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Cueva de Cóndores

¡El Cóndor! Esa ave de nieves perpetuas y penumbra insondable, esa ave majestuosa, esa ave indómita que impera a través de los míticos Andes. ¡Hela ahí! Aún en el escudo de la República de Colombia, en aquel escudo de armas lleno de remiendos y retazos… Ora desplumada, ora famélica; ¡pobre Cóndor! ¡Cómo llora todavía por Panamá, cómo resuella por las aguas arrebatadas descaradamente, cómo pierde las pocas plumas que le quedan al contemplar las cornucopias vacías, porque el oro ya está en Suiza y las frutas en algún supermarket de Nueva York! Y vuela alto y muy alto porque es tan libre y tan ordenado que nunca podrá salir de aquella colcha de retazos, nunca podrá soltar aquella corona de laureles. Y cada vez que bate sus grandes y poderosas alas despide aires y hálitos como de podredumbre, como de la carne infecta de los padres de la patria que alzando los hombros desde el trasmundo de la gloria, se persignan y voltean los ojos ante tanta vileza.

“Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Pobre Bolívar, cómo murió en vano…

¡Ay de ti, Colombia! Porque eres una cueva de Cóndores entecos y ateridos que más parecen gallos contusionados y moribundos. ¡Ay de ti, Colombia! Porque eres una caverna colmada de carroña, de descomposición, de corrupción, de delito, de injusticia, de muerte. Y uno no sabe que es peor: si estar en una cueva con 102 ladrones (ay, ardoroso senado. ¡Alí Babá! ¡Alí Babá!) o estar en una cueva de Cóndores famélicos. Porque hoy en día uno vive como inmóvil, es decir, como muerto, y estos Cóndores viven ¡incluso! como muertos de hambre… ¡Ay, Señor, que pavoroso sería quedar castrado tan joven!...

¡Pero esta es mi tierra, mi madre, joder!, de ella vine y a ella iré; esta es nuestra tierra, así no sea nuestra, porque ya ni de Colombia es. Esta tierra es del Norte o del Sur o del Este, ¡es de cualquiera!, menos nuestra que brotamos de ella y en ella nos condenamos…

¡El Cóndor! Esa ave de nieves perpetuas y de penumbra insondable. ¡Hela ahí! Aún llorando por Panamá… Ora desplumada, ora famélica…


L. E. TORRES
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