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B. Russell y D.H. Lawrence

Bertrand Russell / D.H. Lawrence. Una relación conflictiva


B. Russell


D.H. Lawrence


Proveniente de una familia aristocrática, Bertrand Russell (1872-1970) nació en Trellech, un pequeño villorrio al sudeste de Gales, Gran Bretaña. Al quedar huérfano de padre y madre a temprana edad, él y su hermano mayor Frank fueron criados por tutores en la residencia Pembroke Lodge de Londres, donde vivían sus abuelos. Tuvo una infancia solitaria y, durante su adolescencia, la biblioteca de la mansión fue uno de sus lugares predilectos: allí leyó tanto las obras del economista Mill como las del poeta Shelley, y comenzó a estudiar la geometría de Euclides. En 1890 ingresó al Trinity College de Cambridge donde, simultáneamente a sus estudios, se abocó a la lectura de Platón, Spinoza, Hume y Kant. Tras graduarse en Matemáticas pasó unos meses en Francia y, a su regreso a Inglaterra, publicó en 1897 -junto a Alfred Whitehead (1861-1947)- su primer libro de matemáticas: "Principia Mathematica", una obra que aún hoy en día es considerada el trabajo en lógica más importante que se haya escrito desde los tiempos de Aristóteles.

En ella, ambos autores reflotaron y refinaron la revolucionaria obra del matemático y lógico alemán Gottlob Frege (1848-1925) quien, en 1879, con su tratado "Begriffsschrift (Conceptografía) había sentado las bases de la lógica matemática moderna. Escribió: "Las matemáticas me gustan porque no son humanas". En su ensayo "The principles of mathematics" (El estudio de las matemáticas) de 1903, enfatizó: "Las matemáticas poseen no sólo la verdad, sino una belleza suprema, una belleza fría y austera, como la de una escultura, que no atrae a ninguna parte de nuestra naturaleza más débil, sublimemente pura y susceptible de una perfección tal como sólo el gran arte puede mostrar".

Russell desarrolló su trabajo profesional en matemáticas de una manera altamente técnica, sin hacer la menor concesión al lego. La especulación filosófica, argumentaba, requiere un lenguaje especial, y luchó no sólo por mantener sino por fortalecer este código hierático. No obstante, su predilección por la filosofía ya la había puesto de manifiesto en una de las primeras obras suyas: "A critical exposition of the philosophy of Leibniz" (Exposición crítica de la filosofía de Leibniz), ensayo en el que elucidó la obra del filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), a quien siempre reverenció. De allí en adelante, las matemáticas y la filosofía fueron utilizadas por Russell con asiduidad. Si bien nunca fue un filósofo puramente técnico (más bien alternó entre la filosofía profesional y la ética popular), su obra ejerció una notable influencia en casi todos los filósofos posteriores, sobre todo en el oscilante Ludwig Wittgenstein (1889-1951) y en los positivistas lógicos del famoso "Círculo de Viena" que incluía, entre otros, a Rudolf Carnap (1891-1970), Karl Popper (1902-1994) y Kurt Gödel (1906-1978).

Si bien Bertrand Russell cambió sus posiciones filosóficas numerosas veces a lo largo de su vida, el abordaje de los temas, tanto científicos como filosóficos, permaneció constante y de alguna manera unificó sus puntos de vista con respecto a la metafísica y a la epistemología. Aunque partidario del método científico, creía que la ciencia sólo obtiene respuestas provisorias: "La ciencia -dijo- en ningún momento está totalmente en lo cierto, pero rara vez está completamente equivocada y tiene en general mayores posibilidades de estar en lo cierto que las teorías no científicas".

Mientras tanto, al norte de Londres, en el pequeño pueblo de Eastwood, Nottinghamshire, David Herbert Lawrence (1885-1930) publicaba sus primeros poemas en la revista "The English Review" y algunos relatos breves en el “Nottingham Guardian”. Hijo de un minero casi analfabeto y aficionado a la bebida y de una maestra amante de la cultura, Lawrence concurrió al Nottingham High School y luego a la Universidad de la misma ciudad, pero abandonó los estudios y comenzó a dar clases desde 1908 en la Davidson Road School de Croydon. Quien sería una de las figuras literarias más influyentes y controvertidas del siglo XX, tenía una visión del ser humano como alguien completo y natural, en abierta oposición a la artificialidad de la moderna sociedad industrial por su deshumanización de la vida.

En 1911 publicó su primera novela, "The white peacock" (El pavo real blanco), a la que seguirían "The trespasser" (El merodeador), "Sons and lovers" (Hijos y amantes) y "The rainbow" (El arco iris), publicada esta última en plena guerra mundial. Salvo la primera de ellas, las restantes causaron un gran escándalo por la minuciosa descripción de las escenas de sexo y tuvieron serios problemas con la censura dada la rígida moral victoriana que imperaba por entonces. Algo similar ocurriría en 1920 con "Women in love" (Mujeres enamoradas) y con "Lady Chatterley's lover" (El amante de Lady Chatterley) en 1928. A raíz de aquella censura por obscenidad, varios personalidades del mundo de la cultura mostraron su apoyo a Lawrence, entre ellas el escritor anarquista británico Aldous Huxley (1894-1963), el crítico literario Frank R. Leavis (1895-1978), la aristocrática mecenas y protectora de intelectuales y artistas Ottoline Morrell (1873-1938) y nuestro Bertrand Russell.

El autor de “The problems of Philosophy” (Los problemas de la Filosofía), muy amigo de escritores como Wells, Conrad, Forster y Shaw, concurría habitualmente a la casa de Ottoline Morrell en el nº 44 de Bedford Square, en el barrio de Bloomsbury, Londres. Allí, desde 1909 y hasta mediados de la Primera Guerra Mundial, todos los jueves se reunían pintores, escritores e intelectuales cuyos principales objetivos en la vida eran “el amor, la creación y el disfrute de la experiencia estética y la búsqueda del conocimiento”. En 1915, la Morrell se trasladó a Garsington Manor, una casa de campo en el condado de Oxfordshire, mansión que sirvió de refugio para los pacifistas y objetores de conciencia que protestaban contra la guerra y que era frecuentada por los miembros del grupo de Bloomsbury y otros intelectuales de la clase media acomodada educada en Cambridge.

Lawrence, amigo de Katherine Mansfield (1888-1923) desde 1913, era un invitado habitual en Garsington y pronto congenió con Virginia Woolf (1882-1941), quien en un principio consideró que su obra contribuía en gran manera a la evolución de la novela moderna. En ese lugar, también, Russell entabló una breve pero intensa amistad con él durante la primavera y el verano de 1915. Russell, inicialmente, se inclinó por tratar el pensamiento filosófico de Lawrence con respeto, y le fascinaba su filosofía mística, aquello de volver a un estado esencial, originario y natural, que purificara al hombre de la degradación en que el progreso lo había sumido: "Mi gran religión -decía Lawrence- estriba en la creencia en la sangre y la carne, por contener más sabiduría que el intelecto. Podemos equivocarnos con nuestra mente. Pero lo que nuestra sangre siente y cree es siempre verdadero. El intelecto es sólo el bocado y la brida".

El estallido de la Primera Guerra Mundial iba a modificar muchas cosas. Russell, muchos años después, recordaría que lo obligó a revisar sus opiniones sobre la naturaleza humana. “Hasta entonces había supuesto que era muy común que los padres amaran a sus hijos, pero la guerra me convenció de que eso es una excepción muy rara. Había supuesto que a la mayoría de las personas el dinero les gustaba más que ninguna otra cosa, pero descubrí que la destrucción les gustaba más. Había supuesto que era frecuente que los intelectuales amaran la verdad, pero aquí también descubrí que ni el diez por ciento de ellos prefiere la verdad a la popularidad". En su autobiografía escribió: “Yo deseaba vivamente que Inglaterra permaneciera neutral, para lo que recogí firmas de un amplio número de profesores y compañeros para una declaración que, a tal efecto, apareció en el ‘Manchester Guardian’. El día que la guerra fue declarada, casi todos ellos cambiaron de pensar. Pasé la tarde paseando por las calles, especialmente en las cercanías de Trafalgar Square, observando a un entusiasmado gentío que me hacía a mí mismo sensible a tales emociones. Yo había supuesto ingenuamente lo que la mayoría de los pacifistas afirmaban: que las guerras eran una imposición de gobiernos despóticos y maquiavélicos sobre una población que las rechazaba”.

Se dedicó entonces a la redacción de artículos sobre la ética de la guerra y la idea de la resistencia pasiva, textos que aparecieron en diversos medios periodísticos como “The Economist”, “The Nation”, “ The Westminster Gazette”, “The Cambridge Magazine” y “The Manchester Guardian”. También escribió un panfleto anónimo para la Asociación contra el Reclutamiento en protesta porque un objetor de conciencia había sido detenido a pesar de la "cláusula de conciencia" en la ley de reclutamiento. Tras el arresto de los distribuidores del libelo, Russell escribió una carta a “The Times” declarando que él había sido el autor, por lo que fue juzgado, condenado y obligado a pagar una multa de 100 libras. Esto le valió la pérdida de su membresía en el Trinity College y pasar a ser considerado por el sistema como "uno de los maniáticos más dañinos del país".

Por entonces, Lawrence vivía agobiado en Inglaterra a causa del origen alemán de su mujer. Durante el transcurso de la guerra, adoptó una actitud política ambigua y sus opiniones se tornaron, a los ojos de Russell, en irritantes y peligrosamente antidemocráticas: "Sus ideas extravagantes lo han condenado a la soledad. Lawrence no desea un mundo mejor; sólo está interesado en monologar sobre lo malo que es éste". El autor de "Study of Thomas Hardy" no tardó en contestarle mediante una serie de cartas cada vez más hostiles: "¿De qué sirve vivir como vive usted? No considero buenas sus clases. ¿Lo son? ¿Es bueno quedarse en la maldita nave arengando a los peregrinos? ¿Por qué no se tira por la borda? Uno debe ser un proscrito hoy día, no un profesor o un predicador". Y en otra: ''Su voluntad es falsa y cruel. Usted está demasiado lleno de represiones diabólicas y tiene la sangre cobarde y muerta". Russell acusó el golpe. Ottoline Morrell recordaría en sus memorias que, tras la lectura de la carta, Russell "quedó totalmente sorprendido por un día entero, se horrorizó profundamente. Su creencia en la ideas de Lawrence era tal que llegó a pensar que quizás tuviese razón".

El disgusto se extendió a la propia Morrell y a su amiga Virginia Woolf, quienes se sintieron frustradas y decepcionadas: "Se cree un Dios". Lawrence no tardó en partir de Inglaterra. Viajó primero a Italia, donde escribiría "Aaron's rod" (La vara de Aarón); luego a Australia, experiencia que volcaría en "Kangaroo" (Canguro); después a Estados Unidos, donde publicaría su "Studies in classic american literature" (Estudios sobre literatura clásica estadounidense) y más tarde se trasladó a México, viaje que le inspiró "The plumed serpent" (La serpiente emplumada). Sólo regresaría a su país natal en dos ocasiones por un breve período, pero jamás volvió a encontrarse con sus viejas amistades.

Hasta el momento de su muerte en Francia por una tuberculosis, D.H. Lawrence escribió alrededor de cinco mil cartas. En 1915, época de su tormentosa amistad con Bertrand Russell, mantuvo una copiosa actividad epistolar con el autor de “Why I am not a christian" (Por qué no soy cristiano). Esas misivas fueron publicadas en forma de libro en 1948 bajo el título "D. H. Lawrence's letters to Bertrand Russell" (Las cartas de D.H. Lawrence a Bertrand Russell). Lawrence fue un escritor cuyos libros provocaron enorme polémica por su manera de tratar la sexualidad de forma abierta y explícita. Pero, además, tenía una personalidad peculiar. Según Russell, el autor de "The lost girl" (La mujer perdida) despertaba su interés debido a su disposición a analizarlo todo y su libertad para discrepar con las convenciones establecidas. Sin embargo, con el correr del tiempo, fue descubriendo en él una personalidad diferente. Russell, que inicialmente expresó sentir mucha simpatía con los objetivos del "experimento comunista", descubrió en Lawrence ciertas opiniones muy "próximas al fascismo" y una "velada defensa de las tesis racistas". De hecho, si bien tanto Lawrence como Russell se opusieron a la intervención británica en la Primera Guerra Mundial, lo hicieron por razones diferentes. Mientras que Russell detestaba la guerra porque, desde su punto de vista lógico racional, la consideraba un conflicto innecesario, Lawrence la veía como un ejemplo de la mecanización de la sociedad, algo que odiaba con profundo fervor.

Cuando se conocieron en la casa de Ottoline Morrell, Russell quedó admirado por la "percepción intuitiva" de Lawrence, pero le llamó la atención su "considerable egocentrismo". Este, por su parte, vio en Russell a un ser "vital y emocional", aunque "demasiado inexperto en la conflictividad de las relaciones humanas". En suma, una diferente concepción de cómo los seres humanos se perciben y se comunican entre sí. Russell, el lógico; Lawrence, el místico. En 1956, Russell publicó "Portraits from memory and other essays" (Retratos de memoria y otros ensayos), libro que contiene agudas descripciones de escritores y filósofos a los que trató, con mayor o menor intimidad, en distintas etapas de su vida: Conrad, Shaw, Wells, Moore, Whitehead, Wittgenstein y, por supuesto, Lawrence.

Mis relaciones con Lawrence fueron breves y febriles, y duraron, en total, aproximadamente un año. Nos conocimos gracias a lady Ottoline Morrel que, como nos admiraba a los dos, nos hizo creer que debíamos admirarnos él y yo también mutuamente. El pacifismo había suscitado en mí un estado de ánimo de rebelde amargura y encontré a Lawrence con tanta rebeldía como yo. Esto hizo que, al principio, los dos pensáramos que existía una gran coincidencia entre nosotros, y sólo de un modo gradual fuimos descubriendo que nuestra discrepancia mutua era mayor que la discrepancia existente entre cada uno de nosotros y el kaiser. En aquella época, Lawrence tenía dos actitudes ante la guerra: por un lado, no podía adoptar la postura de un patriota de todo corazón, pues su mujer era alemana; pero, por otro lado, tenía tal odio a la humanidad, que propendía a creer que ambos bandos debían tener algo de razón, puesto que se odiaban entre sí. Cuando llegué a conocer esas actitudes, me di cuenta de que no podía simpatizar con ninguna de las dos. La conciencia de lo que nos separaba, sin embargo, apareció en nosotros sólo poco a poco, y, al principio, todo fue alegre como un festín de bodas. Le invité a que me fuera a visitar a Cambridge y le presenté a Keynes y a varias personas más. A todos los odiaba apasionadamente y decía que eran "muertos, muertos, muertos". Durante algún tiempo, creí que podría tener razón.
Me agradaba el fuego de Lawrence, me gustaban la energía y la pasión de sus sentimientos; me complacía su creencia de que era necesario algo muy fundamental para enderezar el mundo. Estaba de acuerdo con él en la idea de que la política no se podía separar de la psicología individual. Percibía que Lawrence era un hombre de cierto genio imaginativo y, cuando por primera vez se hicieron evidentes mis diferencias con él, empecé por creer que, quizá, su comprensión de la naturaleza humana fuera más profunda que la mía. Sólo, poco a poco, llegué a convencerme de que representaba una fuerza positiva para el mal, convencimiento al que, también poco a poco, llegó asimismo él con referencia a mí.

Por entonces, estaba preparando yo un curso de conferencias, que después fue publicado con el título de "Principios de reconstrucción social". El también estaba interesado en las conferencias y, durante algún tiempo, pareció posible que se estableciese una especie de colaboración irregular entre nosotros. Cambiamos, con ese motivo, cierto número de cartas; las mías se han perdido, pero las suyas han sido publicadas. En ellas puede descubrirse la conciencia gradual de nuestros desacuerdos fundamentales. Yo creía firmemente en la democracia, mientras que él había desarrollado la filosofía completa del fascismo, antes de que los políticos hubieran pensado en ello. "No creo -escribía- en el sistema democrático. Estimo que el trabajador es apto para elegir gobernantes o administradores para sus problemas inmediatos, pero nada más. Usted debe modificar totalmente el cuerpo electoral. El trabajador elegirá a sus superiores para las cosas que le interesan de modo inmediato, no para nada más. Los dirigentes superiores serán elegidos por otras clases, cuando surjan. Todo ello debe culminar en una cabeza real, como ocurre en toda realidad orgánica; no repúblicas necias con presidentes necios, sino un rey electo, algo así como Julio César". Como es natural, en su imaginación suponía que, cuando se estableciese la dictadura, él se convertiría en Julio César. Esto formaba parte de esa calidad soñadora que impregnaba todo su pensamiento. Nunca se dejó caer en la realidad. Se extendía en largas parrafadas acerca de cómo se debía proclamar la "verdad" a las multitudes y parecía no tener la menor duda de que las multitudes la escucharían. Le pregunté qué método se proponía adoptar. ¿Expondría esta filosofía política en un libro? No, en nuestra sociedad corrompida la palabra escrita es siempre una mentira. ¿Iría a Hyde Park y proclamaría la "verdad" subido en una caja de jabón? No, eso sería excesivamente peligroso (en él aparecían, de vez en cuando, extrañas ráfagas de prudencia). "Está bien -decía yo-; ¿que va a usted a hacer?". Al llegar aquí cambiaba de conversación. Insensiblemente descubrí que no deseaba realmente hacer al mundo mejor, sino, solamente, abandonarse a elocuentes soliloquios que trataban de lo malo que era este mundo. Si alguien oía, por casualidad, los soliloquios, tanto mejor; pero estaban destinados, cuando más, a formar una pequeña banda de fieles discípulos que pudiesen sentarse en los desiertos de Nuevo México y sentirse santos. Todo ello se me transmitía con el lenguaje de un dictador fascista, porque era lo que yo debía predicar; el "debía" trece veces subrayado.

Sus cartas se fueron haciendo cada vez más hostiles. Escribía: "¿Es que merece la pena vivir como usted lo hace? Creo que sus conferencias no son buenas. ¿No resultan muy atrasadas? ¿De qué sirve el hundirse con el navío condenado y arengar a los mercaderes peregrinos en su propio lenguaje? ¿Por qué no se lanza al mar? ¿Por qué no abandona usted el espectáculo por completo? En estos días, uno debe ser un proscrito, no un maestro o un predicador". Esto me parecía mera retórica. Me estaba convirtiendo en mucho más proscrito de lo que lo había sido él en cualquier ocasión, y no era capaz de ver por ningún lado la razón de sus quejas contra mí. El profería sus quejas de manera diferente, en épocas diferentes. En otra ocasión me escribió: "Deje de trabajar y de escribir totalmente y sea una criatura en lugar de un instrumento mecánico. Abandone todo el navío social. Por amor a su misma dignidad, conviértase en una criatura que sienta su destino y no piense. Por amor del cielo, sea un niño y deje de ser un sabio. No haga nada más, sino que, por amor del cielo, empiece a ser. Parta del mismo principio y sea un perfecto niño en nombre del valor. Oh, y quiero pedirle que, cuando haga su testamento, me deje lo suficiente para vivir. Quiero que usted viva eternamente. Pero quiero ser, de algún modo, su heredero". La única dificultad de este programa consistía en que, si yo lo adoptaba, no tendría ninguna herencia que dejar. Tenía una filosofía mística de la "sangre" que me disgustaba. "Existe -decía- otra base de la conciencia, además del cerebro y los nervios. Hay una conciencia de la sangre que está en nosotros y es independiente de la conciencia mental ordinaria. Uno vive, conoce y posee su propia existencia en la sangre, sin ninguna relación con los nervios y el cerebro. Esta es la mitad de la vida que pertenece a la oscuridad. Cuando poseo a una mujer, la percepción de la sangre es suprema. El conocimiento de mi sangre es abrumador. Debemos darnos cuenta de que tenemos un ser de sangre, una conciencia de sangre, un alma de sangre completa y aparte de la conciencia mental y nerviosa".Esto me pareció franca basura y lo rechacé con vehemencia, aunque no sabía entonces que conducía directamente a Auschwitz. Se ponía furioso siempre que cualquiera sugería la posibilidad de que alguien tuviese sentimientos bondadosos para sus semejantes, y, cuando yo rechazaba la guerra por los sufrimientos que ocasionaba, me acusaba de hipocresía. "No hay la menor verdad en que usted, su básico yo, desee, en último término, la paz. Lo que usted hace es satisfacer, de una manera indirecta y falsa, su deseo animal de golpear y herir. Una de dos: o lo satisface usted de un modo directo y honorable, diciendo "los odio a todos, embusteros y puercos, y estoy dispuesto a lanzarme sobre ustedes", o se limita a las matemáticas, en las que puede ser sincero. Pero presentarse como el ángel de la paz...; no, en este papel, prefiero a Tirpitz mil veces".

Ahora me resulta difícil comprender el efecto devastador que esas cartas producían en mí. Me inclinaba a creer que él poseía alguna capacidad de comprensión especial de la que yo carecía, y cuando me decía que mi pacifismo estaba enraizado en los oscuros deseos de la sangre, suponía que tenía razón. Durante 24 horas, pensé que era un inadaptado para la vida y llegué a pensar en el suicidio. Pero, después de ese tiempo, se produjo una reacción más saludable y decidí terminar con semejante morbosidad. Cuando me dijo que debía predicar sus ideas y no las mías, me rebelé y le dije que recordara que él ya no era un maestro de escuela ni yo un discípulo. El había escrito: "Usted es el enemigo de toda la humanidad, lleno del deseo animal de la destrucción. Lo que le inspira no es el odio a la falsedad; es el odio a la gente de carne y de sangre, es un deseo de la sangre mentalmente pervertido. ¿Por qué no lo reconoce? Volvamos a ser extraños el uno para el otro. Creo que es lo mejor". Yo también lo creía así. Pero él sentía placer denunciándome y, durante algunos meses, continuó escribiendo cartas que contenían la suficiente amistad para que la correspondencia se mantuviera viva. Al final, se desvaneció, sin necesidad de ninguna terminación dramática.

Lo que me atrajo de Lawrence, al principio, fue cierto dinamismo y la costumbre de discutir supuestos que suelen admitirse sin más. Yo ya estaba acostumbrado a ser acusado de estar demasiado esclavizado por la razón y pensé que, quizá, él pudiera darme una dosis vivificadora de irracionalidad. De hecho, adquirí realmente de él algún estímulo, y creo que el libro, que escribí a pesar de sus ataques, fue mejor de lo que hubiera sido si no le hubiese conocido.
Pero esto no quiere decir que hubiera nada bueno en sus ideas. Mirando hacia atrás, no creo que tuviesen el menor valor. Eran las ideas de un hombre impresionable que se creía un déspota y que se encolerizaba con el mundo porque éste no le obedecía instantáneamente. Cuando se daba cuenta de que existían otras personas, las odiaba. Pero la mayor parte del tiempo vivió en el mundo solitario de sus propias imaginaciones, habitado por fantasmas todo lo orgullosos que él deseaba que fuesen. Su énfasis excesivo sobre el sexo se debía al hecho de que sólo en las cuestiones sexuales se veía obligado a admitir que no era el único ser humano del universo. Pero, como esa admisión le era tan dolorosa, concibió las relaciones sexuales como una lucha perpetua en la que cada uno intenta destruir al otro. El mundo de la entreguerra fue atraído por la locura. Esta atracción tuvo su expresión más acentuada en el nazismo. Lawrence fue un exponente adecuado de este culto a la demencia. No estoy muy seguro de que la fría cordura inhumana de Stalin haya significado alguna mejora.


Bertrand Russell fue, desde 1897 hasta 1913, un notable matemático y lógico. Como filósofo, su obra canónica se centra en el período 1905-1921, pero su fama la obtuvo por sus escritos sobre el matrimonio, la libertad sexual, los derechos de las mujeres, la religión, etc., todos ellos abordados desde un punto de vista fuertemente humanista. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1950 y, de allí en más, fue reconocido fundamentalmente por su defensa de la paz mundial. Junto a Albert Einstein (1879-1955) y otros destacados científicos creó la Conferencia Pugwash alertando sobre los peligros de la escalada nuclear. Durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962 ofreció su mediación y, en 1966, junto a Jean Paul Sartre (1905-1980) organizó un Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra para investigar las consecuencias de la acción militar de Estados Unidos en Vietnam. Ya sobre el final de su larga vida escribió: "Tres pasiones, simples pero abrumadoramente fuertes, han gobernado mi vida: el anhelo de amor, la búsqueda del conocimiento y la compasión por el sufrimiento insoportable de la humanidad. Estas pasiones, como grandes vientos, me han llevado de aquí para allá en un curso caprichoso. Esta ha sido mi vida. Me ha parecido digna de ser vivida y la viviría nuevamente si se me ofreciera la oportunidad".
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