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Arte dramático: Federico Herrero afirma: tragedia sin Dios

Federico Herrero y Nicolás Francisco Herrero, directores y profesores de teatro, en el la apertura del último Festival Internacional de teatro, presentaron un trabajo de investigación teatral, tema:-la tragedia, el final o el comienzo-.

De la apertura citada algunos conceptos desde mi punto de vista.

Federico Herrero comienza el trabajo con el siguiente concepto.

En la tragedia clásica, recordemos que una tragedia es una forma de drama teatral presentada por primera vez en la Grecia antigua, donde el contenido trágico está determinado por la presencia y de los dioses, el espectador desde el primer instante ya sabe que los personajes presentes tienen un destino determinado, destino marcado por los distintos dioses que forman uno solo.

Federico Herrero afirma, la tragedia debería provocar que el público sienta miedo y lástima por el protagonista.

Un público que vea una tragedia debería experimentar una sensación de catarsis emocional, como si atravesara la misma experiencia de los personajes en el escenario.
Los directores y el siguiente concepto: sin lugar a dudas por supuesto desde mi óptica, las grandes obras de los últimos 50 años se las podría rotular como tragedias contemporáneas.
Los directores aclaran que no consideran justo citar a a algunas de ellas ya que la cantidad de obras a citar es muy amplia, afortunadamente nuestro tiempo es de gran creación en el campo del arte dramático.

Federico Herrero afirma: la tragedia contemporánea, nace en un mundo en el que Dios había abandonado la escena.
El espectador es enfrentado en mundos donde Dios no está presente, pero...el final es previsible, no hay salida.

Federico Herrero en otro instante afirma: el hombre trágico, el héroe, respondía al abismo infranqueable que separaba, desde ese momento, al hombre y a Dios, a través de la exigencia de una existencia esencial y, al mismo tiempo, a través del rechazo de todo compromiso moral con el mundo.

Es por esto que los directores afirman que los héroes de la tragedia estaban muertos, mucho antes de morir: cuando la obra comienza, todo está ya consumado; es el simple acceso a su esencia eterna lo que lleva al héroe a la muerte.
En cambio los héroes en las tragedias contemporáneas tienen una pequeña luz de esperanza.
En la tragedia antigua los autores presentan mundos cerrados y intemporales, en cuyo seno sólo actúa la inminencia implacable del destino, la supremacía del oráculo, se prestaba a un concepto de tales características.

En las tragedias contemporáneas, el hombre trágico, el héroe, responde al abismo infranqueable que separa al hombre y a Dios, a través de la exigencia de una existencia esencial y, al mismo tiempo, a través del rechazo de todo compromiso moral con el mundo.
En la tragedia actual el instante trágico depende de una experiencia mística del tiempo, mientras que los medios verbales del drama trágico eran inadecuados para aquélla.
Lo que unía a la tragedia y la experiencia mística, era esa paradoja del instante, lo que las separaba era el sentido de esa experiencia.

Mientras que el acto trágico era creador de forma, la experiencia de la esencia en los místicos destruía toda forma: en el primero, la esencia era la lucha por la creación del todo; en la segunda, era abnegación, disolución del yo, pérdida en la puesta a prueba del todo.

En el esbozo de una Estética del drama no trágico, transponía el propósito sociológico de su primera obra a un plano metafísico. La ambivalencia del género dramático se mantenía allí completa, por un lado, los postulados más importantes de la técnica del drama condicionaran precisamente la liberación de la tragedia de sus exigencias abstractas y su verdadera realización y como si, por otro, no existiera para la tragedia -en la esfera de la estética- más que una forma adecuada: la del drama.
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