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Cuentos incompletos

Ni todo el oro de América.

Cuando el sueño lo atacó promediando la media noche sonó el timbre del negocio. Como eran épocas de malaria no iba desperdiciar un trabajo fuera cual fuera la hora. Se dirigió a la puerta con paso apresurado y arrastrando sus zapatitos gastados. Encendió la luz del minúsculo local, buscó las llaves de la puerta y lleno de confianza abrió. En la puerta estaba una mujer de tez morena con rasgos indígenas. En sus manos llevaba un reloj muy antiguo.

La mujer entregó el reloj en manos del anciano relojero y le explicó que este aparato había dejado de funcionar hacia tiempo pero que necesitaba que lo arreglara para la mañana ya que había conseguido un comprador. Ella estaba dispuesta a pagar lo que él pidiera. Aldo sonrió y le dijo que haría lo que pudiera con tal de darle vida al reloj. Le dijo que vuelva a las diez de la mañana. Cerró la puerta y vio por última vez las luces de la calle y el pasar de los vehículos.

Preparó todas sus herramientas, su caja de repuestos, los manuales de desarme y un termo con café. Comenzó a desarmarlo y advirtió que el reloj estaba intacto. Dudo entonces del pedido de esa mujer. Comenzó a darle cuerda pero en ese momento advirtió que el reloj giraba de manera contraria al giro normal del reloj. Se sucedieron varios ruidos en las calles cuando el reloj apenas había retrocedido una hora. El relojero los ignoro y siguió buscando el problema y retrocediendo el reloj.

Llegada la mañana el viejo exhausto se dio por vencido y decidió salir de su casa a fumar un cigarro y esperar la llegada de la mujer indígena. Al salir a la puerta fue recibido por un gran grupo de indígenas. Con gritos de alegría le agradecieron y lo llenaron de oro y artesanías autóctonas.

El plan de retroceder el tiempo afín de estar preparados para la invasión española había funcionado. América Latina comenzaría a escribir otra historia.
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