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Coja una Cerilla ISAAC ASIMOV's

ISAAC ASIMOV's

Take a Match



Coja una Cerilla


El espacio estaba negro; negro en todo el entorno, en todas direcciones. No se veía nada; ni una sola estrella.

Y no era porque no hubiera estrellas...

La verdad es que la idea de que quizá no hubiera estrellas, ninguna estrella, literalmente, había helado las entrañas de Per Hanson. Era la vieja pesadilla que acechaba subliminalmente en el cerebro de todo explorador del espacio profundo.

Cuando uno daba el Salto a través del universo taquiónico, ¿qué seguridad tenía de dónde emergería? Aunque la distribución y cantidad de energía invertida se controlara tan estrictamente como se quisiera y el fusionista que le acompañara a uno fuese el mejor del espacio. El principio de incertidumbre campaba por sus fueros y siempre había la posibilidad, y acaso la certeza inevitable, de un error de dirección debido al azar.

Y en el terreno de los taquiones, un error del grueso de un papel podía equivaler a un millar de años luz.

¿Qué pasaba, pues, si uno aterrizaba en la nada, o al menos a tal distancia de cualquier parte que nada pudiera guiarle para determinar su propia posición y, por ende, para regresar a ninguna parte?

Imposible, decían los pundits. No había ningún lugar en el universo desde el que no se pudiera ver los quasares, y mediante ellos solamente podía uno averiguar su propia posición. Además, la probabilidad de que en el curso de Saltos ordinarios el mero azar lo llevase a uno fuera de la galaxia era solamente de una entre diez millones, y hasta la distancia de la galaxia de Andrómeda o de Maffei-1, por ejemplo, quizá de una entre un trillón.

Ni pensar en ello, decían los pundits.

De modo que cuando una nave ha terminado el Salto y regresa de las extrañas paradojas de los taquiones, más rápidos que la luz, a la sana y conocida seguridad de los tardiones, deben verse estrellas en el espacio. Y si a pesar de todo no se ven, es que uno se encuentra dentro de una nube de polvo. Es la única explicación. En nuestra galaxia, como en cualquier otra galaxia espiral, hay secciones brumosas, como las hubo antiguamente en la Tierra, cuando nuestro planeta era la única morada de la humanidad y no se parecía nada a la pieza de museo conservadora de la vida, esmeradamente cuidada y con clima acondicionado, que era ahora.

Hanson era alto y huraño; y lo que no supiera él sobre las hipernaves que surcaban la galaxia y las regiones vecinas, es que todavía estaba por descubrir. Ahora estaba solo, en su cabina de capitán, como le gustaba a él. Tenía a mano lo necesario para ponerse en contacto con cualquier hombre o mujer a bordo, así como con los datos de cualquier artefacto o instrumento, y le complacía sentirse una presencia invisible.

Pero en aquellos momentos nada le complacía. Cerrando el contacto, dijo:

—¿Qué más, Strauss?

—Estamos en un grupo abierto —respondió la voz de Strauss.

Hanson no había puesto en marcha el suplemento visual, porque al ponerlo habría revelado el aspecto de su propio semblante, y prefería mantener oculta la expresión de profunda inquietud que alteraba su rostro

—Por lo menos —continuó Strauss—, por el nivel de radiaciones que recogemos en el extremo infrarrojo y en las regiones de las microondas, parece un grupo abierto. Lo malo es que no logramos localizar suficientemente las posiciones como para determinar nuestra propia situación.

—¿No aparece nada en la luz visible?

—Nada en absoluto, y tampoco en el infrarrojo próximo. La nube de polvo es densa como una sopa.

—¿Qué dimensiones tiene?

—No hay manera de saberlo.

—¿Puede calcular la distancia hasta el borde más próximo?

—Ni siquiera el orden de magnitud. Acaso haya una semana luz, o acaso un año luz. Podrían ser diez años luz. Definitivamente, no hay manera de deducirlo.

—¿Habló con Viluekis?

—Sí —contestó lacónicamente Strauss.

—¿Qué dice?

—No mucho. Está malhumorado. Lo toma como una afrenta personal, por supuesto.

—Naturalmente. —Hanson exhaló un suspiro silencioso. Los fusionistas eran más infantiles que los niños, pero como representaban el papel romántico en las aventuras del espacio profundo, se les toleraba todo—. Supongo que usted le habrá dicho que lo ocurrido ahora es imprevisible y puede suceder en cualquier momento.

—Sí, se lo dije. Y, como puede suponer, contestó: “A Viluekis, no”.

—Sólo que sí le ha sucedido, por supuesto. Bueno, yo no puedo hablar con él. Nada de lo que le dijera tendría significado alguno, excepto que pretendo dar las culpas a otro, y entonces ya no le sacaríamos ni media palabra más... ¿No quiere poner en marcha el colector?

—Dice que no puede. Dice que se estropearía.

—¿Cómo puede estropearse un campo magnético?

Strauss profirió unos sonidos inarticulados.

—No se lo diga. Le contestaría que en un tubo de fusión hay algo más que un campo magnético, y luego añadiría que usted pretende rebajarle.

—Sí, lo sé... Bueno, oiga, dedíquelo todo, usted y todo el mundo, a la nube. Ha de haber alguna manera de hacer alguna deducción respecto a la dirección y la distancia del borde más cercano. —Y cortó la comunicación.

Hanson, en ese momento, fruncía el ceño.

¡El borde más cercano! Cabía dudar de si a la velocidad de la nave (con respecto a la materia que la rodeaba), se atreverían a gastar la energía precisa para una alteración radical del curso.

Habían entrado en el Salto a mitad de la velocidad de la luz con respecto al núcleo galáctico del universo tardiónico, y, por supuesto, salían del Salto a la misma velocidad. Al fin y al cabo, supongamos que uno se encontrara, de regreso, en las vecindades de una estrella y corriendo hacia ella a mitad de la velocidad de la luz...

Los teóricos negaban tal posibilidad. No se podía esperar razonablemente que un Salto le llevara a uno cerca de un cuerpo macizo. Eso decían los pundits. Las fuerzas gravitacionales intervenían en el Salto. Y para la transición de tardión a taquión y nuevamente a tardión esas fuerzas eran de naturaleza repulsiva. En realidad, era el efecto por azar de fuerza gravitatoria en red, que nunca se podría estudiar con todo detalle, el responsable de gran parte de la incertidumbre en el Salto.

Además, dirían ellos, debe usted fiarse del instinto del fusionista. Un buen fusionista no se equivoca nunca.

Salvo que, en este caso, el fusionista les había hecho dar el Salto dentro de una nube.

—¡Ah, eso! —dirían—. Ocurre continuamente... No importa. Ya sabe usted lo tenues que son la mayoría de nubes. Ni siquiera se entera usted de si está dentro de una de ellas.

(En el caso de la presente, no es cierto, ¡oh, pundit!)

—En realidad las nubes son un elemento benéfico. Los colectores no tienen que trabajar tanto rato ni tan intensamente para que la fusión siga realizándose y se almacene energía.

(En el caso de la presente, no es cierto, ¡oh, pundit!)

—Bueno, pues confíe en el fusionista para encontrar la manera de salir.

(¿Y si no hay manera de salir?)

Hanson quiso alejarse, asustado, de este último pensamiento. Puso el mayor empeño en no volver a concebirlo... Pero ¿cómo se las arregla uno para no pensar en la cosa que clama con más fuerza dentro de su mente?

.

Henry Strauss, astrónomo de la nave, se hallaba asimismo en un estado de profunda depresión. Si lo que había sucedido era una catástrofe sin paliativos, había que aceptarlo. En las hipernaves nadie podía cerrar los ojos a la posibilidad de una catástrofe. Uno estaba preparado para una eventualidad, o probaba de estarlo... Sin embargo, para los pasajeros era peor, naturalmente.

Pero cuando la catástrofe procedía de algo que uno habría dado una muela para poder observarlo y estudiarlo, y cuando uno descubría que el hallazgo y el fruto de toda su vida profesional era precisamente lo que le mataba...

Strauss exhaló un profundo suspiro.

Era un hombre robusto, con lentes de contacto coloreadas que daban brillo y color a unos ojos que de otro modo habrían concordado con una personalidad incolora.

El capitán no podía hacer nada. Y él lo sabía. El capitán podía ser un autócrata para el resto de la nave; pero el fusionista no tenía otra ley que la suya propia, y siempre había sido así. Hasta para los pasajeros, pensaba con cierto disgusto, el fusionista es el emperador de los caminos espaciales y todos los que estén a su lado quedan disminuidos, sumidos en la impotencia.

Era cuestión de oferta y demanda. Las computadoras podían calcular la cantidad exacta y la distribución de la energía necesaria, así como el lugar y la dirección exactos, si «dirección» tenía algún significado en la transición de tardión a taquión, pero el margen de error era enorme, y sólo un fusionísta con talento podía reducirlo. Cualquiera que fuese el manantial de donde procediera el talento de un fusionista, nadie lo sabía... El fusionista nace, no se hace. Y ellos sabían que poseían ese talento, y nunca hubo ni uno siquiera que no quisiera sacar provecho de esta circunstancia.

Viluekis no era malo, comparado con los otros fusionistas..., aunque tampoco éstos llevaran muy lejos su maldad. Al menos él y Strauss se hablaban, a pesar de que Viluekis había acaparado a la pasajera más bonita que había a bordo, aunque Strauss la había visto primero, lo cual formaba parte, por alguna razón, de los derechos imperiales de los fusionistas en ruta.

Strauss se puso en contacto con Viluekis. Costó un rato establecer la comunicación, y cuando se estableció, Viluekis tenía un semblante irritado, con una irritación abatida, de mirada triste.

—¿Cómo está el tubo? —preguntó afablemente Strauss.

—Creo que lo cerré a tiempo. Lo he repasado todo y no veo ningún daño. Bueno —añadió mirándose—, tengo que asearme.

—Al menos no se ha dañado.

—Pero no podemos utilizarlo.

—Quizá lo utilicemos, Vil —dijo Strauss con acento insinuante—. No podemos predecir qué pasará ahí fuera. Si el tubo estuviera averiado, no importaría que pasase esto o lo otro; pero no estándolo, si la nube se despeja... Si... si... si..

—Yo le pondré otro «si». Si ustedes, astrónomos estúpidos, hubieran sabido que esta nube estaba aquí, yo habría podido sortearla.

Era un comentario claramente inconsistente, y Strauss no mordió el anzuelo.

—Es posible que se despeje —dijo tan sólo.

—¿Qué dice el análisis?

—Nada bueno, Vil. Es la nube de oxhidrilo más densa que se haya observado nunca. Que yo sepa, en ningún otro lugar de la galaxia se ha concentrado tanto el oxhidrilo como aquí.

—¿Y no hay nada de hidrógeno?

—Algo, sí, por supuesto. Un cinco por ciento, aproximadamente.

—No es bastante —dijo secamente Viluekis—. Hay alguna otra cosa, aparte el oxhidrilo. Hay algo que me ha producido problemas que el oxhidrilo no podía causarme. ¿Lo ha localizado?

—Ah, sí. Es formaldehído. Hay más formaldehído que hidrógeno. ¿Se da cuenta de lo que significa esto, Vil? Algún proceso ignorado ha concentrado en el espacio oxigeno y carbono en cantidades nunca vistas, suficientes para agotar el hidrógeno de un volumen de años luz cúbicos, acaso. No sé de ningún fenómeno, ni podría imaginarlo siquiera, capaz de provocar estas consecuencias.

—¿Qué intenta decir, Strauss? ¿Me está diciendo que ésta es la única nube de su clase que existe en el espacio y yo he sido lo bastante estúpido como para ir a parar a ella?

—No digo eso, Vil. Sólo digo lo que usted ha oído, y no ha sido tal cosa. Pero, Vil, para salir dependemos de usted. Yo no puedo pedir socorro, porque no puedo dirigir un hiper-rayo sin saber dónde estamos. Y no puedo hallar dónde estamos porque no puedo localizar ninguna estrella...

—Yo no puedo utilizar el tubo de fusión; entonces, ¿por qué soy el malo? Tampoco usted puede hacer su tarea; entonces, ¿por qué el malo es siempre el fusionista? —Viluekis ardía por dentro—. La salvación está en sus manos, Strauss, en sus manos. Dígame dónde está el borde de la nube... O al diablo con el borde de la nube; encuéntreme el de esa masa de oxhidril-formaldehído.

—¡Ojalá pudiera! —dijo Strauss—. Pero hasta el momento no hallo más que oxhidrilo y formaldehído por lejos que realice el sondeo.

—No podemos fundir esa sustancia.

—Lo sé.

—Ea —exclamó Viluekis en tono violento—, he ahí un ejemplo de la equivocación que comete el Gobierno al querer imponer una superseguridad mediante leyes, en lugar de dejar el asunto en manos del fusionista del lugar. Si tuviésemos medios para el Doble-Salto, no habría problema.

Strauss sabía perfectamente bien qué quería decir Viluekis. Existía la posibilidad de ahorrar tiempo efectuando dos Saltos en rápida sucesión; pero si un solo Salto implicaba ciertos azares inevitables, dos Saltos seguidos multiplicaban por una elevada cifra tales incertidumbres, y ni el mejor fusionista podía hacer mucho para corregirlas. Y casi invariablemente, el multiplicado error prolongaba enormemente la duración total del viaje

Era norma estricta de navegación que entre Salto y Salto había de transcurrir un día entero de travesía... y mejor si se dejaban transcurrir tres. Así se disponía del tiempo necesario para preparar el Salto siguiente con las debidas precauciones. A fin de que no se faltara a esta norma, cada Salto se realizaba en condiciones tales que no quedara energía suficiente para otro. Los colectores necesitaban cierto tiempo para recoger y comprimir hidrógeno suficiente, fundirlo y almacenar la energía, hasta llegar al nivel para el «encendido» del Salto. Generalmente siempre se necesitaba un día, al menos, para almacenar la cantidad requerida para un Salto.

—¿Qué cantidad de energía le falta, Vil? —preguntó Strauss.

—No mucha. Así. —Viluekis colocaba el índice y el pulgar de manera que quedase entre ellos un espacio de poco más de medio centímetro—. Pero falta la suficiente para fastidiarnos, de todos modos.

—¡Qué pena! —dijo llanamente Strauss.

La reserva de energía se anotaba y podía inspeccionarse; pero aún así se sabía que los fusionistas manipulaban los registros de modo que siempre les quedara alguna reserva para ese segundo Salto.

—¿Está seguro? —dijo—. ¿Y si usted pusiera en marcha sus generadores de emergencia, apagase todas las luces...?

—Y la circulación de aire, y los aparatos auxiliares, y los hidropónicos... Lo sé, lo sé. Lo he calculado todo; pero no reunimos la energía suficiente... Ahí tienen su estúpida regulación de seguridad del Doble Salto.

Strauss todavía consiguió dominar el genio. Sabía -lo sabía todo el mundo- que había sido precisamente la Hermandad Fusionista la fuerza que había impulsado aquella normativa. La mayor parte de las veces que se proponía un Doble Salto, ya que en alguna ocasión quizá el capitán de la nave insistiera incluso en que se diese, el fusionista ponía mala cara... Pero al menos había una ventaja. Habiendo de realizarse una travesía obligatoria entre Salto y Salto, había de transcurrir al menos una semana antes de que los pasajeros se pusieran inquietos y recelosos, y durante aquella semana se podía hallar una solución. Hasta el momento, no había transcurrido ni un día completo.

—¿Está seguro de que no puede hacer nada con su sistema? ¿No puede filtrar algunas impurezas? —preguntó.

—¿Filtrarlas? No son impurezas; son toda esa masa. Aquí la impureza es el hidrógeno. Oiga, necesitaría unos trescientos millones de grados centígrados para fundir los átomos de carbono y de oxígeno; probablemente quinientos millones. No puede hacerse, y no pienso probarlo. Si intento algo y falla, será culpa mía. No quiero exponerme. Le incumbe a usted el proporcionarme el hidrógeno, y usted deberá preocuparse. Simplemente, dirija la nave donde lo haya. No me importa el tiempo que tarde.

—No podemos ir a mayor velocidad de la que vamos, dada la densidad del medio, Vil. Y a una velocidad mitad de la luz quizá tengamos que viajar dos años..., o acaso veinte...

—Bueno, piense usted la manera de salir del apuro. O que lo piense el capitán.

Strauss cortó la comunicación, desesperado. No, no se podía sostener una conversación racional con un fusionista. Alguna vez había oído enunciar la teoría -y muy en serio- de que la repetición de Saltos afectaba al cerebro. En el Salto, cada tardión de materia ordinaria había de convertirse en un taquión equivalente, que luego habría de ser retransformado en el tardión originario. Si la doble conversión se hacía de modo imperfecto, aun con la imperfección más leve, sin duda el efecto de tal deficiencia habría de manifestarse, antes que en ninguna otra parte, en el cerebro, que era, con mucho, el trozo de materia más complejo que debería someterse a la transformación. Por supuesto, no se había demostrado experimentalmente ningún efecto pernicioso, y ninguna clase de oficiales de hipernaves pareció sufrir más estragos, en el transcurso del tiempo, que los que se podía atribuir al simple hecho de envejecer. Pero quizá la peculiaridad, fuera cual fuese, que tenían en el cerebro los fusionistas, que les daba la condición de tales y les permitía ir más allá, por pura intuición, que la mejor computadora, fuese un elemento singularmente complejo y, por ende, especialmente vulnerable.

¡Tonterías! ¡Qué peculiaridad ni qué...! ¡Los fusionistas eran, meramente, unos malcriados!

Strauss titubeaba. ¿Debía ponerse en contacto con Cheryl? Si existía una persona capaz de suavizar la tensión, era ella, y cuando lo hubieran mimado y mecido convenientemente, bebé Vil quizá ideara la manera de poner los tubos de fusión en funcionamiento..., a pesar del oxhidrilo.

¿Creía de verdad que Vil sería capaz de hacer algo, en cualquier circunstancia? ¿O sólo quería apartar de su mente la idea de navegar por el espacio años enteros? Naturalmente, las hipernaves estaban preparadas para tal eventualidad, en principio; pero dicha eventualidad no se había dado nunca, y, por otra parte, las tripulaciones -y menos aún los pasajeros- no lo estaban.

Pero si hablaba con Cheryl, ¿qué le diría que no pareciese la orden de que sedujera a un hombre?

Sólo había pasado un día hasta el momento, y Strauss no estaba dispuesto a actuar de alcahuete para un fusionista.

¡Esperemos! ¡Un rato al menos!

.

Viluekis arrugó el ceño. Después de bañarse se sentía un poco mejor, y estaba contento de haberse mostrado firme con Strauss. No era mal sujeto ese Strauss, pero como todos -«todos», el capitán, la tripulación, los pasajeros, todos los estúpidos no fusionistas del universo- quería librarse de responsabilidades. Carguémoslas todas sobre el fusionista. He ahí una antigua, muy antigua, canción; pero él era un fusionista que no se la dejaría cantar.

Aquello de cruzar por el espacio años enteros lo decían solamente para asustarle. Si ponían de veras el alma en el empeño podían alcanzar los limites de la nube, y en alguna parte había de estar el borde más cercano. Ir a parar en el centro matemático de la nube habría sido en verdad demasiado. Naturalmente, si habían caído cerca de un borde y ahora navegaban en dirección al otro...

Viluekis se levantó y se desperezó. Era alto; las cejas le colgaban sobre los ojos como marquesinas.

Supongamos que pasaran años en la travesía. Ninguna hipernave había viajado todavía durante años enteros. La travesía más larga duró ochenta y ocho días y trece horas, cuando un navegante espacial se las compuso para encontrarse en una situación desfavorable con respecto a una estrella difusa y hubo de retroceder a velocidades que ascendieron hasta las nueve décimas de la de la luz antes de que estuviera en condiciones aceptables para el Salto.

Entonces sobrevivieron, y fue una travesía que duró la cuarta parte de un año. ¡Claro que veinte años...!

Pero eso era imposible.

La luz de señales se encendió tres veces antes de que se diera cuenta claramente. Sí era el capitán que venía a verle personalmente, tendría que marcharse más aprisa de lo que hubiera venido.

—¡Anton!

La voz era cálida, vehemente, y parte del enojo de Viluekis se disipó. El fusionista permitió que la puerta retrocediese en su encaje, y Cheryl entró. La puerta se cerró de nuevo.

Cheryl tenía unos veinticinco años, ojos verdes, mentón firme, cabello rojo mate y una figura magnífica que no escondía su luz bajo el celemín.

—Anton —dijo la joven—, ¿pasa algo anormal?

La pregunta no cogió tan de sorpresa a Viluekis como para inducirle a confesar que sí. Hasta un fusionista tenía el buen criterio de no revelar nada prematuramente a un pasajero.

—En absoluto. ¿Por qué lo pensabas?

—Un pasajero lo ha dicho. Un hombre llamado Martand.

—¿Martand? ¿Qué sabe él? —Luego, con recelo—: ¿Y qué haces tú escuchando a un pasajero tonto? ¿Qué aspecto tiene?

Cheryl sonrió débilmente.

—Simplemente, parece que inició una conversación en el saloncito. Estará cerca de los sesenta y es completamente inofensivo, aunque imagino que le gustaría no serlo. Pero no es esto lo que importa. El caso es que no se ve ninguna estrella. Cualquiera puede notarlo, y Martand ha dicho que era un detalle muy significativo.

—¿De veras? Sencillamente, estamos atravesando una nube. Hay millares de nubes en la galaxia, y las hipernaves las atraviesan continuamente.

—Si, pero Martand dice que, por lo general, incluso estando dentro de una nube suele verse alguna estrella.

—¿Qué sabe él de estas cosas? —repitió Viluekis—. ¿Es un veterano de los viajes especiales?

—No... —reconoció Cheryl—. En realidad es el primero que hace, pienso. Pero parece muy enterado.

—Ya lo creo. Oye, ve a verle y dile que se calle. Con lo que ha dicho hay motivo suficiente para aislarlo. Y tú tampoco repitas esas historias.

Cheryl ladeó la cabeza.

—Francamente, Anton, hablas como si realmente estuviéramos en apuros. Ese Martand, Lonis Martand se llama, es un sujeto interesante. Es maestro de escuela... octavo curso, ciencia general.

—¡Un maestro de escuela! ¡Santo Dios, Cheryl...!

—Pues deberías oírle. Dice que la de maestro de niños es una de las profesiones en las que hay que saber un poco de todo, porque los pequeños preguntan continuamente, y si no estás enterado lo notan.

—Bueno, entonces, quizá tú también deberías especializarte en notar cuándo habla alguien que no está enterado. Vamos, Cheryl, ve a decirle que se calle; o voy yo.

—De acuerdo. Pero primero dime: ¿es cierto que estamos atravesando una nube de oxhidrilo y que el tubo de fusión no funciona?

Viluekis abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Pasó un buen rato antes de que preguntara:

—¿Quién te lo ha dicho?

—Martand. Y ahora me voy.

—No —objetó vivamente el fusionista—. Espera un poco. ¿A quién más ha explicado Martand todo esto?

—A nadie. Dice que no quiere sembrar el pánico. Me figuro que cuando estaba sumido en estas meditaciones yo me encontraba cerca y él no supo resistir la tentación de comunicar algo de lo que tenía en la mente.

—¿Sabe que me conoces?

La frente de Cheryl se arrugó un poco.

—Creo que comenté algo sobre nuestra amistad.

Viluekis soltó un bufido.

—No es probable que ese viejo loco haya querido demostrar sus grandes dotes ante ti. A mí es a quien quiere impresionar, por tu conducto.

—Ni pensarlo —replicó Cheryl—. La verdad es que me ha pedido que no te dijese nada.

—Sabiendo, por supuesto, que de este modo vendrías a verme inmediatamente.

—¿Por qué habría de querer que viniera a verte?

—Para ponerme en evidencia. ¿Sabes lo que significa ser fusionista? Tener a todo el mundo en contra, resentido contra ti, porque la gente te necesita tanto, porque...

—Pero ¿qué tiene que ver eso con el problema? Si Martand está completamente equivocado, ¿cómo podría ponerte eso en evidencia? Y si está en lo cierto... ¿lo está, Anton?

—Bueno, ¿qué ha dicho exactamente?

—No sé si me acordaré de todo, claro —musitó Cheryl con aire pensativo—. Fue después de que hubiéramos dado el Salto, bastantes horas después, en realidad. Por entonces todo el mundo hablaba de que no se vela ninguna estrella por ninguna parte. En el saloncito todo el mundo decía que pronto daríamos otro Salto, porque esto era lo bueno de los viajes espaciales cuando no se veía nada. Naturalmente, todos sabíamos que había de transcurrir un día de travesía, al menos. Entonces entró Martand, me vio y vino a conversar conmigo... Creo que le soy bastante simpática.

—Y yo creo que él no me lo es a mí —dijo Viluekis con semblante enfurruñado—. Continúa.

—Yo le he dicho que era muy molesto esto de no ver nada, y él ha contestado que duraría así cierto tiempo, y por el tono de su voz parecía preocupado. Naturalmente, yo le he preguntado por qué lo decía, y él ha contestado que porque el tubo de fusión había quedado cerrado.

—¿Y quién le ha informado a él? —preguntó Viluekis.

—Ha dicho que, en una de las habitaciones para hombres, antes se oía un zumbido bajo que ahora ya no se percibía. Y ha dicho también que en el armario de la sala de juegos, donde guardan los tableros de ajedrez, la pared estaba caliente debido a la proximidad del tubo de fusión, pero que ahora ya no lo está.

—¿Son ésas todas las pruebas que tiene?

Cheryl pasó por alto la pregunta, y prosiguió:

—Ha dicho que no veíamos ninguna estrella porque nos encontrábamos en una nube de polvo y los tubos de fusión debían de haber dejado de funcionar porque en dicha nube no hay hidrógeno en cantidades apreciables. Ha dicho que, probablemente, no tendríamos bastante energía para dar otro Salto, y que si íbamos en busca de hidrógeno acaso tuviéramos que navegar años enteros para salir de la nube.

El ceño de Viluekis había llegado al nivel de la ferocidad.

—Ese hombre siembra el pánico. ¿Sabes qué...?

—No lo siembra. Me ha dicho que no se lo contara a nadie, porque esto desataría el pánico, y porque, además, no sucedería. Sólo me lo ha explicado a mí porque acababa de ocurrírsele y estaba tan excitado por su conjetura que tenía necesidad de comentarla con alguien; pero luego ha añadido que había una manera fácil de salir del aprieto y que el fusionista sabría qué hay que hacer; de modo que no había motivo para inquietarse... Pero como tú eres el fusionista, me ha parecido que tenía que preguntarte si acierta de verdad en eso que dice de la nube y si tú has hecho lo que deba hacerse en tales casos.

—Ese maestro de escuela tuyo no sabe nada de nada —sentenció Viluekis—. No te acerques a él..., ¡Eh, oye! ¿Ha dicho cuál es esa manera tan fácil de salir de la nube?

—No. ¿Debía preguntárselo?

—¡No! ¿Por qué se lo habías de preguntar? Aunque, bien mirado... Está bien, pregúntaselo. Siento curiosidad por saber qué está pensando el idiota ése. Pregúntaselo.

Cheryl movió la cabeza en signo afirmativo.

—Me será muy fácil. Pero ¿estamos en apuros?

Viluekis replicó secamente:

—¿Y si dejaras eso de mi cuenta? No estaremos en apuros hasta que yo diga que lo estamos.

Viluekis continuaba mirando fijamente la cerrada puerta, colérico y desazonado a la vez, buen rato después de haberse marchado Cheryl. ¿Qué hacia ese Louis Martand, maestro de escuela de octavo curso, con sus atinadas suposiciones? Si resultaba por fin que se hacía necesaria una travesía prolongada, habría que comunicárselo a los pasajeros con mucho tacto; de lo contrario nadie saldría con vida. Con el tal Martand diciéndoselo a gritos a todos los que quisieran escucharle...

Con gesto casi salvaje, Viluekis pulsó la combinación que le pondría en contacto con el capitán.

.

Martand era esbelto y de aspecto pulcro. Tenía unos labios que parecían continuamente a punto de sonreír, aunque el semblante y el porte se distinguieran por una amable gravedad, una gravedad casi expectante, como si estuviera esperando siempre que la persona con quien se hallaba fuese a decir algo importantísimo de veras.

Cheryl le estaba diciendo:

—He hablado con el señor Viluekis... Es el fusionista, ya sabe. Le he contado lo que había dicho usted.

Martand pareció sobresaltado, y meneó la cabeza.

—¡Me temo que no debió decírselo!

—Parecía disgustado.

—Naturalmente. Los fusionistas son gente muy especial, y no les gusta que los de fuera del gremio...

—Me he dado cuenta. Pero ha insistido en que no había motivo de alarma.

—Claro que no —aceptó Martand, cogiéndole la mano y dándole unas palmaditas en ella con gesto consolador, pero reteniéndola dentro de la suya a pesar de todo—. Ya le dije que hay una manera fácil de salir del apuro. La estará poniendo en práctica, probablemente. Sin embargo, supongo que podría transcurrir algún tiempo antes de que se le ocurra.

—Se le ocurra, ¿qué? —y luego, con calor—: ¿cómo no se le habrá ocurrido a él, si se le ha ocurrido a usted?

—Pero comprenda, mi querida joven, él es un especialista. Los especialistas se encasillan en su especialidad, y les cuesta muchísimo salir de ella. En cambio yo no me atrevo a encajonarme en carriles fijos. Cuando hago una demostración, en clase, la mayoría de las veces tengo que improvisar. No he visto nunca una escuela que dispusiera de micropilas protónicas; de modo que cuando salíamos de excursión al campo tenía que improvisar generadores eléctricos a base de queroseno.

—¿Qué es queroseno? —preguntó Cheryl.

Martand soltó una carcajada. Parecía muy contento.

—¿Ve? La gente olvida. El queroseno es una clase de liquido inflamable. Una fuente de energía más primitiva aún que he tenido que emplear muchas veces era un fuego de leña, que se inicia por fricción. ¿No ha visto nunca ninguno? Coges una cerilla...

Cheryl tenía cara de no saber nada, y Martand continuó con aire indulgente:

—Bueno, no importa. Lo que quería darle a entender es que su amigo el fusionista habrá de pensar en algo más primitivo que la fusión, y necesitará algún tiempo para que se le ocurra. En cuanto a mí, estoy acostumbrado a trabajar con métodos primitivos... Por ejemplo, ¿sabe qué hay ahí fuera? —Con el gesto señalaba la ventanilla de observación, desde la que no se divisaba nada, tan absolutamente nada que el saloncito estaba virtualmente despoblado por falta de vista.

—Una nube; una nube de polvo.

—Ah, pero ¿de qué clase? Lo que hay que encontrar siempre en todas partes es hidrógeno. Es la materia prima del universo, y las hipernaves dependen de él. Ninguna nave puede transportar combustible suficiente para efectuar Saltos repetidos ni para acelerar hasta casi la velocidad de la luz y retardar de nuevo, repetidamente. Tenemos que recoger el combustible del espacio.

—¿Sabe usted?, es una cosa que siempre me había dado que pensar. ¡Yo creía que el espacio estaba vacío!

—Casi vacío, querida, y este «casi» equivale a un festín. Viajando a ciento cincuenta mil kilómetros por segundo, se puede recoger y comprimir una respetable cantidad de hidrógeno, aunque sólo haya unos cuantos átomos por centímetro cúbico. Y unas pequeñas cantidades de hidrógeno, fundiéndose constantemente, nos proporcionan toda la energía que necesitamos. En las nubes, el hidrógeno suele estar más denso aún; pero las impurezas que lo acompañan pueden originar conflictos, como en ésta en que nos hallamos.

—¿Cómo sabe que ésta tiene impurezas?

—¿Por qué otro motivo habría cerrado Viluekis el tubo de fusión? Después del hidrógeno, los elementos más comunes del universo son el helio, el oxígeno y el carbono. Si las bombas de fusión han parado, ello significa que hay escasez de combustible, o sea hidrógeno, y en cambio está presente algo que perjudicaría todo el complejo sistema de fusión. Este algo no puede ser el helio, porque es inofensivo. Se trata posiblemente de grupos oxhidrilo, una combinación de oxigeno e hidrógeno. ¿Comprende?

—Creo que si —dijo Cheryl—. Tuve ciencia general en el colegio, y parte de aquellos conocimientos vuelven a mi mente. Ese polvo se compone, en realidad, de grupos oxhidrilo unidos a granos de polvo sólido.

—O también libres en estado gaseoso. Ni siquiera el oxhidrilo es demasiado peligroso para el sistema de fusión; pero los compuestos de carbono si que lo son. Lo más probable es que haya formaldehído; imagino que estará en la proporción de uno por cada cuatro oxhidrilos. ¿Lo entiende ahora?

—No, no lo entiendo —respondió llanamente Cheryl.

—Dichos compuestos no se funden. Si los calentamos hasta unos cuantos centenares de millones de grados se rompen en átomos sencillos y la concentración de oxigeno y carbono perjudica los aparatos. Pero ¿por qué no absorberlos a temperaturas ordinarias? Después de la compresión, el oxhidrilo se combinaría con el formaldehído, en una reacción química que no causaría ningún daño al sistema. Al menos, estoy seguro de que un buen fusionista podría modificar el sistema para proceder a una reacción química a la temperatura ambiente. La energía de la reacción se podría almacenar, y al cabo de un tiempo habría la suficiente para poder dar un Salto.

Cheryl replicó:

—No lo veo así de ningún modo. Las reacciones químicas apenas producen energía alguna, comparadas con la fusión.

—Tiene mucha razón, querida. Pero no necesitamos mucha. Cierto que el Salto anterior nos ha dejado con menos de la necesaria para dar otro inmediatamente... así lo establecen las normas. Pero apuesto a que su amigo el fusionista se preocupó de que faltara muy poca, lo menos posible. Los fusionistas suelen hacerlo así. La poca que falta para llegar a la ignición se podría recoger a partir de reacciones químicas. Luego, cuando el Salto nos haya sacado fuera de la nube, una travesía de una semana, aproximadamente, nos permitirá llenar de nuevo los depósitos, y podremos continuar sin ningún riesgo. Por supuesto... —Martand enarcó las cejas y se encogió de hombros.

—¿Qué?

—Por supuesto —añadió Martand—, si por algún motivo el señor Viluekis retrasara el proceso, podríamos vernos en dificultades. Cada día que pasamos sin dar el Salto gasta energía, debido a la marcha ordinaria de la nave, y dentro de poco las reacciones químicas ya no bastarán para suministrar la energía que hace falta para llegar al punto de ignición. Confío que no esperará demasiado.

—Bueno, ¿y por qué no se lo dice? Ahora mismo.

Martand meneó la cabeza.

—¿Dar indicaciones a un fusionista? Por nada del mundo, querida.

—Entonces, se lo diré yo.

—Oh, no. Con toda seguridad se le ocurrirá sin que se lo diga nadie. Mire, apostaré con usted, querida mía. Usted le dice exactamente lo que he dicho yo, y dígale que yo expliqué que ya se le había ocurrido a él y que el tubo de fusión volvía a funcionar ya. Y, por supuesto, si gano... —Martand sonreía.

Cheryl sonrió también.

—Veremos —dijo.

Martand la seguía con la mirada, pensativo el semblante, mientras ella se alejaba a paso vivo; no pensaba exclusivamente en la posible reacción de Viluekis.

Al maestro de escuela no le sorprendió que un guardia apareciese casi como por arte de encantamiento y le dijera:

—Tenga la bondad de acompañarme, señor Martand.

—Gracias por dejarme terminar —contestó éste—. Temí que no me dejaría.

.

Transcurrieron algo más de seis horas antes de que Martand pudiera ver al capitán. El castigo, que así lo consideraba él, era, de aislamiento, pero no demasiado pesado; y el capitán, cuando estuvo en su presencia, parecía cansado y no particularmente hostil.

Hanson dijo:

—Me han informado de que usted propalaba rumores destinados a originar pánico entre los pasajeros. Es una acusación grave.

—Hablé con una sola pasajera, señor; y con un propósito concreto.

—Así lo tenemos entendido. Le sometimos a vigilancia inmediatamente, y tengo un informe bastante completo de la conversación que sostuvo con la señorita Cheryl Winter. Era la segunda sobre el mismo tema.

—Sí, señor.

—Al parecer usted quería que dicha señorita transmitiera lo esencial de la conversación al señor Viluekis.

—Así es.

—¿No se le ocurrió ir a ver personalmente al señor Viluekis?

—Dudo que me hubiera escuchado.

—O a mí.

—Usted quizá me hubiera escuchado; pero ¿cómo le habría pasado la información al señor Viluekis? Usted mismo se habría visto en la necesidad de utilizar a la señorita Winter. Los fusionistas tienen sus peculiaridades.

El capitán movió la cabeza distraídamente.

—¿Qué esperaba que sucediera cuando la señorita Winter pasase la información al señor Viluekis?

—Confiaba —respondió Martand— en que Viluekis estaría menos en guardia ante la señorita Winter que ante ninguna otra persona; que se sentiría menos amenazado. Confiaba que se echaría a reír y diría que se trataba de una idea muy simple, que se le había ocurrido ya hacía muchísimo rato, y que, en efecto, los colectores estaban funcionando ya, a fin de provocar la reacción química. Y que cuando se librase de la presencia de la señorita Winter pondría los colectores en marcha y le avisaría a usted de haber tomado semejante medida, omitiendo toda referencia a la señorita Winter y a mí.

—¿No pensó que acaso rechazara la idea por irrealizable?

—Existía la posibilidad, pero no se ha dado.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque una hora después de haber sido detenido, las luces de la habitación en que me tenían preso disminuyeron perceptiblemente de intensidad y no volvieron a reanimarse. Entonces supuse que habían reducido todo lo posible el gasto de energía de la nave, y me dije que Viluekis ponía toda la carne en el asador con objeto de que la reacción química produjera la energía suficiente para el encendido.

El capitán arrugó la frente.

—¿Por qué estaba tan seguro de poder manipular al señor Viluekis? Me figuro que usted no ha tratado nunca con fusionistas, ¿verdad que no?

—Ah, pero soy maestro de octavo grado de primaria, señor. He tratado con otros niños.

Por un momento, el semblante del capitán continuó en una inmovilidad pétrea. Luego, poco a poco se distendió en una sonrisa.

—Usted me es simpático, señor Martand, aunque no le servirá de nada. Por lo que puedo deducir, los acontecimientos tomaron exactamente el rumbo que usted esperaba. Pero ¿comprende lo que vino luego?

—Lo comprenderé si usted me lo explica.

—Viluekis tuvo que evaluar la indicación que usted le transmitía y decidir, inmediatamente, si era práctica. Tuvo que realizar cierto número de cuidadosas correcciones en el sistema para que pudiera efectuar reacciones químicas sin perder la posibilidad de dedicarse nuevamente a la fusión. Hubo de determinar el nivel máximo de reacción que podíamos permitirnos sin correr peligro; la cantidad de energía almacenada que podíamos ahorrar; el punto en que podíamos intentar la ignición sin peligro; la clase y naturaleza de Salto que íbamos a efectuar. Todo esto había que hacerlo rapidísimamente, y no podía hacerlo nadie sino un fusionista. La verdad es que no todos los fusionistas son capaces de realizarlo; Viluekis es excepcional hasta como fusionista. ¿Lo comprende?

—Perfectamente.

El capitán levantó la vista hacia el reloj de la pared y activó su mirilla. Al otro lado, sólo negrura, lo mismo que durante la mayor parte de los dos días últimos.

—El señor Viluekis me ha comunicado en qué momento piensa intentar el encendido para el Salto. Cree que saldrá bien, y yo confío en su criterio.

—Si se equivoca —comentó sombríamente Martand—, podemos encontrarnos en la misma situación que antes, pero entonces completamente despojados de energía.

—Si, me doy cuenta —admitió Hanson—, y como acaso se sienta usted un tanto responsable por haber metido la idea en la mente del fusionista, he pensado que quizá le gustaría estar alerta durante los minutos de ansiedad y expectación que nos esperan.

Ambos hombres guardaban silencio, ahora, observando la pantalla, mientras transcurrían los segundos, y luego los minutos. Hanson no había mencionado el límite exacto; por consiguiente Martand no podía adivinar si era ya inminente, o si había pasado incluso. Sólo podía levantar la vista de vez en cuando, y por breves momentos, hasta el semblante del capitán, que asumía una estudiada impasibilidad.

Y en esto se produjo aquel extraño tirón interno, que cesaba casi inmediatamente, parecido a un tic en la pared abdominal. Habían Saltado.

—¡Estrellas! —exclamó Hanson en un susurro de profunda satisfacción. Al otro lado de la mirilla la negrura se había inflamado con un sinfín de estrellas. En aquel momento, Martand no recordaba haber contemplado otro cuadro más hermoso en toda su vida.

—Y al segundo —dijo Hanson—. Magnífico trabajo. Hemos quedado despojados de energía; pero en el transcurso de una a tres semanas volveremos a estar saturados, y durante ese tiempo los pasajeros disfrutaran del panorama.

Martand se sentía demasiado débil, de puro alivio, para hablar.

El capitán se volvió hacia él.

—Bueno, señor Martand. Concibió usted una idea excelente. Se podría argüir que ha salvado a la nave y a todos los que vamos en ella. Se podría argüir también que, sin duda alguna, Viluekis no habría tardado en descubrir la solución por sí mismo. Pero nadie argüirá nada, porque bajo ningún pretexto ha de saberse el papel que ha representado usted en esta aventura. El señor Viluekis hizo la tarea, y la realizó magníficamente bien, como un gran virtuoso, aun teniendo en cuenta que quizá se la sugiriera usted. Será ensalzado por ello y recibirá grandes honores. Usted no recibirá nada.

Martand permaneció callado un momento. Luego dijo:

—Lo comprendo. Un fusionista es indispensable, y en cambio yo no cuento para nada. Si Viluekis se siente herido en su orgullo, aunque sea sólo un poquito, puede que usted ya no pueda utilizarle, y usted no puede permitirse el lujo de prescindir de él. En cambio yo..., bueno, que sea como usted quiera. Buenos días, capitán.

—De ningún modo —dijo el capitán—. No podemos fiarnos de usted.

—No diré nada.

—Acaso se proponga no decir nada; pero puede ocurrir lo más inesperado. No podemos correr el riesgo. Durante el resto del vuelo, estará usted bajo arresto domiciliario.

Martand arrugó el ceño.

—¿Por qué? Yo le he salvado a usted, y a su condenada nave... y a su fusionista.

—Por eso precisamente. Por habernos salvado. Así marchan las cosas.

—¿Dónde está la justicia?

El capitán meneó la cabeza pausadamente.

—La justicia es un bien bastante raro, lo admito, y a veces demasiado caro para que nos lo podamos conceder. Usted ni siquiera podrá volver a su habitación. No verá a nadie en todo lo que queda de viaje.

Martand se frotó una mitad de la barbilla con el índice.

—No lo dirá en sentido literal, sin duda, capitán.

—Me temo que sí.

—Pero... hay otra persona que puede hablar. Por casualidad, y sin proponérselo. Convendría que también pusiera a la señorita bajo arresto domiciliario.

—¿Y doblase la injusticia?

—A la desgracia le gusta la compañía —dijo Martand.

Y el capitán sonrió.

—Quizá tenga razón —dijo.

Fuente: http://www.lorenzoservidor.com.ar/rel/rel273.htm
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