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Bueno para los q les gusta este arte aca les dejo la segunda parte:

El riego es sin lugar a dudas uno de los aspectos más importantes del cultivo del bonsai, hasta el punto de que el trabajo de años puede perderse con su descuido. Conseguir una buena ramificación fina es algo que requiere de muchísimas horas de trabajo y dedicación a lo largo de bastantes temporadas, perderla totalmente a causa de un mal riego puede ser cosa de semanas o incluso días. Es evidente pues que merece la pena dedicar algún tiempo a considerar este tema.

EL AGUA:


Lo mejor es utilizar agua, pura y simplemente agua. Y ahí radica la dificultad del asunto: encontrar agua que sea sólo eso, agua. Todo el agua que nos rodea contiene una cierta cantidad de sales y demás elementos disueltos que algunos, y en determinadas concentraciones, son beneficiosos para la planta pero la mayoría no.
Interesa utilizar aguas con un contenido en sustancias disueltas lo más bajo posible idealmente cero, aunque esto nunca se de, ni tan siquiera en el agua destilada como ya veremos.
¿Por qué utilizar este tipo de aguas? Pues sencillamente por las especiales condiciones en viven los bonsais. En primer lugar un bonsai debe crecer en el espacio bastante limitado de la maceta y en segundo lugar los procesos naturales que ayudan a renovar / limpiar el suelo en plena naturaleza en la maceta no tienen lugar. En la maceta el exceso de sales y desechos se acumula hasta que uno cambia la tierra, por este motivo se debe evitar en lo posible precisamente que lleguen a acumularse. Se trata de un principio válido para cualquier tipo de planta que viva en una maceta, pero sobretodo para aquellas como los bonsais que vivan en macetas particularmente pequeñas.

En resumidas cuentas: cuanto menor sea el contenido en sales disueltas del agua menor será la cantidad que quede como residuo en el sustrato, y puesto que a fin de cuentas los elementos nutritivos que necesita el árbol ya se los proporcionamos con el abono tampoco resulta de vital importancia que el agua contenga “nutrientes”. Hay que tener siempre en mente que cualquier planta en una maceta vive en un ambiente totalmente controlado con las ventajas e inconvenientes que ello conlleva.

Una forma de conocer el contenido en sales del agua utilizada es midiendo la conductividad de ésta. A mayor conductividad mayor contenido en sales y por lo tanto peor es el agua. Existen aparatos portátiles del tamaño de un bolígrafo un tanto rechoncho que nos proporcionan una lectura sobre la conductividad bastante precisa por el simple método de sumergir un extremo en un recipiente con agua y esperar unos segundos. Las lecturas suelen venir en la unidad Partes Por Millón (ppm).
Como referencia se podría decir que una conductividad de alrededor de 100ppm o menos indica un agua realmente buena para regar, sobre las 150ppm el agua es buena, entre 150 y 200ppm el agua empieza a ser regular y por encima de 250ppm mejor no utilizarla. Podemos hacernos una idea de la calidad del agua corriente que tenemos en muchas de nuestras ciudades con solo decir que conductividades de hasta 2500ppm no son nada raras.
Otra forma de saber si el agua empleada es aceptable consiste en fijarse en la propia planta. Si el agua no es la adecuada el árbol enseguida dará muestras de debilidad; las hojas amarillearán y se caerán. Pero mucho antes de eso surgirán otros síntomas: El primero es la presencia de musgo. Un musgo verde y sano es un claro indicativo de una buena calidad del agua, si éste amarillea, adquiere textura acartonada o aparece recubierto por una costra blanquecina sabremos que el agua no es buena y que seguramente acabará afectando al árbol. Otro síntoma de un exceso de sales aparecerá en la propia maceta que acabará con los bordes recubiertos de esa misma costra blanquecina (que no es otra cosa que un depósito de sales minerales) e incluso las patas si somos lo suficientemente descuidados como para permitir que el agua forme un charquito semi permanente bajo la maceta.

El transplante:


El trasplante de un bonsai, o de cualquier planta en general, suele tener dos motivos básicos: por estética o por salud.
Por cuestiones estéticas puede resultar conveniente el cambio de la maceta, ya que ésta se ha quedado algo pequeña, se ha reformado el árbol y resulta más atractivo otro estilo de maceta, o simplemente se desea cambiar la posición de la planta. En cualquier caso por buenas que sean las razones estéticas que avalen un trasplante, deben quedar completamente subordinadas a la salud de la planta.

Introducción:
¿Por qué trasplantar?


El trasplante de un bonsai, o de cualquier planta en general, suele tener dos motivos básicos: por estética o por salud.
Por cuestiones estéticas puede resultar conveniente el cambio de la maceta, ya que ésta se ha quedado algo pequeña, se ha reformado el árbol y resulta más atractivo otro estilo de maceta, o simplemente se desea cambiar la posición de la planta. En cualquier caso por buenas que sean las razones estéticas que avalen un trasplante, deben quedar completamente subordinadas a la salud de la planta.

Uno se puede preguntar por qué resulta necesario el trasplante cuando en la naturaleza éste no se produce. La respuesta se encuentra en la diferencia del medio en que viven unas y otras plantas.
Una planta como cualquier ser vivo genera residuos propios de su actividad biológica, una parte de ellos se expulsan en forma gaseosa pero el resto se excreta a través de las raíces hacia el suelo que las rodea. En plena naturaleza cuando con el paso del tiempo estos residuos se van acumulando hasta el punto en que el suelo se vuelve algo tóxico, la planta simplemente extiende sus raíces mas allá a la búsqueda de sustratos limpios.
Hay que tener en cuenta que una raíz no deja de ser una simple conducción de agua y sales, una tubería, en su mayor parte: Sólo unos pocos milímetros finales en las raíces más finas son activos y capaces de intercambiar elementos. El resto es una mera conducción con la función secundaria de anclar la planta a la tierra.
De esta forma las raíces van creciendo con el paso de los años hasta un punto en que la planta ya no puede extenderlas más sin que dejen de ser capaces de trasladar el agua recogida hacia el cuerpo principal. Usando una analogía sería una situación parecida (aunque en sentido inverso) a una bomba eléctrica de agua que ha de alimentar desde un pozo a una red cada vez mayor de conducciones, al final simplemente no puede mantener al caudal.
La gran ventaja de la planta situada en plena naturaleza es que para cuando se llega a este punto de máxima extensión de las raíces, las lluvias de varios años se han encargado de ir limpiando el suelo más cercano al tronco de modo que vuelve a ser utilizable. Así que sencillamente descarta sus raíces más largas y emite otras mucho menores.
Se ha completado un ciclo que en maceta, por cuestiones obvias, no es posible. En una maceta las raíces disponen de un espacio limitado para desarrollarse, por lo que los residuos se acumulan siempre en el mismo sitio y allí permanecen hasta que se cambia el sustrato.

Además de estos residuos generados por la propia planta, no debemos olvidar que en la maceta también se va acumulando el exceso de sales disueltas en el agua de riego ( si su contenido en sales es demasiado elevado es fácil de detectar pues el manto de musgo que pudiera rodear al bonsai se deteriora rápidamente llegando incluso a quedar cubierto por una fina costra blanquecina; un musgo sano es indicativo de una buena calidad en el agua empleada para regar los bonsais). Incluso el abono resulta a la larga un factor contaminante del suelo; ya sea orgánico o inorgánico, deja residuos no aprovechables que incrementan el contenido salino de la tierra.

Si la tierra de una maceta no se renovara periódicamente, la presencia de sales minerales iría aumentando progresivamente hasta hacer imposible el proceso de osmosis por el que la planta toma el agua. Mediante este proceso de osmosis, el agua se filtra a través de las paredes celulares desde un suelo con bajo contenido en sales minerales hasta el interior de las raíces con un contenido mucho mayor, tratando de igualar densidades. Si la cantidad de sales disueltas es similar a ambos lados de la pared celular, el agua no circula. Se llega a una situación en que por mucho que se riegue la planta ésta acabará muriendo de sed.

Otro problema importante que nos encontramos en el cultivo en maceta es el desarrollo de las raíces. Dependiendo de la especie de árbol con la que se trabaje sus raíces pueden crecer dentro de la maceta hasta varios metros cada temporada, enrollándose en torno a la pared interior del tiesto. De todos esos metros los únicamente útiles son los escasos milímetros finales, el resto es un tubo que únicamente ocupa espacio vital dentro de las pequeñas macetas de bonsai dificultando el drenaje. En bonsai las raíces ni siquiera deben cumplir una función de anclaje propiamente dicha pues normalmente se ata el árbol al tiesto en cada transplante así que lo que realmente interesa es que nuestro bonsai desarrolle una abundante “cabellera” de raíces cortas y finas para mantener una buena salud: Con cada transplante a parte de cambiar el sustrato, total o parcialmente, se debe recortar el “pan de raíces”.

Finalmente, otro motivo que pudiera requerir de un trasplante es la calidad del sustrato. En demasiadas ocasiones tras adquirir un bonsai o pre-bonsai nos damos cuenta que en el comercio se le ha mantenido con una tierra poco apta para el cultivo, apelmazada y con un aspecto arcilloso poco prometedor que incluso puede que ni siquiera drene bien. En este caso es mejor cambiar esa tierra cuanto antes, pues en breve la salud del árbol se verá seriamente afectada.

¿Cuándo trasplantar?


Como norma general se debe trasplantar cuando aparezcan síntomas de daños en las raíces, brotaciones débiles, mal drenaje, etc. Pero es posible establecer una cierta periodicidad en función de la especie:

Árbol caducifolio joven Cada 1 ó 2 años
Árbol caducifolio viejo Cada 2 ó 3 años
Árbol perenne joven Cada 2 ó 3 años
Árbol perenne viejo Cada 3 ó 4 años
Conífera joven Cada 3 años aproximadamente
Conífera vieja Cada 4 ó 6 años


En realidad lo que esta tabla nos está indicando es que hay que trasplantar más a menudo cuanto más activo y vigoroso es el árbol: un árbol joven crece mucho más rápidamente que otro que haya alcanzado la madurez al igual que un caducifolio es más activo que por ejemplo una conífera y por tanto requerirán una mayor frecuencia de trasplantado.
Uno de los primeros síntomas que indican la necesidad de un trasplante es el mal drenaje del sustrato; el agua se encharca en la maceta y tarda demasiado en ser absorbida por el suelo. Esto suele ser una clara señal de que la maceta se encuentra repleta de raíces, o en su defecto de que la calidad de la tierra no es demasiado adecuada para un bonsai. En ambos casos es recomendable trasplantar cuanto antes.
Si tardamos demasiado en trasplantar un árbol, su pan de raíces se desarrollará en exceso, con lo que la capacidad de retener agua del sustrato disminuye notablemente y deberemos regar con mayor frecuencia. Si lo posponemos lo suficiente en ocasiones podemos ver como el árbol se va “levantando” de la maceta a causa del gran cúmulo de raíces que hay debajo.

La época ideal para trasplantar es la primavera del árbol, es decir aquel periodo en que las yemas comienzan a hincharse para brotar. Es un periodo que varía de especie en especie, casi de árbol a árbol. En este momento las raíces llevarán unas 2 ó 3 semanas de crecimiento tras la pausa invernal y las cicatrices cerrarán rápido. trasplantar en invierno tiene el inconveniente de que cualquier cicatriz tardará semanas o meses en cerrar con el peligro de infección que ello conlleva.

Puntos a tener en cuenta antes de trasplantar:


1- En un bonsai conviene que las raíces sean cortas, ya que únicamente los milímetros finales de cada una son activos; el resto es una mera conducción que ni tan siquiera ha de servir de sostén a la planta puesto que ésta suele estar atada al tiesto, como se verá más adelante. Cuanto más cortas y ramificadas sean las raíces, más eficientes serán, y menor será el esfuerzo de la planta para transportar el agua.

2- Se llama Nebari a la base del tronco, el punto en el que las raíces se unen a éste. Y Tachiagari a la zona del tronco que va desde el nebari hasta la primera rama.
En un bonsai ambas son zonas de gran interés tanto estético como de cultivo. Es allí donde la planta almacena buena parte de las reservas acumuladas para la siguiente brotación y por tanto son de las zonas del árbol que engordan con mayor rapidez. Estéticamente resulta más atractivo un tachiagari que adelgace uniformemente conforme se asciende por el tronco al igual que lo haría el tronco de un árbol maduro en la naturaleza. Un tronco de grosor uniforme en toda su longitud no suele trasmitir una sensación de edad, es más propio de plantas jóvenes.




Para conseguir un nebari de grosor y forma adecuado interesa tener 4 ó 5 raíces gruesas que nazcan a la misma altura y distribuidas uniformemente, ya que serán éstas las encargadas de ensanchar la base del tronco y proporcionarle la fuerza visual que debe tener.

Se debe evitar una mayor concentración de raíces en un solo lado, pues ello implicaría un desarrollo más intenso de las ramas de ese lado dificultando el equilibrio del conjunto. De igual modo una raíz excesivamente gruesa suele implicar la presencia de una rama igualmente grande en el mismo lado a la cual alimenta.

Es importante tener en cuenta que, si bien es el grosor de estas raíces el que acabará trasmitiéndonos la deseada sensación de árbol centenario a base de ensanchar el nebari para crear las contundentes bases que vemos en los viejos árboles de la naturaleza, de nuevo las especiales condiciones de cultivo de un bonsai hacen que una vez éstas desaparezcan bajo la superficie convenga que se subdividan en una miríada de raicillas finas que realmente son las que realizarán el trabajo de obtener nutrientes.




3- Una raíz viva suele tener color marrón, es resistente y con una punta blanquecina. Una raíz muerta es de color negro, blanda y muy frágil. Al trasplantar hay que estar atento y eliminar en lo posible las raíces muertas que podamos encontrar.

4- El tiesto debe tener dos o más agujeros de drenaje y no debe estar esmaltado en el interior. Los tiestos de plástico tampoco son muy adecuados ya que protegen muy poco a las raíces de los cambios de temperatura. El fondo del tiesto debe ser plano y se deben evitar aquellos tiestos hechos con molde en los que las patas se han formado como una protuberancia del fondo dejando un hueco por la parte interior. En este hueco se acumulará el agua y puede provocar podredumbre de raíces. Los agujeros de drenaje deberían quedar cubiertos con una rejilla de plástico o similar, de una apertura de unos 4mm (también se puede usar un pedazo curvo de cerámica procedente, por ejemplo, de otro tiesto roto). Esto es necesario para evitar que la tierra atasque los agujeros de drenaje.

Suelen emplearse un par de modos de sujetar la rejilla:




El método 1 se puede utilizar cuando la maceta dispone de dos o más agujeros de drenaje, mientras que el método 2 es necesario cuando la maceta tiene un único agujero de drenaje. Si la maceta tiene varios agujeros, los alambres con los que se atará el árbol pueden fijarse entre ellos, mientras que si únicamente dispone de un único agujero de drenaje, hemos de ingeniárnoslas de alguna forma para engancharlo, de ahí el segundo método.




5- En general, un árbol plantado sobre una losa de piedra vive mejor que en una maceta, aunque sólo sea por el simple hecho de que las raíces no se enmarañan como en el interior de un tiesto a base de dar vueltas en torno a las paredes. En una losa, cuando una raíz asoma por entre el musgo al exterior, deja de crecer y empieza a ramificarse. Como contrapartida, en una losa se evapora más agua y por lo tanto se necesita regar más a menudo.

6- Antes de trasplantar un árbol de vivero SIEMPRE hay que localizar el nebari primero, aunque tengamos que escarbar un poco en la superficie hasta llegar a él. Este nos dará una idea de la longitud de las raíces antes de recortarlas y evitaremos cortar demasiado por accidente.


Mezcla de tierras:


Para un bonsai la tierra debe cumplir una serie de funciones como pueden ser: sostener físicamente la planta, ser una fuente de oligoelementos (por ejemplo: hierro, magnesio, boro, manganeso, zinc, cobre, molibdeno, etc.) y proporcionar agua al mismo tiempo que permite la aireación de las raíces.
Debe ser el cuidador quien se encargue de proporcionar el abono en las dosis adecuadas a cada momento del año por lo que generalmente se usan sustratos bastante pobres y de grano grueso para facilitar el drenaje.

Como afirma el dicho popular, “cada maestrillo tiene su librillo”, y para el caso de las mezclas de tierra sucede lo mismo. Cada profesional o aficionado tendrá sus preferencias ajustadas a la propia experiencia, condiciones locales e incluso a cada especie de árbol. Como en casi todo lo referente al bonsai, tampoco hay una fórmula fija y por tanto podemos jugar sin muchos problemas con las mezclas, buscando suelos más o menos ácidos, más o menos porosos, o incluso no utilizar mezcla en absoluto y plantar por ejemplo en akadama pura y dura, hasta conseguir aquella solución que más nos satisfaga.

A pesar de todo, comúnmente suele usarse una tierra formada por una mezcla de tres elementos:

- Tierra volcánica: Facilita el drenaje
- Arcillas (Por ejemplo arena para gatos no perfumada): Retiene humedad y nutrientes orgánicos.
- Turba: Materia orgánica necesaria para que se desarrollen hongos y bacterias beneficiosos en el pan de raíces.

Las proporciones más adecuadas variarán según la especie de árbol que nos ocupe, pero una mezcla en partes iguales de volcánica, arcillas y turba (2/3 de materia inorgánica más 1/3 de materia orgánica) suele dar buen resultado en la mayoría de los casos.

Para lograr un secado uniforme de toda la tierra es conveniente colocarla en capas de distintos grosores; más gruesa hacia el fondo del tiesto y más fina en la superficie. Dependiendo del tamaño, profundidad, del tiesto se usarán entre 3 y 4 capas de distintos grosores.

El siguiente esquema ilustra una distribución típica en tres capas y los diferentes grosores de los granos que forman cada una:



El tamaño de cada capa, y número de estas, dependerá bastante de la profundidad del tiesto, pero la capa de plantado siempre ha de ser la más abundante mientras que la capa superior de decoración puede consistir únicamente unos pocos milímetros de tierra, o no existir en absoluto.

Granos con un diámetro de 1mm o menos se consideran simple polvo, y mejor no usarlos, ya que acabarían dificultando el drenaje.


Pasos a seguir en un trasplante:


1- Asegurarse de que se dispone de la tierra suficiente. ANTES de iniciar el proceso uno debe verificar que dispone de la cantidad necesaria de tierra para la nueva maceta, así como de que la mezcla es la adecuada. Las raíces son notablemente sensibles a la pérdida de humedad cuando quedan expuestas al aire libre, así que una vez se ha sacado el árbol de su maceta no es momento para meditar sobre el tipo de tierra que se va a usar, ni sobre el estilo de la nueva maceta. Esas tareas deben haberse llevado a cabo con antelación.

2- Preparar la nueva maceta. Colocar las rejillas protectoras de los agujeros de drenaje más los alambres de sujeción (dos como mínimo), tal y como se comentó en apartados anteriores. Seguidamente se coloca la capa de drenaje y se acumula un pequeño montoncito de tierra de la capa de plantado en la zona en que se va a colocar el árbol.




3- Para sacar el árbol de su antiguo tiesto, un método bastante seguro es agarrar la planta por el tronco mientras se golpea el borde del tiesto con la mano o con un martillo de goma si el tiesto es grande: si se hace con cuidado saldrá el pan de raíces al completo. No se deben usar cuchillos en lo posible, ya que existe el peligro de dañar las raíces, excepto en macetas con forma de marmita donde no suele quedar otro remedio. Nunca hay que forzar la salida tirando del tronco hacia arriba ya que es una forma segura de destrozar una buena cantidad de raíces.
IMPORTANTE: Hay que asegurarse antes de que se han cortado los antiguos alambres de sujeción que ataban el árbol. También es necesario cortar los alambres que sujetan la rejilla a los agujeros de drenaje ya que las raíces posiblemente se hayan enredado con ésta.

4- Una vez se ha sacado la planta de su tiesto se ha de retirar aproximadamente 2/3 de la tierra que rodea las raíces. Dejando este tercio de tierra cerca del tronco protegemos una parte de las raíces que no quedan expuestas al aire facilitando la recuperación de la planta. Con árboles de hoja perenne es importante dejar este margen de seguridad, pero si se trata de caducifolios y se trasplanta en primavera justo antes de brotar se puede dejar la raíz desnuda, de hecho incluso se lavan con agua las raíces.
Por supuesto todo esto dependerá de la buena salud del árbol.
Para retirar toda esta tierra conviene usar un bastoncillo afilado, una buena idea es usar uno de esos palillos de bambú que sirven en restaurantes chinos o japoneses. Cuanto más afilado se encuentre, con mayor facilidad se colará entre las raíces para desenmarañarlas y menos daños causará. El bambú es especialmente bueno para esta tarea ya que se trata de una madera blanda que se desgasta con facilidad causando aun menos daños si cabe que otras.

5- Una vez se ha sacado la tierra y se han desenmarañado las raíces se debe cortar aproximadamente la mitad de la longitud que quede al aire, sobre todo en la parte de abajo (interesa que crezcan hacia los lados) dejando una forma más o menos cóncava en el pan de raíces.




6- Respecto al tercio de tierra que conservamos, hay que tener en cuenta que se deberá ir cambiando poco a poco ya que con el tiempo se irá apelmazando y las raíces en su interior acabarán muriendo. Una forma sencilla de hacerlo es ir cortando secciones triangulares en esta zona, de forma que con cada transplante solo se renueve uno o dos de estos segmentos, dejando el resto de las raíces protegidas.



7- Se coloca el bonsai sobre el montículo de tierra preparado anteriormente en la nueva maceta de forma que no queden huecos bajo el árbol. Se utilizan los alambres de sujeción previamente colocados para fijar la planta en la posición deseada y se rellena el tiesto con tierra.



Hay asegurarse de que los alambres que sujetan la planta queden tensos para evitar que esta se mueva pero vigilando no dañar las raíces al apretarlos.

8- Es de vital importancia que no queden huecos ni burbujas de aire entre las raíces, así que con el mismo palillo de antes vamos pinchando la tierra para que ésta se deslice entre las raíces rellenando todos los huecos. Seguramente deberemos añadir más tierra a la maceta para acabar de completarla.

9- Finalmente, se presiona ligeramente el suelo con una espátula para acabar de compactarlo y aplanarlo.

10- Por cuestiones estéticas puede sembrase musgo, o trasplantarse de la maceta anterior si se ha conservado. De cualquier forma, un correcto cuidado del bonsai provoca que en no demasiado tiempo brote una nueva capa.

11- Tras el trasplante es necesario regar a fondo de inmediato para que el nuevo suelo no reseque las raíces.

EL ABONADO

Un primer punto a tener en cuenta es que el abono no es el alimento de la planta propiamente dicho; el abono no es más que el conjunto de materiales necesarios para la elaboración de éste. De hecho no es más que un 10% del total, el otro 90% se obtiene directamente del aire. Serán las hojas las encargadas de transformar dichos materiales en algo aprovechable por la totalidad de la planta; la savia elaborada. No es que sea necesario para el aficionado conocer con exactitud los procesos químicos que tienen lugar en la hoja, pero sí debería tener claro que de nada sirve el abono si la hoja no puede realizar su trabajo. Esto quiere decir que una planta enferma que ha perdido la mayor parte de sus hojas será incapaz de aprovecharlo, por más abono que se añada, ya que sencillamente carece de las “factorías” encargadas de su proceso. De igual forma es inútil tratar de fortalecer una planta débil por falta de luz a base de añadir abono pues sin luz la clorofila de las hojas no puede funcionar.

En resumidas cuentas, lo que hay que tener claro es que ese primer impulso de abonar una planta aparentemente enferma o débil como receta mágica para sanarla no siempre es buena idea. Es más, incluso puede llegar a ser contraproducente, ya que al no poder ser aprovechados los elementos que forman el abono se van acumulando en el sustrato. La planta primero ha de haber desarrollado hojas por si misma antes de pensar en el abono.

Elementos del abono


El abono de una planta debe estar formado por sales minerales solubles en agua, ya que éstas son las únicas asimilables a través de las raíces. Según las cantidades consumidas por la planta, los diferentes elementos se dividen en dos grupos: Microelementos y Macroelementos.

Los Microelementos no son necesarios en grandes cantidades, pero su falta puede llegar a causar problemas a la larga. Algunos de estos elementos son: hierro, cinc, calcio, magnesio, azufre, manganeso, molibdeno, boro, cloro, cobre, etc.

Los Macroelementos son un grupo formado por aquellas sustancias que la planta consume en grandes cantidades, y que por tanto su carencia resulta evidente mucho antes. Son el nitrógeno (N), el fósforo (P) y el potasio (K).

El nitrógeno favorece un rápido crecimiento en la planta, una mayor producción de flores o frutos y el desarrollo de unas hojas más grandes y verdes. Una de las diferencias entre los compuestos usados como abono en jardinería convencional y en bonsái es precisamente el porcentaje de nitrógeno presente: en el primer caso interesa obtener grandes y brillantes hojas verdes que atraigan al potencial cliente por su aspecto, por lo que el contenido de nitrógeno es muy elevado (cosa que en ocasiones acaba matando a la planta a las pocas semanas de haberla adquirido, pero claro la tienda ya ha realizado la venta); en el caso de un bonsái hay que controlar el tamaño de las hojas para mantener una cierta proporción en el árbol, así que se reduce el nivel de nitrógeno.
El fósforo interviene en gran cantidad de procesos vitales de la planta aumentando su resistencia en general. El potasio, entre otras cosas, interviene en los procesos de transformación del nitrógeno y al igual que el fósforo acelera los procesos de floración y fructificación.

Tipos de abono


En centros de jardinería se pueden encontrar dos categorías principales de abonos. Los abonos orgánicos y los abonos inorgánicos.

Los abonos de tipo inorgánico son un mezcla más o menos compleja de compuestos químicos diseñada para proporcionar a la planta aquellos nutrientes que precisa, pero a pesar de ser perfectamente aptos no son los más adecuados para un bonsái, o para cualquier plantan en una maceta ya puestos. Su gran problema radica en que lo que muestra la composición del producto es lo que hay, esto es: si abonamos con un compuesto de nitrógeno, potasio, fósforo, hierro y cinc, por ejemplo, la planta acabará desarrollando carencias del resto de elementos necesarios. Por ello antes de elegir un producto es necesario repasar su composición y asegurarse de que aporta la mayor cantidad posible de sustancias.
En bonsái, como ya se ha comentado, se suelen usar mezclas pobres en nitrógeno por lo que unas proporciones adecuadas para los tres elementos principales podrían ser 5-10-10, o incluso 2-10-10, donde la primera cifra hace referencia a la proporción de nitrógeno, la segunda a la de fósforo y la última a la de potasio.
Estos abonos químicos los podemos encontrar en dos formatos: Sólido o líquido. Los de tipo sólido suelen ser de liberación más lenta actuando durante un periodo de tiempo más o menos largo según el producto, mientras que los de tipo líquido son de absorción casi inmediata. Y es con estos últimos que debemos ser muy cuidadosos respetando las dosis marcadas por el fabricante pues la planta no suele limitarse a tomar la cantidad de elementos que precisa, por ejemplo nitrógeno, sino que tiende a absorber todo lo que puede encontrar. Si las cantidades son excesivas en una misma dosis la planta simplemente se muere.

Los abonos orgánicos por el contrario no presentan este problema pues al ser mezclas de diferentes tipos de materias orgánicas primero necesitan ser descompuestos por microorganismos antes de poder ser asimilados. Las grandes ventajas de los orgánicos frente a los químicos son: por un lado, esta lentitud en la asimilación que hace que sea casi imposible matar a la planta por sobredosis (hay que tener en cuenta que el abono orgánico necesitará unas dos semanas tras haber sido colocado para empezar a ser asimilable por las raíces, y no terminará su descomposición en otras tres o cuatro), por otro favorece el desarrollo de bacterias y hongos beneficiosos para la planta (algo casi imposible en suelos estériles cargados de abonos químicos) y finalmente la cantidad de elementos que proporciona es mucho más variada que un abono inorgánico dificultando que la planta desarrolle carencias. En este sentido actúan como correctores del suelo aportando aquellos elementos que los abonos químicos no contienen en su composición.

En general se suele recomendar no utilizar abonos inorgánicos, pero también es cierto que son más cómodos y fáciles de obtener que los de tipo orgánico (pese a que estos son comunes en tiendas especializadas). En cualquier caso una buena medida si se va a utilizar un abono químico es alternarlo de tanto en tanto con otros de origen orgánico.

BUENO ESPERO Q LES GUSTE...
YO SE Q AHI GENTE Q NO LE GUSTA LEER MUCHO,EN SU CASO ESTE POST TAL VEZ NO LES GUSTE

pero q los disfruten igual

fuente:www.portalbonsai.com