó un canto de mujer en el departamento vecino.
“Llueve, la calle está desierta…”
El licenciado se durmió pensando que tal vez tenía una vecina hermosa. Desde entonces, anduvo siempre atento, espiándole los ruidos a la mujer de al lado y eligiendo para sus modestos actos cotidianos, sonidos dignos y prudentes.
En pocos días, ya casi no había uno solo de sus ruidos que no estuviera destinado a la seducción. Había adquirido la costumbre de comentar en voz alta todas sus acciones y construía con mucho trabajo unas frases penetrantes que luego repetía a los gritos como si fueran una ocurrencia del momento.
Cuando los silencios se prolongaban demasiado, Carrasco se inquietaba. Temía que su vecina se ausentara para siempre. Muchas veces, acercaba una copa a la pared y permanecía largo rato esperando un rumor que lo tranquilizara.
Cierta madrugada, un sollozo despertó a Rubén Carrasco. En calzoncillos, corrió hasta la pared y con los labios besando el revoque sentenció:
—Ninguna palabra explica el llanto.
Y una voz le contestó:
—Por eso lloro.
Hubo un silencio demasiado largo. Los sollozos cesaron. Carrasco sintió la alarma del payador y comprendió que era necesario decir algo en ese mismo instante o callar definitivamente. Casi con desesperación manoteó el primer enunciado que pasó por su mente.
—Llueve, la calle está desierta.
Ella le preguntó si le gustaban los valses y entonces fueron construyendo a través del muro una interminable conversación de fingidos asombros ante coincidencias que son inevitables entre las personas vulgares. Ella le prometió que se llamaba Mara y que amaba la pintura.
Al otro día, reanudaron el diálogo y se entusiasmaron tanto en las mutuas descripciones que resolvieron demorar el encuentro personal y seguir con un juego de suposiciones al que llamaban la fantasía. Y así, algo tan simple como salir al pasillo y saludarse pasó a ser para ellos un sueño adolescente, un anhelo ennoblecido por la improbabilidad.
—Algún día estaremos juntos —se juraban a través de los ladrillos de canto.
Pasaron los meses. Mara y el licenciado Carrasco no dejaban de conversar ni un solo día. Establecieron un código de golpes en el tabique que reemplazaban ventajosamente a las palabras. Ella solía describirle minuciosamente los cuadros que decía pintar. Y él, en camiseta, le recitaba unos poemas de Almafuerte que había encontrado en una revista. Los amigos dejaron de visitar al licenciado, porque les prohibía cualquier palabrota y los instalaba en charlas insoportables cuyo único propósito era impresionar a Mara.
Por fin, casi a finales del invierno, empezaron a preparar un encuentro. Estuvieron de acuerdo en elegir la esquina de Cabildo y Juramento, para evitar las habladurías del edificio. Después de varias postergaciones, Rubén Carrasco y su vecina Mara quedaron en verse a las cinco de la tarde de un miércoles de noviembre.
Pero a último momento, el licenciado tuvo miedo. Después de todo, el tabique era también la máscara y la protección contra la mirada petrificadora de Medusa. Con toda prudencia, Carrasco pidió a su amigo Julio Páez que lo reemplazara. Páez fue de mala gana. Su testimonio posterior no le fue muy útil a Carrasco. Al parecer, tomaron el té ceremoniosamente y ella era rubia.
Pasaron dos semanas de silencio. Un día, Mara dijo:
—Te hacía distinto.
—No siempre soy igual.
En los meses que siguieron, casi no hablaron sobre la tarde de su encuentro. Recién en mayo se dieron otra cita. A Carrasco le costó convencer a Páez. Tuvo que elegir una esquina más cómoda para su amigo y también un horario nocturno.
Según Páez, esa noche se besaron. Carrasco se puso celoso y exigió a su amigo que precisara bajo juramento el alcance de sus aproximaciones. Más tarde, junto a la pared, adoptó un tono melosamente policial.
—Vamos, Mara, dígame… ¿qué fue lo que más le gusto la otra noche?
Volvieron a encontrarse dos veces más. Después, Páez se negó enfáticamente a proseguir con aquellas citas donde tenía que responder por cosas que jamás había prometido.
Las conversaciones se hicieron menos frecuentes. Un día, él creyó oír una voz masculina. Pero no estaba seguro. Hasta que un 9 de julio, cinco años después del primer diálogo, el licenciado Rubén Carrasco decidió confesarlo todo.
—Mará, usted no conoce al verdadero Rubén.
—Claro que no. Nadie conoce a nadie, nuestras percepciones son engañosas, etcétera…
—No es eso. Simplemente quiero confesarle que nunca nos hemos visto. He mandado a otra persona en cada una de nuestras citas.
—Rubén… es extraño lo que me dice. Pero tal vez usted, o su reemplazante, tampoco han visto a la verdadera Mara.
—Sospecho que usted no desea hablar sobre la ambigüedad del conocimiento.
—Sospecha bien. Mara jamás fue a las citas. En su lugar mandó a una compañera de trabajo… Úrsula. Ella recibió sus besos, Rubén, o mejor dicho, los de su amigo.
—Salgamos al pasillo y veámonos frente a frente, tal cual somos. Mara, mi amor…
—Yo no soy Mara. Ella se mudó hace dos años y le dejó el departamento y el encargo de seguir con estas charlas a su mejor amiga… Inés.
—No importa, necesito abrazarla, Inés…
—La verdad es que Inés también se mudó. Yo soy Cristina. Vivo aquí hace apenas tres meses.
Las conversaciones se hicieron cada vez menos frecuentes. Un año más tarde, el licenciado Rubén Carrasco se mudó sin comunicárselo a su vecina.
Ahora, el departamento es ocupado por otro señor.


ZORROS CHINOS

Se ha hablado mucho acerca de las destrezas de los zorros chinos. Se dice que son capaces de producir viento con las orejas, de encender fuego con la cola, o de retardar el paso del tiempo con sus garras.
Muchos suponen que estos animales son en realidad almas transmigradas de hombres que han muerto violentamente. Suelen vivir cerca de los sepulcros y se los considera de mal agüero. Su longevidad es prodigiosa: vivir ochocientos años para ellos no es nada.
Pero lo que más asombra es su capacidad para las transformaciones. Con la mayor facilidad asumen el aspecto de guerreros, funcionarios, dragones, pájaros y-con toda frecuencia-mujeres hermosas. Bajo esa apariencia tienen por costumbre seducir a los hombres. Viven con ellos largos años y luego, de ser posible en el momento en que ellos están más enamorados, toman su forma original o, lo que es peor, forma de mujer desdeñosa.
Para completar estos engaños actúan con enorme paciencia. A veces, se transforman en niñas y van creciendo, conforme a los plazos usuales, hasta llegar a la edad más conveniente para la seducción.
Los sabios aconsejan el siguiente procedimiento para saber si una mujer es en realidad un zorro: tirarle tres veces la oreja derecha y luego besarla. Ante estas acciones, el zorro deberá egresar de sus fingimientos y revelar su verdadera condición.
Los zorros chinos menos pacientes suelen aprovechar los viajes de las mujeres para raptarlas, encerrarlas y sustituirlas en fingidos regresos. Los esposos y novios casi nunca advierten estas usurpaciones.
Un funcionario de la ciudad de Ch’ang-an permitió a su esposa que viajara al norte a visitar a sus padres. Los zorros la capturaron y uno de ellos tomó su lugar para regresar junto al marido. El hombre no sospechó nada y continuó su vida junto al zorro, siguiendo sus hábitos de siempre.
Tiempo después, el zorro chino, aburrido de su papel de esposa del funcionario, solicitó permiso para visitar nuevamente a sus padres e hizo liberar a la verdadera mujer para que regresara a Ch’ang-an.
Pero esta vez el funcionario entró en sospechas. La dama estaba cambiada: su piel estaba gris y sus ojos rojos. Además, hablaba todo el tiempo de zorros y cautiverios. El funcionario consultó a sus amigos de la administración y éstos le aconsejaron que echara a su mujer, ya que con toda probabilidad era un zorro.
Los empleados del censo han calculado que un quinto de la población del mundo ha sido sustituida por zorros. A veces ocupan cargos de gran importancia. Y es posible que algunos hasta gobiernen provincias. Casi nadie efectúa denuncias porque los zorros que se han transformado en jueces se burlan de ellas y persiguen a los acusadores.
El sabio Wei Heï escribió, durante la dinastía T’ang, un libro erudito y revelador. En él se establece la falsedad de todas las creencias populares. Si bien no niega la existencia de zorros, Wei Heï sostiene que la vida de estos animales es perfectamente anodina y que no se diferencia mucho de seres tan poco milagrosos como el perro o el dragón. Para desalentar la superstición, Wei Heï incluyó en el libro unas historias edificantes que cuentan las desgracias que padecieron los que se atrevieron a creer en la magia del zorro chino.

El alfarero Tz’ï acostumbraba a contar todas las noches historias de zorros chinos a sus amigos de la posada. Una noche, al regresar de su casa, encontró en la puerta a un monje armado con una espada de fuego. La figura, con voz muy grave, le preguntó: “¿Tú eres Tz’ï, el alfarero que cuenta historias sobre zorros chinos?”. “Sí”, contestó el hombre aterrorizado. El monje le dijo: “Marcaré para siempre tu carne con esta espada de fuego, para que veas el destino que los demonios tienen preparado para los supersticiosos, los hechiceros y los mistificadores”.
El alfarero descreyó de los zorros y dedicó largos años al estudio de las matemáticas, la hidráulica y la predicción del futuro. Una noche, volvió a encontrarse con el monje que, suspendido en el aire, le dijo estas palabras: “Has seguido el camino de la sensatez y la razón. La mara que te hice desaparecerá”
A la mañana siguiente, el cuerpo de Tz’ï ya no presentaba cicatrices. El alfarero vivió muchísimo tiempo y enseñó a sus hijos a no hacerse eco de las leyendas que referían a los ignorantes.

El libro de Wei Heï afirma que todas las historias de aparecidos forman en verdad un cuerpo de amenaza e intimidación, cuyo fin es abusar de las personas menos dotadas.
Sus enemigos hicieron ver a las autoridades un sentido de rebeldía en esas ideas. Fue hostilizado y perseguido durante mucho tiempo, hasta que finalmente lo acusaron de promover la heterodoxia y la desobediencia. Su libro fue quemado en un acto público, mientras unos ancianos repetían este refrán: “Ser un zorro es deshonroso, pero más deshonroso es ser un necio que no cree en los zorros”.
Después, el verdugo se dispuso a azotar al sabio. Pero cuando el látigo estaba en el aire, Wei Heï se convirtió en zorro y desapareció velozmente.


EL BAR X

Una noche, el más viejo de los Hombres Sabios entró tambaleándose a uno de los salones. Con clásica voz de borracho declaró:
—Después que Orestes mató a su madre Clitemnestra, las Erinias lo volvieron loco. El pobre muchacho mugía como un toro y ladraba como un perro. Había, si bien se mira, cenizas de racionalidad en su demencia. Un loco más completo hubiera mugido como un perro y ladrado como un toro.
Los parroquianos le dieron monedas pero los ladrones se las arrebataron y huyeron al galope. Entonces el viejo volvió a recitar.
—El bar es endeble. Sus muros parecen de piedra pero son de cartón. Para salir basta con no aceptar los caminos señalados por el arquitecto. Hay que desoír el régimen de las puertas y los pasillos y recurrir al agujero liso y llano. Derribar paredes es la estricta solución.
El loro repitió exactamente aquellas palabras.
—Violar las reglas es la forma digna de resolver enigmas capciosos.


PREMIOS


En las oscuras épocas anteriores al ilustre emperador T’ang T’ai-tsung, los premios, las recompensas y condecoraciones eran consideradas gestos magnánimos y casuales de la autoridad y aún no se había establecido una etiqueta, una pompa y una forma consagrada para su entrega y aceptación.
Pero a partir de la reorganización de la administración pública, el auge de los honores y las distinciones, particularmente en ámbitos artísticos o académicos, fue generando regularidades, protocolos y códigos que poco a poco vinieron a desembocar en un nuevo género artístico: el agradecimiento de premios.
Al recibir cualquier clase de honra, era costumbre que el beneficiario preparara una declaración de gratitud. Con el tiempo, estas piezas oratorias fueron creciendo en complejidad y exigencia. Al principio, casi todos los discursos consistían en protestas de humildad. Luego se comprendió que declararse indigno de un don de la Administración era, en cuero modo, dudar de su justicia. Se hizo necesario, en consecuencia, mantener un delicado equilibrio. Algunos poetas pensaron que las palabras de agradecimiento debían mostrar inequívocamente el talento que se había distinguido. Escribieron entonces mejores versos para agradecer que para merecer. El público culto prestaba atención aun a los más ínfimos certámenes porque sabía que de allí iban a surgir palabras agradables.
Hasta tal punto llegó la fama de estas composiciones que muchos sabios consideraron que el trabajo previo a la distinción, es decir, los libros escritos, los años consagrados a la enseñanza, la función pública, las obras hidráulicas, la invención de adivinanzas o la construcción de jardines no eran sino un paso anterior, una mera preparación-indispensable, eso sí-de su verdadera destreza artística, que no era otra que la de agradecer premios. Muchos vieron frustrada esa vocación por la terquedad de autoridades, jurados y funcionarios que se negaban a reconocerlos, postergando el nacimiento de piezas excelentes, a veces de un modo perpetuo.
En vista de estas dificultades, algunos poetas resolvieron prescindir de esta primera y enojosa etapa, que a veces insumía la vida entera, para encarar directa y valientemente el agradecimiento de medallas que nadie había pensado siquiera en otorgarles. Esto provocó la alarma de muchos funcionarios de todo el Imperio, que se apresuraron a repartir galardones a fin de que nadie viera frustrada su inclinación artística por un mero requisito burocrático.
En algunas provincias se llegaron a entregar, como estímulo a la juventud, condecoraciones a cuenta de realizaciones futuras. En el año 800, al obtener una alta calificación en sus exámenes, el poeta T’ou Lo-t’o escribió:

La masculinidad se apronta antes de la orgía,
el ascenso administrativo es presagio del verso memorable.

En los años anteriores a la revuelta de An Lu-shan, los artistas chinos vivían pendientes de los premios. Los consideraban como manifestación inequívoca del destino y creían en ellos sin ninguna clase de duda. En el año 845, el emperador Hui-ch’ang estipuló un premio al mejor agradecimiento de premios. Pero la multiplicación de distinciones, que es propia de las administraciones decadentes, fue degradando el prestigio de esta clase de honores que, en los últimos años de la dinastía T’ang, estaban al alcance de cualquiera.
Las personas demasiado ingenuas suelen creer que la relación entre los méritos profesionales y el laurel debe ser exacta. La verdad es que ambos senderos siguen un recorrido independiente y si alguna vez se cruzan es por pura casualidad.
Siendo adolescente, Manuel Mandeb copió un texto de Germán Bardiales y ganó el premio a la mejor composición sobre el hornero. Abrumado por la culpa, rechazó la distinción con palabras que aún hoy se recuerdan: “Dedicamos todo nuestro esfuerzo, señor rector, a construir una sombra que a veces es engañosa. Como los magos, movemos tres dedos y producimos la ilusión de un caballo. Y en algún punto la sombra es más importante que nosotros mismos. Vivimos en tercera persona. Componemos unas conductas que aspiramos a que se proyecten como admirables para los demás. Y nosotros mismos nos convertimos en espectadores de nuestra propia vida: nos miramos el domingo a las siete de la tarde, señores padres, y nos gusta lo bien que quedamos tristes. No es lo mismo estar triste que mirarnos y complacernos con la tristeza de esa sombra que somos nosotros. Ahora, ¿cómo advertir la diferencia entre lo que uno verdaderamente siente y piensa y lo que uno ha construido para esa sombra, para ese él en que ha venido a convertirse el yo? Tal vez esto mismo que estoy diciendo no es lo que verdaderamente pienso sino lo que me parece elegante pensar. No, señor rector, no admitiré que mi sombra reciba un premio”.
Diez años después, el mismo texto sobre el hornero alcanzó un premio en los Juegos Florales del Club Claridad de Ciudadela y el poeta Jorge Allen lo aceptó con estas palabras: “La vida no es como el teatro. En el teatro todos los actos sirven a una simetría, a un acorde, a una señal previa. En el teatro los oráculos se cumplen, las últimas palabras son dichas, la tragedia se dibuja nítida. La vida es desprolija y termina en cualquier parte, mucho antes del último acto. No siempre hay recompensa para nuestros aciertos ni castigo para nuestras iniquidades. Ante esa realidad, las autoridades aquí presentes y aún las que están ausentes deben ejercer una dramaturgia edificante. Deben poetizar premiando”.
En el siglo IX, en P’ing-ch’uan, el jardinero Fou, que era un artista excelente, construyó el célebre jardín del estadista Li Te-Yu. Tenía montañas agrestes, árboles, flores de maravilla, riachuelos, estanques y canales que reflejaban el cielo y pabellones construidos para entrar en contacto con los inmortales. Li Te-Yu quiso recompensar a Fou y su recompensa fue un permiso para visitar el jardín una vez por año. Al principio lo recibían con la mayor ceremonia pero con el tiempo el trato fue cada vez más distante, hasta que en el año 850, ya muerto Li Te-Yu, le prohibieron la entrada y le explicaron que los jardines son obra de la naturaleza.


CORO
Nuestros méritos son secretos,
aun para nosotros mismos.
Nunca sabremos lo que hemos merecido
porque no hay un jardín
para los buenos versos
ni un fuego eterno para los malos.



PUERTAS*

V

En su juventud, el perito Föng-hu-tzï estuvo enamorado de dos mujeres. Una, llamada Han, pertenecía a la familia de un alto funcionario de la administración. La otra, cuyo nombre era Wer, era una danzarina de encantos irresistibles. Föng-hu-tzï se decidió por la primera, se casó con ella y fue muy favorecido por su suegro.
Un día, recorriendo la amplia mansión donde vivía, abrió una puerta por error y se encontró con el mundo de lo que pudo ser, con la vida que hubiera vivido junto a la bella Wei. Pudo acceder a unos aposentos en los que ardían pebeteros con esencias de exquisito aroma. Wei bailó para él y después le enseñó a encontrar unos placeres acerca de los cuales el perito Föng-hu-tzï no estaba anoticiado.
Al amanecer, Föng-hu-tzï regresó a su vida próspera junto a su mujer Han. Pero tomó la costumbre de atravesar cada tanto la puerta misteriosa. Con el tiempo, llegó a necesitar tanto de los estímulos de la danzarina que pasaba en aquel mundo días enteros, mientras su respetable familia lo buscaba por todas partes.
Un día, al abrir la puerta de los placeres, se encontró en medio de una áspera orgía. Su amada Wei lo recibió con entusiasmo y lo hizo participar de todos los excesos de la fiesta. Cuando todos estaban borrachos o trastornados estalló una pelea y Föng-hu-tzï fue herido. Despertó en un callejón desconocido, recorrió las calles tratando de encontrar su casa pero nadie lo conocía, ni a él ni a su poderosa familia. La ciudad misma era otra y los funcionarios administrativos respondían a un emperador cuyo nombre nunca había oído.
Föng-hu-tzï sintió hambre y frío y tuvo que mendigar. Solo y sin amigos, llamaba a las puertas de las casas para pedir un poco de mijo o moneda.
Pasó el tiempo, Föng-hu-tzï envejeció y se debilitó. Una tarde de invierno, unos mercaderes lo dejaron pasar la noche en su casa. En plena oscuridad, abrió una puerta por error y vino a dar a uno de los pasillos de su vieja mansión, aquella que compartía con la hija del funcionario imperial. Fue reconocido con enorme dificultad. Han, su esposa, estaba vieja y un poco demente. Sus hijos habían tomado el control de la casa y casi no lo recordaban. Por lo demás, nunca creyeron del todo la historia de lo que le había sucedido en esos años.
Föng-hu-tzï fue confinado a unas habitaciones lejanas y murió poco después. Uno de sus hijos buscó en vano la puerta que su padre citaba: todas las que abrió daban a su mundo, a su presente, a su destino.
Una versión distinta de esta historia aparece en el Registro de Sucesos Prodigiosos. Allí se cuenta que Föng-hu-tzï debió decidir en su juventud entre una carrera en la administración y un futuro de cantor, poeta y limosnero.
A pesar de su espíritu libre, Föng-hu-tzï cedió a las presiones familiares y emprendió el camino de los honores burocráticos.
Anciano ya y desganado del mundo de la política, se encontró con el mago Ts’üán, quien le ofreció ver en el fondo de una fuente el mundo de lo que pudo ser.
-Te mostraré dónde estarías ahora si hubieras sido cantor y poeta.
Föng-hu-tzï miró en el fondo de las aguas y se vio a sí mismo, anciano ya, desengañado de las falsas libertades del canto y la poesía y consultando al hechicero Ts’üán, para que le permitiera ver qué hubiera sucedido de haber elegido el camino de la administración imperial.

*(Nota: Este capítulo contiene cinco historias. Aquí transcribo solo la quinta)


RESPUESTA

El conde Soderini, en las puertas de la vejez, mantenía un aspecto lozano y digno. Había sido un guerrero temible, un jugador valiente y un viajero aplicado.
En la China, le habían enseñado unas destrezas eróticas que-según se dice-le permitían honrar a docenas de damas sin perder la disposición viril.
Los sacerdotes de Heliópolis lo habían adiestrado en la preparación de elixires y en el manejo de la cítara.
Los años no habían aplacado los fuegos de su alma. Sin embargo, en la tarde de la vida, había ido reemplazando los duelos por la docencia. Algunas veces acudían a él jóvenes estudiantes o aventureros bisoños a pedirle alguna clase de consejo. El conde acostumbraba a recibirlos en la intimidad de su estudio. Allí tenía un espejo azul, en cuya luna podía ver el pasado y el porvenir.
Una noche, el príncipe Giuliano de Médicis le dijo con amargura:
-los hombres más sabios que conozco describen el mundo como si no tuviera sentido. Ninguna conducta parece suficientemente ventajosa, todo es pasajero y banal. Lo que más nos entusiasma es prolegómeno de la desilusión. Se me ha enseñado que los reyes caen, que la ciencia nunca contesta la última pregunta y que las riquezas oprimen a quien las posee. ¿Por qué la inteligencia nos aleja de la esperanza? ¿Es que no hay en la vida algo que valga la pena? ¿Es que no hay una gloria cuyo precio no parezca finalmente abusivo? Quiero apostar, conde Soderini. Tengo dinero, poder, fuerza y juventud. Dígame por favor en qué debo gastar esta fortuna. Dígame cuál entre las cosas de este mundo es la más valiosa.
-El amor-dijo el conde-. Sólo existe el amor. Las otras cosas nobles apenas sirven para dignificarlo. El amor es el que impulsa al artista a buscar los lenguajes que expresan la belleza. El amor impulsa al héroe a retemplarse en el riesgo. Y el amor es la respuesta al indagador de secretos, porque es la explicación de todos los misterios. Es allí, Giuliano, donde debemos gastar nuestros escudos y nuestros años. Algunos hombres jamás lo encuentran. Para otros es apenas una estrella fugaz que ilumina un año, un mes, una semana o un día de sus vidas. Pero ese destello efímero da significado a la existencia toda. Bienaventurado el que puede sentir en su carne y en su espíritu el fuego de esa chispa.
-¿Usted lo ha sentido?-preguntó Giuliano.
El conde miró el fondo del espejo y vio los ojos de Lucía, la inconstante Lucía. Vio también su abandono una tarde de primavera, a orillas del Arno. Después, entre reflejos azulaos, se dibujó la indiferencia de la hermosa ante las magias, los poemas y la música. Finalmente, Soderini alcanzó a percibir, perturbado por el prisma de sus lágrimas, el desprecio irremediable, la humillación, el insulto y los pasos de ella acompañando a su marido, un mercader de Volterra. Entonces, con voz firme contestó:
-Sí, lo he sentido. Por fortuna.


EL BAR XI


Los Hombres Sabios llegaron al anochecer. Estaban todos los que conocíamos y también algunos a los que no habíamos visto nunca.
— ¡Silencio! —gritó un loro.
— ¡Silencio! —repitieron los Hombres Sabios.
El más anciano se subió a una silla y leyó un papel arrugado.
—Dentro de unos instantes, unos estallidos simultáneos abrirán agujeros en estas infinitas instalaciones. Durante años hemos rastreado las paredes que lindan con el exterior. Sabemos cuáles son los muros tras de los cuales está la libertad. Todo será fácil.
— ¡Basta de repeticiones! —dijo un sabio.
— ¡Basta de repeticiones! —dijeron todos.
El anciano pidió silencio y luego, con aire solemne, preguntó:
— ¿Quiénes quieren acompañarnos en nuestro viaje hacia la libertad?
Algunos levantaron la mano. Otros ni siquiera prestaron atención. El Narrador, el coro y las prostitutas más hermosas estaban entre los más entusiasmados.
Al rato se oyó un modestísimo estampido.
— ¡Ha sido la explosión!
— ¡Aquí! ¡Aquí! —Ada, la bruja, descubrió una abertura en el fondo del salón.
—Vámonos, salgamos —dijo el sabio más anciano.
— ¡Abajo el determinismo! —repitieron los loros.
Uno a uno fueron pasando por el hueco. La pared ciertamente era muy endeble. Con unas cuantas patadas, el agujero se hizo tan grande como una puerta. Mientras los fugitivos lanzaban gritos de victoria y despedida, el resto de los parroquianos volvía a sus holganzas habituales.
El grupo caminó un rato en la más profunda oscuridad. Después siguieron por un largo sendero bordeado de árboles. Anduvieron junto a un arroyo y justo al amanecer llegaron a una cascada. Un poco más tarde se detuvieron a descansar en un bosque. Reanudaron la marcha al anochecer. Cerca de la medianoche encontraron una playa y se sentaron en la arena, bajo el brillo de las estrellas.
—Es inútil —se lamentó el más viejo de los Hombres Sabios.
—Nunca saldremos de aquí —repitió el loro.
El Narrador, a la luz de un fósforo, empezó a leer con voz temblorosa.
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