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El éxito de mi fracaso

El éxito de mi fracaso (Un cuento de mi autoría)

Por un tirano instante, lo pensé. En caso de hacerlo no sería la primera vez, pero eso no bastaba para justificar mi travesía diaria.
Miré hacia delante como quién ansía tocar el horizonte, sabiendo que cuanto más sintiera su proximidad, mas lejos me encontraré.
Sin embargo, lo quería hacer. En mi opinión, es preferible un sueño real a que la realidad sea un sueño. Los sueños nos pertenecen, somos sus dueños. Si bien, no los dominamos, están allí. Tangiblemente etéreos. En cambio la realidad, nos esquiva. Ella permanece con su tranquilidad inmutable y la mayoría de los hombres, imbéciles mortales, se jactan de su pertenencia.
Pensando en ello, me decidí. Contuve mi aliento, y di mis primeros pasos hacia la helada mañana de invierno que estaba comenzando.
Como todo lo que empiezo alguna vez, lo hice con cautela. Midiendo movimientos, observando reacciones, tratando de asimilar cualquier detalle que pudiera entorpecer mi camino hacia el fracaso. Bueno, no como entiende el fracaso la mayoría de las personas. Yo lo llamaría el éxito de mi fracaso.
Continué, sin apresurarme. No sea que me equivoque, que dé un paso en falso y que estropeara todo lo hecho hasta el momento.
Miré a ambos lados y luego hacia delante por unos segundos más. Los invisibles hilos del destino estaban inclinando la balanza a mi favor. Lo sentía. Lo podía percibir por mis sentidos. Por mis cinco sentidos. Por todos al mismo tiempo y con la misma intensidad. Como si fuera un flujo de sensaciones que desean darse a conocer todas al unísono, sin tener que esperar cada una su turno.
Todo estaba saliendo según lo planeado. Como lo fue otras veces. Con lluvia, con viento, o con sol y brisa de verano. Si lo lograba, fracasaría. Pero eso no le quita merito a mi esfuerzo. Al contrario, lo dignifica.
Al cabo de los primeros ciento cincuenta metros, me detuve. Con esa adrenalina corriendo por mis venas podía llegar a perder el equilibrio. Por decirlo de una manera mas decorosa y que no denote inseguridad, podía llegar a tambalear mi integridad. Y para serles sincero me duele mi integridad cuando se golpea. Es por eso, que al detenerme, respiré hondo y retomé la compostura. Medí por reflejo la distancia, faltaban aún otros cien metros.
Miré mi reloj y pude dar cuenta de la tiranía del segundero, que con su simétrico movimiento, genera el seco sudor que resbala por la frente de la impaciencia.
¡Maldito Napoleón y su consejo de vestirse despacio cuando se está apurado!
Por primera vez dudé. Pensé que no llegaría. No había destino, ni fe, ni esperanza que me pudiera ayudar. Me mantuve inmóvil por unos instantes que se me antojaron siglos.
Cuando al fin, un intenso sacudón me volvió a la realidad. Mi socorro había destrozado los barrotes de mi celda y estaba dispuesto a ponerme nuevamente en marcha. Mi amigo el fracaso, hacía su aparición. El nunca llega tarde. Siempre se encuentra atento y predispuesto cuando mas se lo necesita.
En otras ocasiones, también me ayudó, y fue gracias a él que pude gozar de esos minutos de ignorancia. De ajena ignorancia pero de propio placer.
Con su empuje, tomé ímpetu y continué. Con la salvedad que ahora lo hacía mas rápido y seguro de mi mismo. Como si un par de invisibles brazos me estuvieran empujando hacia lo inevitable.
Me di cuenta que bajo su tutela y protección no podía irme mal. Jamás me equivocaría, ni torcería mi rumbo aunque mas no sea unos pocos grados. Su brújula marcaba mi norte y con él llegaría a buen puerto.
Me aferré a su cuello lo más que pude y por primera vez en mi trayecto, comencé a correr.
Mis piernas no tardaron en reaccionar y a ritmo febril, recorrí los metros que me separaban del punto de llegada.
Doblé en la esquina y para mi alivio, el camino estaba despejado. Sudaba pero no me importaba, sabía que con esa fuerza interior lo podía lograr.
Esquivé a un cafetero que vociferó a mis espaldas una serie de insultos, a los que respondí levantando el dedo mayor y mostrándoselo por detrás de mi cabeza.
Ni bien fijé la mirada en la otra esquina, vi el mayor obstáculo del recorrido. El paseador de perros llevaba entre 12 y 15 caninos amarrados a sus muñecas por unas gruesas correas. No voy a negarles, que pensé en propinarle un golpe para que escarmiente y que no ocupe en adelante toda la vereda, pero aquello no haría mas que retrasarme. En cambio, opté por una salida más rápida que me permitiera sortear el inconveniente. Cruzando en diagonal por la mitad de la calle, pude acceder a la otra esquina acortando la distancia.
En el transcurso de mi alocada corrida, la pensé.
Imaginé como estaría vestida aquella fría mañana. Seguramente con algún tapado o campera de cuero, combinando con un par de botas de estación de última confección y exquisito gusto.
¿Llevará camisa como lo hizo estos últimos días o se animará con alguna remera de mangas largas acompañando a un fino suéter de hilo? Sin lugar a dudas, el abrigo contrastará en tonos delicados, con sus ojos verdes de mar caribeño.
Su pelo rubio, angelical y perfumado estará recogido con un gracioso rodete sostenido por un palillo de madera que hará juego con los pendientes que lleve puestos.
¿Serán aquellos diminutos diamantes hexagonales los que columpien de sus orejas o serán esos aros rústicos que con tanta personalidad lleva?
Su perfume, puedo adelantar sin miedo a equivocarme, será exquisito. Su suavidad, me transportará como tantas veces a la campiña francesa, de suaves colinas y verdes prados. Y si lleva aquél mas intenso, de seguro su peculiar aroma me guiará por los campos nevados de la Europa Nórdica.
Por fin llegué y allí parada cual gélida princesa se encontraba ella. Como en otras ocasiones, su ignorancia y mirada esquiva, dictaban su presencia.
Sin embargo, pude observarla algunos instantes antes que llegara el ómnibus que nos transportaba a la otra parte de la ciudad. Subí detrás de todos los que se hallaban en la fila y noté que se sentaba en un rincón.
Allí parado, pude sonreír al fin y agradecerle al fracaso por haberme regalado una vez mas, aquellos minutos de indudable éxito.
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