Popular channels

El jugador eterno- cuento

El jugador eterno

Elidio era un personaje muy particular, uno lo veía arrimándose entre los mesones de felpa gastada, tosiendo animalescamente el pescuezo, enclenque y debilitado pero con los ojos fijos, callado por demás, poniéndose en una posición algo declinada en la cabeza. En el marcador de tiza, siempre aparecía su nombre junto a alguno que quisiera darle el gusto. Se podría decir que él jugaba, no como tantos por ganar o para pasar el rato, el solo jugaba por jugar. Tenía una manía de apretar la tiza contra la mesa hasta irla desgastando como cuando se apagan los puchos, pero con lentitud y moderación, era todo un proceso que llevaba su propio cauce. No se sabía mucho de él, solo que ahí estaba sin estar, sumergido en el juego, casi autista a veces. Algunos decían que tendría algo así como 80 años, otros decían que eso era pura especulación, porque nunca nadie había sabido de él gran cosa. Si le preguntaban, con el mayor de los respetos qué edad tenia, él solo se quedaba ahí quieto y después movía espasmódicamente sus labios con la boca todavía cerrada, como una especie de tic vio. Y soltaba como una bocanada, pero de un aire sepulcral casi ondulante como el humo de los puros en lo alto de la madrugada, una sola frase "los necesarios". En sus manos se adivinaban un trabajo de mucho trajín pero nadie podía saber si era un antiguo crupier o si era un mago devenido en pianista o quizás uno de esos banqueros de la vieja estirpe que antaño andaban de puro vicio macaneando con joyas y relojes. Lo cierto en todo esto era que el vejestorio estaba invicto en todo, no había perdido acaso un mísero encuentro de chin chon, pool, billar o póker. El mito era venerado por todos, alguno argullian de que en realidad el susodicho era un profesional que lejos de ir por el dinero allí se presentaba como un maestro ante una charla magistral, solo a fines de deleitar al publico que de antemano se sabe derrotado.

A veces era todo un espectáculo, pero no uno de esos espectáculos baratos de cine o los que montan las cámaras, era realmente un espectáculo como cuando un depredador salta sobre su presa, o cuando en un amague de potrero el delantero deja atrás a tres tipos para reírse nomas. Los dedos bailoteaban entre las cenizas de la tiza y como un epifanico ser, le brillaban las sienes y en sus ojos se adivinaban la victoria, pues era un mago y solo faltaba que diera remate a su presa. En poco más de tres movimientos ya todos sabían que no podía fallar, y no lo hacía. A veces parecía aburrido y simplemente se dejaba llevar por la mesa, pero no era un indicio fiable de que su astucia le fallara más aun era un desafío ver lo lejos que estaban los contrincantes de ganarle mientras más se acercaban a rellenar el consabido cuadradito. Nunca aposto nada, ni se permitía apostar cuando él jugaba, creo que ni si quiera le vimos sacar un centavo de la chistera. Siempre andaba con una moneda añeja por demás, quizás una reliquia de época, vaya uno a saber, por los movimientos de sus dedos bailaba danzarina aquel plateado objeto, a una velocidad irrisoria y con una gracia que lo convertía por si solo en un artista.

Pero aquel día, que llovía y el reloj había desaparecido entre el humo, apareció don Elidio pero tras de sí iba andando como su propia sombra un hombre se adivinaba joven y pulcro, con un traje hecho a medida de color carmesí. Ambos entraron en sincronía perfecta, y se pusieron a ambos lados de la mesa más vieja. Elidio parecía distinto, algo raro pasaba, hasta el menos avispado lo notaba. Llamo al crupier, que era Angelito un muchacho nuevo. Pero ni bien el joven quiso acecharse, le apareció el viejo dueño y le puso la mano en el hombro al muchacho diciéndole "deja que yo me encargo". Don Romualdo, disimuladamente cruzo una mirada con Elidio mezcla entre entendimiento y gratitud por breves fracciones de segundos. Les barajo las cartas y jugaron, aunque el termino jugar quede muy empobrecido para lo que se presencio esa noche. Una y otra vez ambos jugadores se contrarrestaban con una habilidad que nadie podía si quiera soñar en tener, eso no era azar eso era una muestra de talento puro. Se repartía, y solo entonces podían los asistentes respirar, un tibio cuchicheo se escurría a las espaldas de la mesa, que callaba de súbito cuando terminaba la repartija. Y entonces eran dos maquinas humanas que tenían ferocidad y un instinto magistral para el juego. El más joven se estiro la manga, y sonrió al ver su reloj. Un reloj plateado, con malla de cuero negro, más bien mundano. El viejo apuro su ritmo entre la moneda saltarina, y tiro por última vez un suspiro, para desplomarse seguidamente sobre el taburete. La moneda cayo y fue aplastada por el joven contrincante quien con suplicas, pidió perdón y se fue. La mesa donde paso sus últimos movimientos el viejo jugador quedo cerrada en honor a tan grande talento y de ella armaron un frente del cajón donde lo enterrarían luego. En su placa se leía la inscripción, Aquí yace el jugador eterno.
0
0
0
0No comments yet