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El asesinato de la cortesana [Relato propio]

Nota: Lo escribí hace mucho, así que tiene algunos que otros errores

 Si les gustó, pueden pasar por mi blog. Estoy por subir una nueva serie. Me harían un gran favor. Comenten y compartan  :3

http://escrituraencarmesi.wordpress.com/


I



Fue por los finales del siglo XIX, en una ciudad ubicada más al oeste de Andalucía (España), que un grito resonó entre varios de los habitantes de Sevilla.

Como se imaginara quien lea esto, yo también lo oí, mi casa no se encontraba muy lejos de donde se había llevado a cabo el crimen.

A la mañana siguiente, mientras disfrutaba de mi te con limón y un pan tibio recién horneado, como era de costumbre en mis desayunos; alguien llamo a mi puerta, la golpeó repetidas veces hasta que me decidí a abrirle.

Se trataba de un hombre de unos cuarenta y tantos años de edad, de complexión mediana, con un cabello negro peinado desde adelante hacia atrás, lo cual denotaba un estilo refinado y formal. Parecía ser un hombre lo suficientemente atractivo como para conquistar doncellas sin mucha dificultad.

A primera vista tenia un aspecto severo, con su mano derecha sostenía un bastón negro de cabeza esférica hecha a base de metal y con la mano izquierda se saco el sombrero de copa y lo coloco sobre su pecho abrigado mientras se inclinaba apenas un poco hacia delante en señal de respeto de una manera bastante ostentosa.

-¡Me presento! –Dijo, mientras colocaba el sombrero negro otra vez en su cabeza-. Mi nombre es Álvaro Astilla, soy investigador policial.

-¿Investigador policial? –tardé en contestar-. ¿En que puedo serle de ayuda?

-¿Le importaría dejarme pasar? es importante.

Me hice a un lado para abrirle paso y el entró como si de su propia casa se tratase. No llevaba ni medio minuto dentro cuando me tomo la mano derecha y la inspecciono de arriba abajo. Recuerdo que sus guantes blancos eran mas ásperos de lo que parecían. Ni el, ni yo, soltamos palabra alguna, a lo sumo hice algunos gestos con la cara que fueron ignorados por su parte. Finalmente, con pasos aletargados, dio media vuelta alrededor de la mesa de madera ubicada al centro del comedor e hizo una observación.

-Estas no son horas de desayunar –opinó, a la vez que colocaba ambas manos sobre la espalda.

-¿Qué hora es? –le pregunte.

-Las once y treinta de la mañana –dijo, después de echarle un ojo a su reloj de bolsillo.

-No soy de tener un horario fijo para las comidas.

-¡Eso es seguro! sus problemas lo han de mantener en vela por muchas noches.

-¿Cómo es que usted…?

-Tiene los ojos rojos como fuego y las ojeras como moretones –me interrumpió con un aire petulante.

-¿Qué se le ofrece? –me limite a responder un poco serio.

-Usted era amigo de Ángela –afirmó.

-Si ¿Porque quiere…?

-La encontraron muerta hoy –me interrumpió otra vez-. Le cortaron el cuello.

Me sorprendió la falta de escrúpulos con la que lo dijo, como si se tratara de una escena de teatro. De un segundo a otro mi semblante cambió drasticamente, me había tomado por sorpresa. Lo único que hice fue tantear una silla con la mano y después sentarme, me quede con la cabeza caída, pensante. Mientras tanto el detective aprovechó el momento para echarle una mirada a mi casa. Fue hasta el dormitorio y desapareció.

Espere un rato en esa posición, después de alzar la vista y ver que no volvía me levante y fui a buscarlo.

Al entrar lo encontré revisando unos dibujos que estaban sobre mi mesita de luz. Levantó con la mano uno de ellos y pegando media vuelta me dijo:

-Los crímenes de la calle Morgue.

-¿Qué?

-Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe, sobre ese libro trata este dibujo.

-Si, me gustó mucho.

“Me gusto mucho” quedaba corto, había llegado a amar a ese libro tanto como a mi brazo izquierdo. También me gustaban mucho los libros de John H. Watson, el escritor que talla sobre el papel las memorias de sus aventuras.

-Dígame, ¿era usted cercano a su amiga? –me preguntó, colocando otra vez el dibujo en su lugar.

-Bastante cercano.

-¿Y no sabe de alguien que la pueda llegar a odiar, enemigos, gente a la que le debía dinero, etcétera?

-Era una chica muy tranquila, realmente dudo que haya tenido alguien que la odie. A lo sumo que…

-¿Qué? –dijo un poco exaltado.

-Su novio… Tenía un novio… Ex novio, me había contado que era celoso.

-Ya veo.

-Le daré la dirección, pero déjeme acompañarlo –le propuse, esperé su respuesta por unos segundos, como no dijo nada continué -. No tiene asistente, de haberlo tenido estaría aquí con nosotros. Déjeme acompañarle, soy el más indicado para el trabajo. Leí y releí cada libro policial hasta la fecha, tengo una buena habilidad deductiva, observación, puedo atrapar a quien que le haya hecho esto a mi amiga.

El detective, indiferente a mi propuesta, salió caminando de la habitación y se dirigió hacia la puerta. Tomó el picaporte y lo giró.

-La amaba –le dije alzando la voz.

Él se detuvo bajo el marco.

-Con que amor…–me contesto sin esforzarse mucho, mientras revisaba su reloj de bolsillo-. Esta bien.





II





Aprovechare esta oportunidad para describirme; soy un hombre de 29 años, con ojos marrones oscuros, poseo habitualmente dos mechones de cabello blanco que cuelgan a ambos lados de mi frente, pasando muy cerca de mis ojos, hasta la altura de mi barbilla, mas o menos (Algo que no se ve muy a menudo). En cuanto a mi complexión física, basta decir con que no es nada fuera de lo común.

Después de que el detective aceptara mi propuesta, tome mi abrigo y ambos nos dirigimos hacia su casa en un coche de alquiler. Imposible olvidar el frío, los copos de nieve se deslizaban lentamente por el cielo mientras yo daba bocanadas de aire tibio a mis manos para tratar de mantenerlas calientes, y Álvaro se frotaba las suyas como si tratara de encender una fogata con un palillo de madera. En el camino charlamos sobre algunos asuntos y él hizo algunas observaciones de las que hablaré en otro momento.

Al llegar a su morada, me sorprendí por los escasos muebles que tenía. El salón principal contaba con una pequeña mesa de madera en el centro, una silla , una pequeña biblioteca que no era mas alta que mi cintura, y un espejo de pared que seguro usaba para ver como le quedaba el traje. Era obvio que no estaba acostumbrado a la compañía. Una vez cerrada la puerta, mi nuevo compañero me pidió que me quede en la sala mientras iba a buscar unas cosas a su habitación. Merodee el lugar por unos segundos echando vistazos arriba y abajo, aunque no había mucho que ver. Luego me acerque a la biblioteca y comencé a inspeccionar su colección minuciosamente. La mayoría eran libros de autores conocidos; Alexandre Dumas, Daniel Defoe y desde ya Edgar Allan Poe y la colección completa de los libros de John H. Watson hasta la fecha. Cada vez me sentía mas identificado con el detective, como si fuera mi hermano perdido y estuviéramos destinados a encontrarnos.

Al volver de la habitación traía consigo un libro con la tapa en blanco. Lo primero que hizo fue entregármelo ,y mientras se dirigía a la puerta me dijo:

-Puedes leerlo en tu casa.

-Gracias –le respondí un poco sorprendido por el hecho de haber ido hasta su casa solo para eso.

-La casa del testigo no esta muy lejos, podemos ir ahora y después a la de ese ex novio que mencionaste.

Esta vez nos tocó ir a pie, aprovechamos el momento para hablar de nuestras vidas, principalmente de su vida. Me contó anécdotas sobre algunos de sus casos en el pasado y aprovechó la oportunidad para explicarme en manera de resumen la complejidad del sistema judicial español. Sus ojos le brillaban al revivir las escenas del pasado en las que había salido victorioso y en algún que otro momento hacia alguna observación arrogante sobre su persona.

Una vez que llegamos a nuestro destino el testigo nos acogió con cariño, nos dio una taza de te a cada uno, puso un disco de opera, nos sentamos alrededor de una mesa de madera a la luz de la chimenea, yo y mi acompañante de un lado y el hombre del otro, ahí fue cuando comenzó el no tan largo como me imaginaba interrogatorio.

-No puedo decirles mucho mas de lo que le dije a los policías –aseguro el hombre mientras le daba un sorbo a su taza de te.

-Con lo que recuerde será suficiente –dijo Álvaro.

-Bueno…, el caso es que yo trabajo en un pequeño negocio a varias cuadras de aquí –miró la mesa por unos segundos-. Día tras día camino de mi casa al comercio y del comercio a mi casa. Ayer, por la noche, mientras volvía a mi casa a no se que hora, ya que me quede hasta tarde por unos problemas; escuché un grito, un grito de mujer –paro el relato por un segundo para darle otro sorbo a su te y luego continuo- El grito de una mujer. No venia de muy lejos, de echo se había escuchado muy fuerte y claro, así que supuse que debió ser cerca, no se me ocurrió nada mejor que ir a explorar.

-¿Qué planeaba hacer? –Lo interrumpió mi acompañante.

-Bueno -carraspeó-. Es que yo, yo soy un hombre de naturaleza heroica. Si oigo a una damisela en apuros no reparo ni por un segundo para acudir a su ayuda –contesto el hombre, dejando caer pesadamente su puño sobre la mesa-. Le contaba que fui en a ayudarla. Mientras me dirigía, me topé en el camino a un hombre con un sombrero de copa inclinado sobre su cara, había dejado atrás al farol mas cercano así que no me fue posible verle la cara, sin embargo, logre distinguir una cicatriz, la cicatriz de una bala que le había rosado la mano. Mas o menos por aquí –dijo pasándose los dedos índice y anular por su mano, un poco mas arriba de los nudillos-. Yo seguí derecho y al llegar al lugar de donde vino el grito encontré a la mujer, muerta. Tenia un enorme tajo en…

-Esta bien, el resto ya lo se –Vociferé, impidiendo que el hombre siga su relato.

Mi compañero se levanto de la silla y agradeció por el te.

-El hombre del que le hablo tenia mas o menos su altura –dijo el testigo, mirando a Álvaro.

Solo lo hizo detenerse por un segundo pero enseguida retomo su paso y sin olvidarse el abrigo que había dejado en el perchero, se despidió y salio de la casa. Yo lo seguí y pronto estuvimos en un coche de alquiler, dirigiéndonos a la casa del ex novio de la victima.

-Pues si…, no nos ha dado mucha mas información de la que ya teníamos, se podría decir que fue una perdida de tiempo. –expuso Álvaro.

-Por lómenos sabemos algo que antes no sabíamos; el asesino tiene mas o menos tu misma altura.

-El dijo “mas o menos”, hay miles de personas en España con “mas o menos” mi altura.

Noté que no le había hecho ninguna gracia lo que dijo el testigo. Estaba de alguna manera enojado por haber sido comparado con un asesino.

Después de varios minutos que no conté, logramos llegar a la casa del hombre, esta era significativamente más grande que la mía.

Al tocar a la puerta nos atendió la criada, una mujer de unos cuarenta y tantos años con enormes ojeras y un tono de voz apagado. Nos dejo pasar y nos quedamos en la sala de estar, esta tenia un candelabro colgando en el techo justo por encima de nuestras cabezas, varias puertas en distintos lados que llevaban a otras habitaciones, una escalera que de seguro daba al dormitorio del dueño entre otros y una chimenea que irradiaba calor y luz a todo el lado izquierdo del lugar, lo demás se alumbraba con velas estratégicamente ubicadas. Nos sentamos en unas sillas que se encontraban alrededor de la fuente de calor y extendimos las manos para recibir un poco. Noté que del lado derecho de esta, un poco oculto, se encontraba un tocadiscos en reposo.

Se tomo su tiempo, pero después de un buen rato, finalmente, nuestro sospechoso apareció. En el silencio del vacío, el único ruido que irrumpía era el de sus zapatos chocando con la madera mientras descendía las escaleras. A simple vista era un hombre de gustos exquisitos. Un sombrero de copa, un traje completamente negro, zapatos de marca y un reloj de bolsillo eran algunas de las cosas que portaba. Todo era clásico en el, excepto por un detalle, allí donde alguna vez estuvo su mano izquierda, se encontraba un pañuelo color vino cuyas puntas estaban dentro de la manga.

Una vez que todos estuvieron suficientemente cerca, se presentaron, el dueño de la casa chasqueo los dedos y en menos de 10 segundos la criada ya le tenía lista una silla para sentarse.

-Dígame, ¿usted conocía a la señorita Ángela Watson? –pregunto Álvaro.

-Si –respondió el hombre.

Un silencio incomodo reino en la sala durante unos segundos hasta que decidí romper el hielo. El resto del interrogatorio fue monótono y repetitivo, en una ocasión el sospechoso me interrumpió mientras hablaba, la mayor parte del tiempo se mostraba frio e indiferente, no fue capaz de decirnos nada que nos sirviese, sin embargo desde el momento en que lo vimos fue obvio que era inocente ya que la mano que le faltaba; esa mano, era la mano en la que debería haber una cicatriz si fuera el culpable.

De regreso, en el coche de alquiler, mí turbado compañero no expresaba más que una siniestra y pensante mirada hacia la nada. Se veía bastante preocupado, y es que las pistas de las cuales disponía, los sospechosos y los detalles del testimonio del hombre, eran demasiado vagos.



(La imagen no esta basada en la historia)
III



Las personas suelen tener la tendencia de ser en exceso confiadas. Es esa necesidad de depositar nuestros miedos, angustias, y esperanzas en otra persona; la razón por la que tendemos a darle nuestra confianza a otros. A veces es una buena decisión, pero otras puede acarrear varios problemas y hasta la muerte. Es esa misma razón por la que esa fría noche de invierno me encontraba en la zona del asesinato, examinando hasta el más pequeño indicio que pudiera aportar algo al caso.

Como buen dibujante que soy, y al ver que en las novelas de detectives todos tienen alguna habilidad especial, decidí hacer la mía propia. Saque una pluma fuente, la coloque a varios centímetros de mi cara y comencé a hacer garabatos en el aire. Algunos trazos eran bruscos y precipitados lo que desplegaba algunas gotas de tinta, y otros eran suaves y fluidos como si estuviera pintando un cuadro. Para cuando termine; tenía un esquema completo sobre todo lo que había pasado según la información que se encontraba en mis manos.

Di varias vueltas por ahí, miraba atentamente ese dibujo que había hecho en el aire tan vagamente, buscando cualquier anormalidad, cualquier error. Para mi sorpresa y contra algunos de mis pronósticos, me di cuenta de algo; el lugar del cruce entre el asesino y el testigo fue justo delante del faro. Este alumbraba a nuestro hombre por la espalda, la cicatriz estaba en su mano izquierda la cual si bien se encontraba del lado del segundo, era extremadamente difícil de notar con tan poca luz, sobretodo si, como ya mencione; el faro estaba a espaldas del culpable.

Justo en el momento en que se me revelo todo esto un ruido interrumpió mi meditación, posiblemente proveniente de una esquina oscura a una calle de distancia, decidí ignorarlo y continuar con mis cosas. El frio persistente me hizo regresar a mi casa, ya tenía lo que necesitaba.

Por la mañana me encontraba en mi casa desayunando otra vez cuando mis ojos se desviaron con el regalo, ese libro completamente en blanco se posaba sobre mi mueble de madera. Al tomarlo, lo puse en la parte de la mesa que no había sido ensuciada y le eché un vistazo. Después de pasar una hoja en blanco, en vez del titulo del libro había solo un nombre: Álvaro Astilla. Pronto me di cuenta de que el libro entero era un guía o tal vez un recordatorio sobre cosas indispensables para ser detective. Cada página traía de forma resumida varias técnicas, experiencias y consejos totalmente ajenos a mi conocimiento. Desde como detectar una mentira por la alteración de las pupilas a como saber si alguien esta recordando un hecho del pasado por la dirección de sus ojos e incluso como alterar el pensamiento de las personas para que sean mas susceptibles a decir la verdad en un interrogatorio. En otro momento les contare mas de ese libro, por ahora no me gustaría desviarme del tema.

Al mediodía me dirigí a la casa de Álvaro, lo primero que hice fue contarle mi teoría, en resumen; este “testigo” habría matado a la mujer por un motivo desconocido aun, para despistar a la policía afirmo que por suerte vio al asesino y este tenia una cicatriz bastante peculiar en la mano izquierda. En ese caso nos tendría a todos como gatos tratando de cazar un ratón inexistente. Me sorprendió la rapidez con la que el detective descarto y humillo mi teoría asegurando que ese “motivo desconocido” era una estupidez. En su lugar puso una mano amputada y en pleno proceso de putrefacción sobre la mesa. Esta poseía la dichosa cicatriz que tanto habíamos buscado, a continuación les contare, de la manera en que lo recuerdo, nuestra charla.

-Disculpa que haya tenido que rechazar tu teoría pero desde el momento en que escuche la confesión del testigo supe que era verdad, ahora te parecerá una locura pero te aseguro que hay una explicación razonable en libro que te di. Sin más preámbulos; ayer por la noche me dirigí a la casa de nuestro sospechoso, el infortunado señor al cual le faltaba la mano izquierda y que en su lugar había un pañuelo atado y completamente limpio. Espere a que saliera de su casa como sospechaba que pasaría, cuando se alejó, entre a hurtadillas por el jardín y me acerque a la puerta trasera que se encontraba bajo llave. Estaba a punto de forzar la cerradura cuando note algo; un pequeño bulto de tierra que no hacia para nada juego con el hermoso césped, se encontraba a unos 15 pies de distancia. Al acercarme y excavarlo con las manos me tope con la mano que tengo ahora sobre la mesa. Se que es un gran disgusto para tu persona sentir este asqueroso olor pero yo ya me acostumbre, se podría decir que hasta me encariñe –en este momento del discurso en su cara se dibujo una sonrisa un poco perturbadora.

-¿Cómo sabias que iba a salir de la casa? –le pregunte después de unos segundos.

-Oh! Casi lo olvidaba. Hernán Orellano, nuestro sospechoso y desde ahora culpable del asesinato, el tiene un espía en la policía, fue incrustado en las fuerza de la ley cuando su jefe (Hernán) tuvo ese inconveniente legal con una familia que lo acusaba del asesinato de un tal Rodrigo no-se-que. Le pareció bastante útil, así que ahí lo dejo al espía, yo lo conozco como Ricardo González y es un mequetrefe que mete las narices en donde no le incumbe. Ya lo había seguido una vez hasta una taberna a altas horas de la noche donde se encontró con el señor Orellano (quien tenia la costumbre de poseer 2 manos).

Seguramente se enteró de lo que paso y de que buscábamos a un sujeto con una cicatriz de bala, supongo que se habrá apresurado a advertirle a Hernán, este al saber que era cuestión de tiempo para que lo atrapen, se corto la mano y se quemo el brazo o tomo alguna medida por el estilo para detener el sangrado y que así parezca una herida antigua.

-¡Entonces apresurémonos a denunciarlo!

-¿Buena idea! –Respondió Álvaro, haciendo una expresión sarcástica y gesticulando con las manos-. ¿Y que le dirás a la autoridad?

-¡Lo que sabemos! Les diré que encontramos la mano, y todas las pistas que descubrimos.

-Y eso es todo lo que tenemos, pistas y una mano, nada más. No tenemos confesión, no tenemos fotografías, no tenemos pruebas irrefutables. El seguramente podrá comprar los mejores abogados y desvirtuaran todas y cada una de nuestras pistas.

-Pero… Entonces…

-¿Entonces quedara libre? Nah, no te preocupes querido compañero, todo se resolverá mañana –Me aseguro él, levantándose de la silla.

-¿Mañana?

-Mañana.

-¿Qué va a pasar mañana?

-Pues… Lo que tenga que pasar.

-Espero que tengas un plan.

-¡Ja! –Exclamó mientras tomaba un abrigo y posteriormente me lo arrojo-. Te espero en la calle, a una cuadra de la casa de Hernán, esta noche.









.



IV



Los crímenes, a veces, tienen la mala costumbre de violar las leyes de la vida. Estos suelen recibir el titulo de “lesa humanidad” y se caracterizan por privar a un ser humano del derecho más primordial de todos, el derecho a vivir.

Los perpetradores pueden valerse de cualquier hecho a favor para llevar a cabo sus actos, desde problemas en la salud de la victima hasta los horarios en los que esta en su casa. En cambio, la ley tiene restricciones, por su propio bien, claro está, ya que estas evitan que en muchos casos inocentes sean puestos tras las rejas injustamente, pero en ciertos momentos de la historia, hay veces en que la ley es demasiado impotente. Como un niño que trata de alcanzar un juguete en el centro de la mesa, es incapaz de estirar un poco más sus brazos. En estos casos, es cuando necesita una ayuda extracurricular, en el caso del niño seria el padre que amablemente toma el juguete y se lo alcanza, en este caso, esa ayuda venia de Álvaro.

Esa misma noche yo me encontraba caminando por la calle cuando a lo lejos logre distinguir una silueta oscura y borrosa que camuflaba con el entorno, era la del detective que me estaba esperando.

-Justo a tiempo –me dijo, mientras dejo a ver una bolsa que sujetaba con la mano.

-¿Cuál es el plan? –Me apresure a decir.

-Es simple, tan simple que parece mentira. En un par de minutos Hernán debería salir de la casa para hablar con su espía, fíjate.

Ambos nos quedamos viendo la casa hasta que finalmente logramos visualizar a Hernán, saliendo. Llevaba un sombrero de copa inclinado hacia abajo, un abrigo de piel grueso y ambas manos en los bolsillos de este.

Una vez que estuvo lo suficientemente lejos, entramos sigilosamente y a hurtadillas al patio trasero por medio de un estrecho pasillo ubicado a la izquierda de la casa. Allí Álvaro dejo la bolsa sobre el suelo y saco del bolsillo una ganzúa dorada.

-Tenemos que entrar a la casa y conseguir una pala –dijo.

-¿Una pala? Pero… ¿Qué clase de plan retorcido hay en tu mente?

-No voy a discutir sobre el plan, entra a la casa y trae una pala, yo te espero aquí mismo.

Estuve a punto de protestar pero me di cuenta de que lo mejor que podía hacer era callarme y hacer lo que se me pedía.

Álvaro abrió la puerta trasera de la casa valiéndose de la ganzúa, antes de que yo entrara me hizo una señal de silencio con el dedo índice y lo acompaño de un guiño de su ojo derecho. Al entrar, me topé con que estaba en el mismo lugar en el que habíamos interrogado a Hernán, solo que desde una diferente perspectiva. Una cálida luz naranja se extendía por todo el salón, la chimenea encendida contribuía la mayor parte, pero las lámparas con las velas encendidas también ayudaban a formar el ambiente que era una gran variante a la oscura y fría noche, deseaba que ese fuera mi hogar.

Me apresure a subir las escaleras al escuchar que alguien abría una de las tantas puertas. Mientras subía, podía escuchar como la criada hablaba sola, se decía a sí misma, en voz baja, las tareas y obligaciones que tenía pendientes.

Una vez arriba, me tope con un pasillo de lado a lado que constituía unas 3 o 4 puertas en total. Si bajaba, la criada me iba a ver, si me quedaba arriba tarde o temprano me encontrarían, estaba entre la espada y la pared. Para empeorarlo, escuche como esta mujer, subía las escaleras. Entre a la puerta que estaba más a la derecha, solo para toparme con la sorpresa de que era la habitación de Hernán.

Había una cama enorme con telas de seda como cortinas y sabanas que a simple vista lucían muy cómodas.

Me escondí al costado de esta, desde un ángulo en el que era imposible verme al entrar por la puerta.

La mujer limpio, acomodo, paso un plumero y ni por un segundo sospecho de mi presencia. Paulatinamente di vueltas alrededor de la cama tratando de adivinar la posición de la sirvienta. Por momentos asomaba la cabeza para verla acomodar ropa o limpiar la mesita de luz. Aproveche cuando ella salió de la habitación para asomarme por el remarco de la puerta. En menos de un minuto me encontraba otra vez escaleras abajo.

Empecé a revisar puerta tras puerta hasta que me topé con un sótano. Al bajar las escaleras me encontré con todo tipo de cosas. Alrededor de 5 metros de la entrada, había una especie de perchero que tenía colgados algunos instrumentos de jardinería, entre otros, una pala. La tome y salí lentamente, pero me detuve antes de poner un solo pie sobre la escalera.

Al mirar a mi izquierda, sobre un mueble pequeño de madera, yacía una foto dentro de un marco de plata. Una foto familiar como cualquier otra, que mostraba a un niño y a su madre, solo había un problema, faltaba el padre.

A la izquierda de esta foto había otra en igual condición, pero esta mostraba a los tres, juntos, en familia. Sin embargo a la derecha de la primera foto estaba el chico solo. Pero esta vez había crecido, era alto, tenía un cabello más largo y despeinado que le llegaba a la punta de los ojos, manos sobre el pecho, y un aspecto lúgubre que contradecía a las anteriores dos fotos. Era como una línea temporal compuesta por nada más que tres simples fotografías.

Me costaba creer que la persona que estuviera viendo fuera un asesino. Un cambio drástico de un niño lleno de vida a un adulto sin ganas de vivir. Pero así era el mundo, a mediado las personas de las que uno menos sospecha pueden clavarte un puñal sin que te des cuenta. Es la ley del más fuerte.

Salí del sótano con la pala en mano, cerré cuidadosamente la puerta y me prepare para dirigirme a la salida cuando otra vez, mi camino se detuvo.

La criada se me había quedado viendo. Tenía los ojos como platos, y unas leves arrugas en las ojeras. Al frente de su cuerpo, entre ambas manos, apretaba un pequeño trapo de tela blanco.

Me quede atónito. No podía decir una sola palabra, trate, pero mis cuerdas vocales no articulaban. Mi mente no paraba de buscar excusas que me justifiquen ahí, y mi boca soltaba apenas unos gemidos cortados. ¿Ahora qué? Si gritaba era mi fin, si no, de todas maneras, se enterarían de que estuve ahí. ¿Tenía que matarla? ¿Tenía que anteponer mi seguridad a la vida de los demás? No, eso era una locura. De lo único que me arrepiento fue que ese pensamiento haya pasado por mi mente aunque sea solo por un segundo. Tenia que decir algo bueno, y rápido.

A juzgar por su expresión, yo sabía que ella también se había quedado muda. No decía una palabra, pero era cuestión de segundos, de un pequeño movimiento, para detonarla, lo que terminaría en un grito estruendoso y toda la misión arruinada.

De un segundo para el otro, la mujer cerró lentamente los ojos y cayo como pluma. La tome antes de que chocase contra el suelo. ¿Se había desmayado? No, no estaba prestando atención.

Alcé la vista y vi al frente mío, con una sonrisa en la cara, a Álvaro.

-La…la mataste –le dije, tratando de asimilar lo que acababa de pasar.

-No seas idiota –fue su respuesta-. Solo la aturdí.

-Al despertar… ¿Me va a recordar?

-No, cuando se hacen cosas como esta, la víctima no suele recordar nada de los últimos 20 minutos, dependiendo de la fortaleza mental. Ahora ayúdame a cargarla.

Después de dejar a la criada sobre la cama para que al despertarse pensara que solo se quedó dormida, salimos a terminar el trabajo.

En el patio, hicimos un hueco, colocamos la mano, cerramos el hueco y salimos lo más rápido posible. En verdad no tengo mucho que decir sobre eso, tal vez podría hacer una observación sobre la sonrisa en la cara de Álvaro. En ese momento me asusto un poco ¿De verdad un hombre puede estar tan feliz por hacer justicia, aunque eso signifique enterrar una mano putrefacta debajo de la tierra? Ahora nos quedaba una cosa más, hacer que todo valga la pena.





V

El sol brillaba tenuemente por el horizonte. El frió invernal se calaba hasta los huesos y nos dejaba a todos con el deseo de terminar de una vez para volver a la comodidad de nuestras chimeneas. O eso suponía yo por como temblaban algunos de los hombres con los que viajábamos.

Esa mañana Hernán estaba desayunando tranquilamente, como le era habitual, al compás de una canción de opera en el tocadiscos, en este caso la pieza musical era “Don Giovanni ; Commendatore (escena del Comendador)”. Creo que nunca se esperó el estruendo causado por la patada que le asestó el policía a la puerta. O por el ruido de los pasos de seis hombres de la ley.

Yo y Álvaro nos colocamos en medio de la entrada, por lo que los policías pasaron trotando al lado nuestro. Imagino que es de esos momento en los que ves todo más lento; los policías corriendo, los detectives posicionándose, los uniformes, cada una de las caras, cada una de las vidas que vienen a por ti. Y sabes que hiciste algo malo, pero fuiste demasiado lento.

Hernán trato de resistirse al arresto, se movió frenéticamente para todos lados cuando los policías lo tomaron de los brazos. Tuvieron que darle un buen porrazo para dejarlo tranquilo y así continuar con el operativo.

Creo que no es necesario aclarar la expresión de asombro de la criada que casi se desmaya. O la sonrisa del jardinero manchado de nieve que descansaba sobre el mango de la pala.

Más que un arresto, fue, una liberación. Liberamos al mundo de un mal ser humano.



Esa misma noche festejamos en la casa de Álvaro. Yo aporte un vino, pero lo demás fue cortesía de él. Estábamos sentados uno a cada lado de la mesa, de frente al otro.

-Por tu primer caso resuelto –Festejó él, levantando la copa.

-Por mi primer caso –Dije yo, correspondiéndole.

-Me gustaría volver a trabajar contigo.

-¡Gracias¡ Pero no sé si seguiré en esto. Me gustaría dedicarme a la pintura.

-¿Pintura? Nah –Yo a ti te veo como un excelente jugador de ajedrez –Dijo Álvaro, esbozando una leve sonrisa hacia un costado, justo cuando tenía la copa de vino al frente de la cara, a punto de tomar un trago.

-¿Jugador de ajedrez?

-Los jugadores de ajedrez son inteligentes –Dijo el, riéndose-. Una inteligencia de tal magnitud debe estar poniendo a los malos tras las rejas y no pintando mujeres y manzanas.

-Bueno… Sí…

-Además te regale mi libro, y los regalos no se devuelven.

-Sí, eso es verdad.

-De todas maneras, eso es tu decisión. Una emocionante vida como investigador que atrapa criminales a diario o una aburrida y frustrante vida pintando cuadros que alguien hace mejor. Una tan tentadora como la otra.

Lo pensé por un minuto.

-¿Sabes? Oí por ahí que una mujer desapareció y su esposo es el sospechoso –Dije, afirmando el hecho de que tomaba la primera opción.

-Ese es el espíritu –Dijo Álvaro, rozando la risa.

Pasamos el resto de la hora hablando. Después tome mi abrigo, Álvaro me abrió la puerta y justo en la salida de su casa, después de despedirse, me dijo <>

Mientras me alejaba de su casa, a la vez que miraba los copos de nieve caer y llenar la vereda de blanco, empecé a recordar a Ángela. Era una chica dulce, con una voz que recuerda fácilmente a la miel, tenía unos hermosos ojos color verde, un abundante pelo castaño que le llegaba hasta los hombros, y una sonrisa que sería incluso capaz de iluminar el bosque más oscuro en medio de la noche más abrumadora del año.

Ella no merecía morir, no con lo joven y llena de vida que era. Yo la amaba.

Saboree mi propia boca por un momento, se sentía insípido.



Ella no se merecía que yo la mate.



Realmente no quería llegar a esta parte del relato, sería más fácil para mi dejar el final como esta, con Hernán tras las rejas y Álvaro y yo como los héroes, pero no puedo. Tengo que contar la verdad de los hechos, porque tú, lector, estas confiando en mi palabra. Y no puedo traicionar tu confianza.

Es cierto que yo amaba a Ángela, y con el mismo amor tuve que matarla, pero no lo hice porque sí. No soy alguna especie de psicópata que va por ahí matando a todos a quienes ama, yo tenía una razón.

Es que Hernán lo ameritaba. Estabas atrás de la desaparición y muerte de varias personas, pero nunca se hizo justicia. Lo hubiese matado a él pero siempre está protegido, aunque no lo parezca, tiene guardias a donde vaya. Por eso fueron necesarios seis policías y dos detectives para atraparlo.

Por favor, a quien lea esto, que no piense que soy una mala persona. No fue tan fácil como podría aparentar lo que hice. Fue necesario un sacrificio, es necesario dejar de lado tu parte humana, dejar tu humanidad atrás y convertirte en un monstruo. Es necesario practicar una y otra vez como dibujar la cicatriz de otro en tu propia mano, estudiar una y cien veces al mismo hombre para que después sea un testigo fundamental en el caso, convencerte cien y mil veces de que lo que estás haciendo es en pro de una buena causa, sentir el miedo, el dolor, la culpa, escuchar día y noche a la conciencia, culpándote, pidiendo a gritos que te suicides, sentir deseos de vomitar cada vez que escuchas su nombre, odiarte a ti mismo.

Es necesario soportar el peso de la guillotina en todo momento, sabiendo que con solo hacer un movimiento en falso, caerá sobre tu cuello, y aun así, mantenerte en pie.

De hecho no esperaba que investigaran muy a fondo este caso, después de todo, ella era una cortesana, una mujer de la vida, una persona que intercambia su cuerpo por dinero ¿A quién le afectaría realmente su muerte?

Me vino a la mente Álvaro; todo lo que hizo fue seguirle el rastro al asesino, mientras que este estaba a su lado, tan solo dos pasos atrás, fuera de su campo de visión.

Me quede quieto por un segundo y recordé la frase del detective cuando se despidió “Ya no te metas en líos” ¿Se refería a cuando entre a la casa de Hernán? No, en ese caso fue el quien me metió en el lio, entonces…

Involuntariamente, deje que mi boca se entre abra, se me escapo un pequeño gemido ahogado, como el de quien se atraganta con agua, y mire al cielo lleno de copos de nieve. Mis ojos estaban tan abiertos como los de la criada la noche en que me descubrió.

¿Es que acaso él pensaba que yo había sido el asesino?, ¿Sospechaba de mi por los dibujos de mi habitación?, ¿O tal vez porque ignore el ruido que el hizo cuando me estaba espiando, porque yo ya esperaba que me siguiera?, o sino ¿Fui tan tonto como para dejar que el leyera mis expresiones? Es posible que aun sospechando de mí, hubiese ignorado por completo el crimen, sabiendo que fue para atrapar a Hernán, y que el asesinato era suficiente castigo. O sino, todos eran delirios de mi mente y con lo que se despidió no fue ni más ni menos que una simple frase picara de las que te dicen guiñando un ojo.

Mire por última vez hacia atrás, tratando de digerir lo que había acabado de pasar. Por un momento ignore el frio, la nieve, y la muerte, solo le preste atención a la cálida luz de la casa de Álvaro, apagándose en medio de la noche.

Tal vez, después de todo, ambos éramos, a los ojos de la ley, criminales.





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