Arte

El Dandy Argentino

Capitulo 1 del Cuento de Daniel Sorin (te vas a quedar con las ganas de mas)

El dandy argentino, sobre la vida de Lucio V. Mansilla
Capítulo 1



En los jardines de un antiguo castillo francés, una mañana fría de neblina baja, un hombre está por batirse a duelo.

Camina con lenta cadencia, tiene la mirada fría y el ánimo dispuesto. Posee ese aire de calculada y distante indignación que distingue a quienes saben estar a la altura de circunstancias excepcionales y dramáticas.

Hace frío, un frío terrible; el viento, cargado de traslúcidas gotas de agua, sopla sin piedad desde el sudoeste. El corazón le palpita, fuerte, dentro del pecho. El trabajoso laberinto de ligustrinas deja paso por fin a una meseta de cuidada gramilla verde.

Faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Mientras avanza saca las manos de su abrigo, necesita que no estén demasiado calientes, pero el viento hiriente se las hace guardar de inmediato. Llega por fin al lugar de los hechos, el Otro ya se encuentra, acompañado por sus hombres. Segundos después aparece el barón de Restagne que oficiará de árbitro. Su mirada reconoce el lugar y pasa, sin querer y sin detenerse, por la del Otro. El barón ha traído, con la solemnidad que impone la ocasión, las dos cajas de madera oscura y se ubica en un lugar no lejos de él. Abre las cajas con cuidado y coloca las armas sobre una pequeña mesa redonda, bajo la mirada atenta de ambos padrinos.

Tiene un fugaz escalofrío por la baja temperatura y, acaso también, por los nervios. Pero su valor, probado en tantas batallas en el Chaco sangriento, lo conduce acertadamente en un momento semejante. Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe bien, no obstante, que los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio.

Se ajusta el sombrero de ancha ala doblada, se acaricia la barba en punta y dirige su mirada hacia el castillo, cree ver a alguien arriba de la gris atalaya.

En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera, mostrando la cara que anuncia al triunfador. Han sorteado los turnos. Su padrino le informa que el Otro disparará primero. ¿Acaso le ha llegado el momento?

Espalda contra espalda escucha al barón que pregunta si alguno tiene a bien retractarse.

Silencio.

Uno de los dos ha de morir esa mañana, pero ambos lavarán su honor herido, limpiarán las ofensas. Podrán, ambos, abrir o cerrar los ojos, según el caso, sin que les pese la conciencia.

Caminan los veinte pasos.

Al darse vuelta se cruzan sus miradas por primera vez. Ya todo es tarde. Tiene los ojos abiertos, no teme a la muerte.

El Otro dispara.

Escucha la sorda detonación... Aún está con vida, ¡ha fallado!

Levanta el arma. Se prepara para disparar.

Cree ver un destello de horror en el Otro.

—¡Mansilla no dispare!

Escucha sin dar crédito a lo que oyen sus oídos.

—No dispare... ¡no quiero morir!

Baja el arma, mira a su padrino.

—Le pido disculpas, Mansilla.

Silencio.

—Por favor, ¡no me mate! —dice el Otro mientras cae en tierra, de rodillas.

Una mano se posa sobre su hombro. Él se da vuelta, abre los ojos.

—Señor, ya es hora.

Lucio Victorio Mansilla despierta de su pesado sueño la mañana en que se batirá a duelo. Desayuna mate de café dulce, como en campaña. Se baña, se afeita, se perfuma, se pone las mejores ropas y sale al encuentro de su destino.





Dos horas después una barcaza lo deja en el muelle. Es un muelle pequeño, construido trabajosamente con maderas de la zona, que sufren y resisten el agua limosa del Paraná y el sol inclemente del verano.

Asciende desde la pequeña embarcación sin la ayuda de la escalerilla que le tienden. Las maderas crujen bajo sus botas. Camina con paso perentorio por el sendero abierto en la espesura vegetal de esa isla del Tigre, lo hace con movimientos mecánicos, actuándose a sí mismo. Algo no está debidamente controlado, piensa, no tiene la mirada fría y el pensamiento tranquilo como hubo soñado. Avanza con la vista en el suelo y el pensamiento incierto. Posee, eso sí, ese aire de calculada y distante indignación que suele fingir en circunstancias excepcionales y dramáticas.

No hace frío, ni sopla, inclemente, el viento del sudoeste; no avanza a través de los cuidados y suntuosos jardines de un castillo medieval. En estas tierras meridionales reinan el calor húmedo del verano y una naturaleza virgen e inculta. El corazón le palpita, nervioso o asustado, dentro del pecho. Las manos han comenzado a transpirarle, imagina que de un momento a otro cobrarán vida propia, que no le harán caso. No camina por un laberinto de cuidadas ligustrinas, no hay atalaya, ni castillo, ni jardines, ni fuentes de agua que dejen paso a una meseta de verde gramilla como en su sueño. Pero sí faltan quince minutos para las ocho de la mañana.

Se preocupa por sus manos: no deben estar húmedas por ninguna circunstancia.

Llega por fin al lugar del duelo. Es una abertura de buenas dimensiones en la espesa vegetación. Está rodeada de árboles vigorosos y alfombrada de ramas secas, pequeños troncos caídos y malezas. El Otro ya está.

Ramírez, el director de un pequeño y oscuro periódico litoraleño, hará las veces de Restagne, el barón francés a quien él conoció en alguna lejana oportunidad.

Su mirada reconoce el lugar; pasa sin querer y sin detenerse por la del Otro. Cada quien se concentra en sus tareas, como soñó en su sueño ya todo se ha dicho en algún otro momento.

Ramírez abre las dos cajas de madera, Lucio piensa que tiene el mismo aire solemne que el barón; ambos padrinos están atentos a la operación. También Ramírez coloca las armas sobre la pequeña mesa redonda.

¿Qué estará pensando el Otro?, ¿cómo se llama su padrino?, no puede recordarlo. Siente que el miedo se apodera de su mente.

Es peligroso tener miedo, se dice.

Tiene un fugaz escalofrío.

¡Estás cagado!, se reta con rabia.

Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe, no obstante, que, como en el sueño, los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio. Como en el sueño, se ajusta el sombrero de ancha ala doblada y se acaricia la barba en punta. No reza. No llegó hasta allí por Dios; y no es cosa de Dios que salga o no con vida.

En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera. Pasa por su mente la mirada diáfana de Agustina, su madre. Se pregunta si morirá en esta tierra fértil y sedienta, a pocos kilómetros de Buenos Aires; si sus días terminarán lejos del desierto, el escenario de sus mejores tiempos militares. ¿Morirá, acaso, lejos de las balas paraguayas?

Su padrino se acerca con la vista en el piso, caminando despacio, cuando está a su lado levanta la cabeza y sus miradas se cruzan. Lucio Victorio Mansilla sabe que ha perdido.

—Él disparará primero —dice inútilmente su padrino, que quiere darle un abrazo que él rechaza; no son momentos para flojeras, no para él, que ha de jugarse la vida. Una vez más.

Espalda contra espalda escucha la voz de Ramírez que pregunta si alguno de los dos tiene a bien retractarse.

Silencio.

—¡Uno!

El viejo general de Maipú e Ituzaingó, el héroe de la Vuelta de Obligado, su padre, lo está mirando.

—¡Dos!

¿Eduarda estará ya de vuelta en Buenos Aires?

—¡Cinco!

Sarmiento es un traidor.

—¡Diez!

Mariano Rosas arma un cigarrillo con la lentitud prudente del que ya no tiene tiempo.

—¡Quince!

Cualquier momento es malo para morir.

—¡Veinte!

Tengo frío, mierda.

Se dan vuelta.

Las miradas se cruzan, por fin.

—¡A su sombrero Mansilla! —se escucha la voz del Otro, sola y cercana en el silencio.

Un segundo después su sombrero vuela por el aire empujado por la certera bala.

Le ha perdonado la vida.

Siente un calor que le asciende desde las tripas: ¡le ha perdonado la vida! Sus manos ya no transpiran, levanta la vista, mira al Otro: hay veces que la furia se transforma en determinación, en voluntad fría.

—Al botón izquierdo de su chaqueta —grita.

Los padrinos se miran.

Ramírez abre la boca.

El Otro lo observa.

Apenas una brisa cálida levanta sus cabellos.

(Éste no es lugar para perdones.)

La bala perfora el corazón. Ajeno de vida, el Otro cae sobre las hojas secas y la maleza.Capítulo 1



En los jardines de un antiguo castillo francés, una mañana fría de neblina baja, un hombre está por batirse a duelo.

Camina con lenta cadencia, tiene la mirada fría y el ánimo dispuesto. Posee ese aire de calculada y distante indignación que distingue a quienes saben estar a la altura de circunstancias excepcionales y dramáticas.

Hace frío, un frío terrible; el viento, cargado de traslúcidas gotas de agua, sopla sin piedad desde el sudoeste. El corazón le palpita, fuerte, dentro del pecho. El trabajoso laberinto de ligustrinas deja paso por fin a una meseta de cuidada gramilla verde.

Faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Mientras avanza saca las manos de su abrigo, necesita que no estén demasiado calientes, pero el viento hiriente se las hace guardar de inmediato. Llega por fin al lugar de los hechos, el Otro ya se encuentra, acompañado por sus hombres. Segundos después aparece el barón de Restagne que oficiará de árbitro. Su mirada reconoce el lugar y pasa, sin querer y sin detenerse, por la del Otro. El barón ha traído, con la solemnidad que impone la ocasión, las dos cajas de madera oscura y se ubica en un lugar no lejos de él. Abre las cajas con cuidado y coloca las armas sobre una pequeña mesa redonda, bajo la mirada atenta de ambos padrinos.

Tiene un fugaz escalofrío por la baja temperatura y, acaso también, por los nervios. Pero su valor, probado en tantas batallas en el Chaco sangriento, lo conduce acertadamente en un momento semejante. Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe bien, no obstante, que los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio.

Se ajusta el sombrero de ancha ala doblada, se acaricia la barba en punta y dirige su mirada hacia el castillo, cree ver a alguien arriba de la gris atalaya.

En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera, mostrando la cara que anuncia al triunfador. Han sorteado los turnos. Su padrino le informa que el Otro disparará primero. ¿Acaso le ha llegado el momento?

Espalda contra espalda escucha al barón que pregunta si alguno tiene a bien retractarse.

Silencio.

Uno de los dos ha de morir esa mañana, pero ambos lavarán su honor herido, limpiarán las ofensas. Podrán, ambos, abrir o cerrar los ojos, según el caso, sin que les pese la conciencia.

Caminan los veinte pasos.

Al darse vuelta se cruzan sus miradas por primera vez. Ya todo es tarde. Tiene los ojos abiertos, no teme a la muerte.

El Otro dispara.

Escucha la sorda detonación... Aún está con vida, ¡ha fallado!

Levanta el arma. Se prepara para disparar.

Cree ver un destello de horror en el Otro.

—¡Mansilla no dispare!

Escucha sin dar crédito a lo que oyen sus oídos.

—No dispare... ¡no quiero morir!

Baja el arma, mira a su padrino.

—Le pido disculpas, Mansilla.

Silencio.

—Por favor, ¡no me mate! —dice el Otro mientras cae en tierra, de rodillas.

Una mano se posa sobre su hombro. Él se da vuelta, abre los ojos.

—Señor, ya es hora.

Lucio Victorio Mansilla despierta de su pesado sueño la mañana en que se batirá a duelo. Desayuna mate de café dulce, como en campaña. Se baña, se afeita, se perfuma, se pone las mejores ropas y sale al encuentro de su destino.





Dos horas después una barcaza lo deja en el muelle. Es un muelle pequeño, construido trabajosamente con maderas de la zona, que sufren y resisten el agua limosa del Paraná y el sol inclemente del verano.

Asciende desde la pequeña embarcación sin la ayuda de la escalerilla que le tienden. Las maderas crujen bajo sus botas. Camina con paso perentorio por el sendero abierto en la espesura vegetal de esa isla del Tigre, lo hace con movimientos mecánicos, actuándose a sí mismo. Algo no está debidamente controlado, piensa, no tiene la mirada fría y el pensamiento tranquilo como hubo soñado. Avanza con la vista en el suelo y el pensamiento incierto. Posee, eso sí, ese aire de calculada y distante indignación que suele fingir en circunstancias excepcionales y dramáticas.

No hace frío, ni sopla, inclemente, el viento del sudoeste; no avanza a través de los cuidados y suntuosos jardines de un castillo medieval. En estas tierras meridionales reinan el calor húmedo del verano y una naturaleza virgen e inculta. El corazón le palpita, nervioso o asustado, dentro del pecho. Las manos han comenzado a transpirarle, imagina que de un momento a otro cobrarán vida propia, que no le harán caso. No camina por un laberinto de cuidadas ligustrinas, no hay atalaya, ni castillo, ni jardines, ni fuentes de agua que dejen paso a una meseta de verde gramilla como en su sueño. Pero sí faltan quince minutos para las ocho de la mañana.

Se preocupa por sus manos: no deben estar húmedas por ninguna circunstancia.

Llega por fin al lugar del duelo. Es una abertura de buenas dimensiones en la espesa vegetación. Está rodeada de árboles vigorosos y alfombrada de ramas secas, pequeños troncos caídos y malezas. El Otro ya está.

Ramírez, el director de un pequeño y oscuro periódico litoraleño, hará las veces de Restagne, el barón francés a quien él conoció en alguna lejana oportunidad.

Su mirada reconoce el lugar; pasa sin querer y sin detenerse por la del Otro. Cada quien se concentra en sus tareas, como soñó en su sueño ya todo se ha dicho en algún otro momento.

Ramírez abre las dos cajas de madera, Lucio piensa que tiene el mismo aire solemne que el barón; ambos padrinos están atentos a la operación. También Ramírez coloca las armas sobre la pequeña mesa redonda.

¿Qué estará pensando el Otro?, ¿cómo se llama su padrino?, no puede recordarlo. Siente que el miedo se apodera de su mente.

Es peligroso tener miedo, se dice.

Tiene un fugaz escalofrío.

¡Estás cagado!, se reta con rabia.

Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe, no obstante, que, como en el sueño, los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio. Como en el sueño, se ajusta el sombrero de ancha ala doblada y se acaricia la barba en punta. No reza. No llegó hasta allí por Dios; y no es cosa de Dios que salga o no con vida.

En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera. Pasa por su mente la mirada diáfana de Agustina, su madre. Se pregunta si morirá en esta tierra fértil y sedienta, a pocos kilómetros de Buenos Aires; si sus días terminarán lejos del desierto, el escenario de sus mejores tiempos militares. ¿Morirá, acaso, lejos de las balas paraguayas?

Su padrino se acerca con la vista en el piso, caminando despacio, cuando está a su lado levanta la cabeza y sus miradas se cruzan. Lucio Victorio Mansilla sabe que ha perdido.

—Él disparará primero —dice inútilmente su padrino, que quiere darle un abrazo que él rechaza; no son momentos para flojeras, no para él, que ha de jugarse la vida. Una vez más.

Espalda contra espalda escucha la voz de Ramírez que pregunta si alguno de los dos tiene a bien retractarse.

Silencio.

—¡Uno!

El viejo general de Maipú e Ituzaingó, el héroe de la Vuelta de Obligado, su padre, lo está mirando.

—¡Dos!

¿Eduarda estará ya de vuelta en Buenos Aires?

—¡Cinco!

Sarmiento es un traidor.

—¡Diez!

Mariano Rosas arma un cigarrillo con la lentitud prudente del que ya no tiene tiempo.

—¡Quince!

Cualquier momento es malo para morir.

—¡Veinte!

Tengo frío, mierda.

Se dan vuelta.

Las miradas se cruzan, por fin.

—¡A su sombrero Mansilla! —se escucha la voz del Otro, sola y cercana en el silencio.

Un segundo después su sombrero vuela por el aire empujado por la certera bala.

Le ha perdonado la vida.

Siente un calor que le asciende desde las tripas: ¡le ha perdonado la vida! Sus manos ya no transpiran, levanta la vista, mira al Otro: hay veces que la furia se transforma en determinación, en voluntad fría.

—Al botón izquierdo de su chaqueta —grita.

Los padrinos se miran.

Ramírez abre la boca.

El Otro lo observa.

Apenas una brisa cálida levanta sus cabellos.

(Éste no es lugar para perdones.)

La bala perfora el corazón. Ajeno de vida, el Otro cae sobre las hojas secas y la maleza.



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Daniel Sorín nació en Buenos Aires en agosto de 1951.

Ha publicado Error de cálculo,
—Premio Emecé 1998—
(Emecé, 1998), que ha sido traducida al ruso en 2004;
El dandy argentino, sobre la vida de Lucio V. Mansilla (Norma, 2000), de la que aquí presentamos su primer capítulo;
Palabras escandalosas (Editorial Sudamericana, 2003) y
Palacios. Un caballero socialista. (Editorial Sudamericana, 2004).

Algunos cuentos y artículos periodísticos fueron editados por varias publicaciones como la revista Rollingstone, Rollos del mal muerto, La voz, Tiempos del mundo y otras.
Ha sido director editorial de las revistas literarias www.alt164.com.ar y www.letropolis.com.ar


FUENTE: ABANICO, Revista de Artes de la Biblioteca Nacional
http://www.abanico.edu.ar/2004/08/dandy.htm