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Cuando la alegría se parece al futbol

Hace ya un tiempo, tal vez debido a un cierto de estado que bien podría llamarse de crisis existencial, me encuentro revolviendo en el baúl de los recuerdos, en el pasado, siempre con el fin de encontrar algo acorde adonde me lleve este estado de animo que de un tiempo acá gobierna la mayoría de mis acciones.
Hace unos días, me sorprendió que mis recuerdos me llevaron a preguntarme si alguna vez fui feliz, o si lo soy, o si lo seré, o si realmente se o no lo que es la felicidad. Al momento de adentrarme en ese mundo el cual estaba esperando para que me sumerja, me encontré con que instantáneamente me llevo al pasado, a la niñez más precisamente, y a las aficiones que por aquellos días de inocencia tenía. Recorde repentinamente algunas que otras cosas que por aquellos años me brindaban satisfacción, sacaban una sonrisa y porque no, me hacían creer en la gracia total o casi total de todo lo que me rodeaba al momento de inmiscuirme en esas acciones. Entre algunas de tales cosas se encontraban la cantidad de horas que me pasaba soñando con ser mayor, con poder hacer lo que se me “diera la gana”, la observación de cuanto animal estuviera a mi disposición, tales como las hormigas que entraban y salían de sus hormigueros, y más de una roncha me dejaron, y también el futbol, si, el futbol, tanto jugarlo como mirarlo.
Cuando digo futbol, y digo mirarlo y jugarlo, todo ese camino listo a caminar nuevamente llevaba a un solo puerto donde anclaban gran parte de mis sueños en esos días. Por aquellas épocas, con seis o siete años, uno de las fantasías que más tiempo ocupaban mi cabeza y más me hacían anhelar crecer, era poder convertirme en jugador de futbol, y más precisamente, en jugador de River. Aparte de soñar con vestir esa camiseta, también era un acérrimo fanático del Club, miraba todos los partidos, lloraba cuando perdía, y cuando ganaba, cuando ganaba pasaba algo por lo cual el tópico que ese día que revolví en el baúl de los recuerdos volvía a adquirir sentido, y por lo cual me había llevado hasta allí. Cuando River ganaba, yo era feliz. Y obviamente que cuando perdía, no lo era tanto.
Aún así, las alegrías que por aquellos años de mi niñez me daba River eran más que las derrotas. Eran los años noventa, River ganaba todo lo que jugaba, había jugadores que transmitían algo que iba más allá de lo que mis sentidos pudieran percibir y mis palabras explicar, era como si ellos y la banda roja que les cruzaba el corazón fueran una sola y misma cosa; eran una sola cosa, eran la pasión y el sentimiento por los colores de una camiseta personificados, hechos realidad. Por aquellas épocas doradas había jugadores de la talla de Ortega, Gallardo, un león y héroe de la Institución como Matías Almeyda, el Mono Burgos en el arco, Celso Ayala, un aguerrido marcador central, Ramón Díaz, el técnico más ganador en la historia del Club, y también, el mejor jugador que personalmente haya tenido oportunidad de observar, un jugador al que con el paso del tiempo empecé a mirar como a una leyenda viva, como a un gran guerrero que dentro de la cancha, había dado lo mejor de sí, había entregado su vida, con el propósito de dejar plantada la bandera de River en los más alto de la historia del futbol, y también en el recuerdo de cuanta persona se considere amante del futbol, y primordialmente, el cualquier corazón riverplatense, en cualquier persona con el corazón acelerado por lo intenso que era el River de aquellas épocas, intensidad traducida en grandes alegrías, en “felicidad”.
Ese fatídico domingo de crisis existencial, que me había llevado a preguntarme sobre que era la felicidad, si había sido o había de serlo en algún momento, me condujeron a mi fanatismo por River en la infancia. A partir de eso, a partir de todos los recuerdos que en ese momento empezaron a bailotear por mi cabeza, dos fueron los que más me llamaron la atención, tal vez por el monto de energía afectiva que despertaban: uno involucraba los escasos momentos en los cuales River perdía. Por aquellas políticas nefastas que gobernaron los destinos del país durante la decada de los noventa, mis viejos, para llegar a fin de mes, realizaban cobranzas varias, laburo que tienen hasta el día de hoy, pero por aquella época era más arduo. Todas las semanas, venía a mi casa una de las personas para las cuales trabajaban, proveniente de Paraná. Este señor era un hincha fanático de Independiente, y cuando River perdía, siempre me cargaba. Por esos momentos, cuando River perdía, las derrotas, para mí, se aproximaban a una caminata por el infierno. Recuerdo que cuando el muchacho de Paraná venía a mi casa, y River perdía, yo me escondía en el baño hasta que se fuera, con el motivo de no ser objeto de las cargadas. Las cargadas eran algo así como una sentencia impuesta desde el más allá por esos entonces, tenían el efecto de despertar una gran ira para una persona de esa tierna edad. Hoy día, al momento en que aflora ese recuerdo, no puedo hacer más que reír y comprender que mi carácter quejoso ya tenía cauce en la más temprana juventud.
El otro recuerdo, y sobre el cual más me satisface escribir, data del año 1996, y más precisamente del día 26 de junio de 1996. Ese día, River levantaba su segunda Copa Libertadores en la historia. Ese día, el gran Enzo Francescoli, se daba el inmenso honor de con los colores de La Banda, levantar la Copa más importante en el plano del futbol Sudamericano, y una de las más importantes en lo que a este deporte toca. Ese día, sin ningún tipo de dudas, fui feliz. Recuerdo que lo vi en la cama de mis viejos. Recuerdo que cuando termino el partido, empecé a saltar arriba de la misma. Esa noche no pude dormir, estaba extasiado de ese extraño sentimiento llamado felicidad. Sabía que al otro día, cuando llegara a la escuela, iba a poder decirle a mis compañeros de aquel entonces que River era el mejor de todos; iba a poder dar cuenta de la felicidad.
Ese día, creo que fue uno de los más felices de mi vida. Al momento de recordarlo, con muchos años sobre la espalda ya, me volvió a despertar un genuino sentimiento de bienestar, y porque no, de alegría.
En cuanto a mi relación personal con el futbol, y más precisamente con River, ha sido muy fluctuante conforme el gran puente que separa a la niñez de la adolescencia y a esta de la madurez. En la medida en que trascurrio el tiempo, lo que antes era pasión, se fue transformando en mucho menos que eso. Había demasiadas cosas que rodeaban al futbol, que no tenían que ver con el mismo ni con lo gloriosa que era la historia de River en particular, y que hacían que en mi carácter extremista para ciertas cosas, lo mirara con cierta desconfianza.
Eso empezó a cambiar un día lluvioso de invierno, un domingo lluvioso, donde por primera vez, invitado por mi amigo Esteban, fui a ver a River en el mismísimo monumental. Ese día, el equipo había dado muestras de lo grande que era su historia, goleando al Ciclón 5 a 0, con un excepcional gol del Burrito Ortega por sobre la humanidad de Saja, por esos tiempos arquero de San Lorenzo. Al ver a tanta gente festejar, entendí que había sido un despropósito que un gran quantum de mi felicidad se esfumara por los negocios espurios, los usos en pos de beneficios propios (como los usos que desde distintos sectores políticos se le ha dado siempre a los mundiales, en pos de pregonar una estupidez como la unidad nacional, cosa que en este país no existe), las peleas estériles, no las simples cargadas con buena leche, alguna que otra gansada dicha a partir de esto, y demás estupideces que se hacían con el fútbol.
A partir de ahí, el romance volvía a nacer nuevamente, dentro de ciertos límites, pero volvía a nacer, aún no lo podía identificar como tal. Ese romance se confirmaría el día 26 de junio de 2011, día en que el Club con más historia dentro del futbol argentino descendía. Ese día debo confesar que sufrí bastante. Pero no sufría por las cargadas ni por todo lo que al otro día, cuando me despertara, podía llegar a oír o ver cuando prendiese la tele o la computadora. Sufría porque River sufría, sufría porque el romance nunca había muerto, solo había estado escondido, agazapado. En realidad, aquel niño que lloraba o reía conforme al desempeño de River durante los domingos, seguía estando ahí.
Después de ese terrible 26 de junio de 2011, entendí que un fragmento de lo que para mí significaba la felicidad, se podía responder a partir de 90 minutos. Recuero que desde que River se fue a la B, he mirado casi todos los partidos, y aún lo sigo haciendo todo el día.
A partir de este recorrido al que me llevaron las dudas sobre “la felicidad” y lo que era, entendí que una de las cosas, no sé si serán muchas o pocas, pero entendí que una de esas pequeñas grandes cosas que me brindan satisfacción ya en la adultez, es sentarme y mirar un partido de River.
Para cerrar, y mientras escribo esto, me dan ganas de decir que en algunos casos, la felicidad tiene duración, y para este caso particular dura 90 minutos. Diría eso, si a veces no durara 180 según la semana. Pero para terminar, y como me gusta para cerrar, no queda mal decir que en algunos casos, la felicidad dura solo 90 minutos.

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