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Bitácora - Capítulo I




Introducción

Pequeño gran lector: antes de sumergirte en las redes literarias de esta bitácora debo hacerte una aclaración. Es la primera vez que escribo en primera persona. Desde la primera “persona” o sea, yo misma, que intentará relatar los comienzos de una relación, los actos que fortalecieron un vínculo que espero que hoy, en el momento en que estés leyendo este texto, siga existiendo. La “primera persona” me invita, o empuja, a una escritura más bien realista a la cual no estoy acostumbrada, sin embargo veo inminente la presencia de mi carácter y analogías ficcionales, cuasi fantasiosas, a medida que vuelque los recuerdos.


Capítulo 1 - Lo cercano

Me resulta muy difícil encontrar la punta del ovillo para empezar a contar esta historia, ya que temo adelantar anécdotas o delatar sentimientos que tendrán que nacer en los próximos párrafos. Sin embargo creo conveniente describir mis días antes de conocerlo.

Hacía un año que me vida había dado un vuelco importante. Para muchos el 2013 fue un año de cortes, cambios, fracasos, desilusiones y cierres. Algunos le echaron la culpa a los mayas, ya que era el primer año que no figuraba dentro de su calendario. El apocalipsis personificado. La verdad es que nunca me aferré a una creencia religiosa, pero que algo sucedió durante ese año, por lo menos en mi entorno, fue innegable. A mitad de año me separé del padre de mi hija. A las semanas nos mudamos de casa, ella y yo. Ahora Ana no dormiría más en mi cuarto, sino que sería ya una pequeña niña con su intimidad. Dentro de la oficina se estaban viviendo cambios bruscos: transición de los gerentes, reducción de personal, reagrupación (o división) de los equipos de trabajo, triplicación de las exigencias… Y por sobre todas las cosas: mucho mal humor.

Por el lado del estudio, me faltaban unos pocos meses para terminar la carrera. Sólo me restaba cursar Práctica Docente, Dramaturgia, Literatura Infantil y Cultura, materia que rendiría libre en diciembre. Esto me mantenía entusiasmada, pues al terminar la carrera me aventuraría por fin a dedicarme a la docencia. También en esa época conocí a alguien, un chico. De él aprendí mucho. Aprendí a valorar el tiempo conmigo misma; mis actividades; la importancia de estar bien con uno y defender las decisiones que se toman. Resignifiqué mi rol como madre; rearmé el vínculo con Ana y su padre; revisé e intenté poner el marcha algunas formas de relacionarme con mi familia, aunque el fallecimiento de mi abuela paterna obstaculizó un poco este último punto. A los meses me recibí de Profesora de Artes en Teatro, me desvinculé de la empresa en la que trabajaba desde los diecinueve años y con la indemnización pude pagar unas deudas, arreglar mi casa e irme de vacaciones. Al volver, empecé a ir a los actos públicos, y al poquito tiempo ya contaba con varias escuelas cerca de mi barrio. ¡Por fin tantos años de estudio estaban dando sus frutos!

Es verdad que este chico, fue un buen sostén para todo el periodo de transición que inicié ese año en particular y que duró hasta casi el solsticio de invierno del año siguiente, sin embargo “no se puede vivir del amor” (diría Calamaro) y en mayo rompimos. A partir de ese momento entré en una aletargada angustia. Yo estaba acostumbrada a que las relaciones se terminaran una vez desvanecido el amor, una vez que se había tirado demasiado de la soga como para seguir intentándolo… pero él vio la disolución como algo necesario. Nuestros puntos de vistas sobre el futuro y los proyectos en común eran tan distintos que creyó conveniente cortar por lo sano para evitar conflictos en el presente. La verdad es que no pude entenderlo en ese entonces. Me parecía algo descabellado. Una decisión inmadura, casi que cobarde. Pero ahora que lo veo a la distancia, sin dudas fue lo correcto, pues sin esos meses de reflexión constante, no habría podido llegar a las conclusiones sobre la vida que me permitieron conocer lo a ÉL.





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