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Algunas obras de Diego Velázquez

Las meninas
1656



El tema del cuadro parece trivial, la infanta y sus damitas de compañía (meninas en portugués) irrumpen en el estudio de Velázquez, pintor de cámara del rey Felipe IV, que se encuentra pensativo y observa los modelos que se dispone a pintar. Nosotros podemos ser esos modelos ya que somos contemplados por Velázquez. Sin embargo, los reyes Felipe IV y Mariana de Austria, a quienes vemos reflejados en el espejo del fondo, son las personas que el pintor retrata.

Sobre esta obra se han dicho los calificativos más elogiosos , Luca Giordano, pintor de Carlos II, la llamó “la teología de la pintura” por reunir de un solo golpe todas las virtudes posibles en el arte pictórico. Carl Justi dijo “no hay cuadro alguno que nos haga olvidar éste”. O Teophìle Gautier, que cuando se lo enseñaron, se quedó tan maravillado por la naturalidad y realismo de lo representado que exclamó : pero... ¿dónde está el cuadro?.

Sencillamente, es una de las cumbres de la pintura universal, muy imitada posteriormente y admirada por todos. Velázquez la pintó en 1.656.


La rendición de Breda
1635


Ambrosio Spínola, general genovés al mando de los tercios de Flandes, recibe del gobernador holandés, Justino de Nassau, las llaves de la ciudad de Breda, rendida tras un largo asedio. El hecho, acaecido el 5 de junio de 1625, se consideró en su momento un episodio clave de la larga guerra que mantuvieron los españoles para evitar la independencia holandesa.

Vieja friendo huevos
1618


La obra Vieja friendo huevos describe una ontología de los cuerpos. Pero los cuerpos no cobran toda su importancia, la plenitud de su corporeidad, si no es a través de las «instituciones culturales» (dialelo) entre las que el cuerpo aparece como una más: este anafe, aquí, que nos remite a un complejo de instituciones culinarias y gastronómicas; esa escudilla, ahí, que nos pone ante la paciente obra del artesano.

El triunfo de Baco
1628


Es el primer cuadro de tema mitológico que conocemos de Velázquez. La escena recoge el momento en que Baco, el Dionisios griego, dios del vino, de la vid y de todos los excesos que estos favorecen, corona a un soldado. Baco aparece semidesnudo acompañado por una especie de fauno y por un grupo de personajes vestidos a la moderna, que observan y beben.

La composición se organiza en base a dos diagonales que forman una equis, y cuyo punto de intersección es la cabeza del hombre al que corona Baco. A pesar del tono general oscuro del cuadro la figura del dios se destaca con más luz y por el color de sus ropas que rompe la monotonía de los marrones, del mismo modo que Apolo en La Fragua de Vulcano.


El aguador de Sevilla
Entre 1619-1622


Aparecen dos figuras en primer plano, un aguador y un niño, y al fondo un hombre bebiendo en un jarro, por lo que se ha sugerido que podría representar las tres edades del hombre. Velázquez sigue destacando por su vibrante realismo, como demuestra en la mancha de agua que aparece en el cántaro de primer plano; la copa de cristal, en la que vemos un higo para dar sabor al agua, o los golpes del jarro de la izquierda, realismo que también se observa en las dos figuras principales que se recortan sobre un fondo neutro, interesándose el pintor por los efectos de luz y sombra. El colorido que utiliza sigue una gama oscura de colores terrosos, ocres y marrones.

Cristo crucificado
1632



Este Cristo es una de las más populares obras velazqueñas, y sin duda una de las de más feliz inspiración. Pintado hacia 1632, después del viaje a Italia, emparenta su noble y sereno desnudo con los vistos en Italia, y es uno de los pocos cuadros religiosos pintados en su etapa cortesana. Responde a un encargo expreso del Rey para el convento de San Plácido y se ha relacionado con una bella leyenda de amores reales.

En la composición del Cristo, sereno, con cuatro clavos y la cabeza inclinada, hay un recuerdo del que en varias ocasiones pintó su suegro Pacheco, cuyo eco llega también a Alonso Cano. El modelado, blando y suelto, ha perdido la precisión escultórica de los años juveniles, pero su técnica ligera, esfumada y sin apenas pasta de color, crea un cuerpo esponjoso de luz, mas no por ello menos real.

Por su serenidad y su indefinible misterio ha sido este lienzo punto de partida de meditaciones literarias. Recuérdese tan sólo el largo poema teológico de Miguel de Unamuno que lleva su nombre.


Fancisco Lezcano, el niño de Vallecas
1645


Este retrato del bufón Francisco Lezcano fue realizado por Velázquez para la Torre de la Parada, por lo que se debería fechar hacia 1636. Al estar situada la figura al aire libre y vestido de color verde caza se piensa que acompañaría al rey Felipe IV y su hijo Baltasar Carlos en sus jornadas cinegéticas y por eso aparece en este pabellón de caza. Vemos a la figurilla del enano sentado sobre una roca, con la pierna derecha extendida hacia el espectador - en un gesto del pintor por mostrarnos su dominio de los volúmenes -, las manos jugando con unas cartas y la cabeza echada hacia un lado, confirmando con ese gesto su anormalidad.

El fondo, en el que aparece la sierra madrileña, está realizado con una factura sorprendentemente suelta, al igual que el rostro, donde capta la personalidad del personaje aunque sea tonto, obteniendo sí cabe mayor mérito por su dificultad. Hay quién opina que Velázquez empleaba a los bufones como conejillos de Indias para sus cuadros ya que fuera cual fuese el resultado no podrían protestar, lo que permitía al artista mayor libertad de acción que a la hora de un encargo oficial. Quizá por eso veamos mayor soltura en estas imágenes. Los bufones eran unos personajes de cierta importancia en la corte española del Barroco
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