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Dark Alley's Stalkers (relato propio)



Dark Alley's Stalkers


Van…

Catorce días que tuve “la gloria” en mi boca por última vez.

Ocho, que la vi.

Cinco, que paso todas las medianoches en este callejón….

No es que sienta una especial afinidad por los callejones oscuros, sucios, con olor a basura, vómito, mierda y meados.

Es solo que hay tantos de estos huecos de miseria, (los había en Roma y los va a haber en la luna, bajo el agua o donde mierda se les ocurra hacer una ciudad en el futuro…) que indefectiblemente siempre alguno termina resultando de alguna utilidad.

Y este, en particular, me resulta muy útil ahora.

Desde aquí, oculto en las sombras puedo ver desde que dobla en la esquina hasta que llega, un poco más de media cuadra después, a su casa.

Siempre, entre veinte, y cinco minutos antes de la medianoche.

Debe trabajar, o estudiar, o ambas (tiene unos 25 años máximo) lejos de aquí, ya que siempre llega con mercadería aparte de su cartera llena de papeles.

Asumo que lo comprará en algún sitio antes de viajar, porque a estas horas no creo que encuentre nada abierto por aquí. Es una ciudad peligrosa y pocos son los que se arriesgan a mantener sus negocios abiertos hasta tarde. Lo bien que hacen.

Sin embargo, a ella no parece importarle y las veces que la vi, siempre venía con una sonrisa en los labios.

Unos bonitos labios rosados…

Dicen que si te enfrentas al mundo con una sonrisa, nada puede salir mal.

Creo que ella lo olvidó hace cinco días, justo después de pasar la esquina y ver la “boca de lobo” en que se había convertido su calle.

Sí, lo admito, tuve que ver en eso.

Tres foco, tres piedras, tres segundos. No es por alardear de puntería, pero fue así.

Hasta el mugroso callejón parecía más luminoso después de eso.

Y es de agradecer que los servicios públicos funcionen como funcionan en esta ciudad. Cinco días y nadie vino a cambiar siquiera un puto foco…

La tos a mi espalda me sobresaltó.

Me había olvidado del despojo humano que hacía dos días se había instalado en el callejón.

Nunca me había visto.

La primera noche, cuando lo descubrí, luego que vi que ella, había entrado en su casa, me quedé un buen rato observándolo.

Lo habría abandonado su familia?

Tal vez los había perdido en un accidente… pensé varios escenarios posibles que podían haberlo conducido a esta situación…

Por fin, al ver la futilidad de estos pensamientos estuve tentado de despertarlo y preguntarle… (sí, soy muy curioso) pero desistí al darme cuenta que en realidad me importaba una mierda…

Esta noche, cuando llegué, lo vi en la misma posición que la noche anterior, acostado sobre, y tapado por, cartones. Que no estaba muerto me di cuenta por la leve respiración entrecortada que delataba una enfermedad o problemas en los pulmones… que se había movido durante el día lo delataban los cartones de vino que lo rodeaban y que no estaban la noche anterior…

Una existencia miserable sin duda… valía la pena vivir así?

Me sonreí al darme cuenta que tenía la mano en la empuñadura del cuchillo que llevaba envainado en el cinto. Es gracioso como algunas costumbres no se olvidan con facilidad.

El cuchillo era el último recurso. Solo para situaciones en que las demás "armas" pudiesen llamar demasiado la atención.

Como si estuviésemos conectados, alcé mis ojos del cuchillo en el preciso momento que ella aparecía por la esquina.

Venía con un gorrito de lana, que dejaba ver escasamente sus cabellos negros. Esos cabellos que cuando estaban sueltos y eran agitados por la brisa me enviaban ese perfume tan especial que usaba…

A diferencia del principio, ya no traía la cartera al hombro y la bolsa de mercadería en un brazo como si de un bebé se tratara. No, ahora traía la cartera cruzada delante del pecho y la bolsa apretada sobre la cartera con ambos brazos.

Hasta había cambiado la forma de caminar… lo hacía encogida, como si eso le hiciese sentir más segura…

Cualquiera otro que la viese, lo podía atribuir al frío. Pero yo no.

Yo sabía bien que era. Porque sobre el perfume floral que despedía, sobre el olor de su piel, yo percibía algo cien veces más fuerte y motivador…

Miedo.

Puro, fresco, indomable… hasta tierno, en cierto sentido…

Miedo con el cual debo admitir, me había deleitado estos tres últimos días, desde que percibió que alguien la observaba desde la oscuridad.

Ya casi llegaba a las escaleras que la llevarían, como todos los días, hasta la puerta y la seguridad del interior de su casa, cuando mi oportunidad se presentó.

Avancé como un rayo.

Ella giró, advertida vaya a saber uno porqué… una pisada mal dada… un presentimiento… la ansiedad de la respiración detrás suyo… no era importante en realidad.

Giró y vio a la muerte danzar en su dirección.

Agradezco a cualquier divinidad que tenga ganas de atribuirse el hecho, que no gritó al ver el cuchillo.

Solo se limitó a dejar caer la bolsa con la mercadería. Unos tomates se desparramaron… unas latas se abollaron…

Ataqué directo al cuello.

Mordí arrancando carne y tragué sin siquiera masticarla. La sangre inundó, como un río que rompe una presa, mi boca y mi garganta.

Me detuve en ese éxtasis unos segundos, disfruté de ese orgasmo, saboreé el placer…

Cuando separé mis labios del cuello, abrí los ojos y vi los suyos… solo unos segundos antes que se pusieran en blanco y se cerraran.

Se desplomó como una muñeca de trapo.

Alcancé a tomar su cabeza antes que el filo del escalón chocara contra su sien.

La alcé y la lleve hasta la puerta.

La senté en la escalera y con delicadeza apoye su espalda y su cabeza contra la entrada.

Casi como una caricia le corrí el pelo que se había posado sobre su boca.

Me perdí unos momentos en su pálida faz.

Parecía dormida.

Saqué una rosa y la dejé en su regazo.

Dejé también, mi beso marcado con sangre en su frente.

Acomodé sus cosas… los tomates y las latas, dentro de la bolsa y lo dejé a su lado.

La miré una última vez, pidiéndole disculpas por haberla usado… por, tal vez, haber arruinado su vida… y le di la espalda.

Bajé los escalones y me paré junto al cadáver.

Era un hombre de unos treinta y pico… aún aferraba el cuchillo en su mano.
La carne estaba tibia, así como la sangre que aún no se había derramado en el suelo.

Me agaché y terminé de vaciar el envase.

Lástima, sí hubiese tenido un poco más de tiempo, habría dado cuenta de la carne también.

Pero me consuelo con imaginarme la cara de los investigadores cuando lo encuentren… creerán lo que les cuente la chica?

Con el dorso de la mano me limpio la sangre que aún chorrea por mi barbilla y comienzo a alejarme con paso cansino y una sonrisa en la boca…

Sí, soy un monstruo, pero tengo derecho a divertirme…

Soy lo que soy.

Tal vez pase una vez más por el callejón a preguntarle al mendigo como llegó a ser lo que es.

Creo que sí me importa saberlo…

No hay que olvidar que el diablo, antes de ser diablo, fue un ángel…

Y yo, antes de ser “esto”… fui humano.

M.V.





Créditos a @natipedraza por las sugerencias en las fotos (esto es estrictamente profesional... ) y por todo lo demás.

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