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En defensa propia

- "Yo, a lo último, no servía para comisario" - dijo Laurenzi, tomando el café que se le había
enfriado -. "Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se mete la
gente, y la manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría resuelto. Eso,
sobre todo. Vea, es mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el biógrafo, que las
propias ideas. Yo notaba que me iba poniendo flojo, y era porque quería pensar, ponerme en el
lugar de los demás, hacerme cargo. Y así hice dos o tres macanas, hasta que me jubilé. Una
de esas macanas es la que le voy a contar.
Fue allá por el cuarenta, y en La Plata. Eso le indica" - murmuró con sarcasmo, mirando la
plaza llena de sol a través de la ventana del café - "que mi fortuna política estaba en ascenso,
porque usted sabe cómo me han tenido a mí, rodando por todos los destacamentos y
comisarías de la provincia.
La fecha justa también se la puedo decir. Era la noche de San Pedro y San Pablo, el 29 de
junio. ¿No le hace gracia que aún hoy se prendan fogatas ese día?"
- Es por el solsticio estival - expliqué modestamente.
- "Usted quiere decir el verano. El verano de ellos que trajeron de Europa la fiesta y el nombre
de la fiesta".
- Desconfíe también del nombre, comisario. Eran antiguos festivales celtas. Con el fuego
ayudaban al sol a mantenerse en el camino más alto de cielo.
- "Será. La cuestión es que hacía un frío que no le cuento. Yo tenía un despacho muy grande y
una estufita de kerosén que daba risa. Fíjese, había momentos en que lo que más deseaba era
ser de nuevo un simple vigilante, como cuando empecé, tomar mate o café con ellos en la
cocina, donde seguramente hacía calor y no se pensaba en nada.
Serían las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Era una voz tranquila, la voz del juez
Reynal, diciendo que acababa de matar un ladrón en su casa, y que si yo podía ir a ver. Así
que me puse el perramus y fui a ver.
Con los jueces, para qué lo voy a engañar, nunca me entendí. La ley de los jueces siempre
termina por enfrentarlo a uno con un malandra que esa noche tiene más suerte, o mejor
puntería, o un poco más de coraje que seis meses antes, o dos años antes, cuando uno lo vio
por última vez con una vereda y una 45 de por medio. Uno sabe cómo entran, cómo no va a
saber, después de verlo llorando y, si se descuida, pidiendo por su madre. Lo que no sabe, es
cómo salen. Después hasta le piden fuego por la calle, y usted se calla y se va a baraja porque
se palpita que hay un chiste en alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya.
Iba pensado en estas cosas mientras caminaba entre las fogatas que la garúa no terminaba de
apagar, esquivando los buscapiés de la juventud que también festejaba, como dice usted, lo
alto que andaba el sol y, seguramente, la cosecha próxima, y los campos llenos de flores. Para
distraerme, empecé a recordar lo que sabía del doctor Reynal. Era el juez de instrucción más
viejo de La Plata, un caballero inmaculado y todo eso, viudo, solo e inaccesible.
Entré por un portoncito de fierro, atravesé el jardín mojado, recuerdo que había unas azaleas
que empezaban a florecer y unos pinos que chorreaban agua en la sombra. La cancel estaba
abierta, pero había luz en una ventana y seguí sin tocar el timbre. Conocía la casa, porque el
doctor solía llamarnos cada tanto, para ver cómo andaba un sumario o para darnos un sermón.
Tenía ojos de lince para los vicios de procedimiento, la sangre de sus venas pasaba por el
código y no se cansaba de invocar la majestad de la justicia, la de antes. Y yo que hasta tengo
que cuidar la ortografía, y no hablo de los vicios de procedimiento ya va a ver. Pero yo no era el
único. Conozco algunos que pretendían tomarlo en farra, pero se les caían las medias cuando
tenían que enfrentarlo.
Y es que era un viejo imponente, con una gran cabeza de cadáver porque año a año la cara se
le iba chupando más y más, hasta que la piel parecía pegada a los huesos, como si no quisiera
dejarle nada a la muerte. Así lo recuerdo esa noche, vestido de negro y con un pañuelo de seda al cuello.
Con este hombre yo me guardaba un viejo entripado, porque una vez en la misma comisaría,
adonde llegó como bala me soltó al tuerto Landívar, que tenía dos muertes sin probar, y más
tarde iba a tener otra. Nunca olvidé lo que me dijo Es mejor que ande suelto un asesino, y no
una ruedita de la justicia. ¿Y el peligro? - le pregunté. El peligro lo corremos todos- dijo. Pero
fui yo el que tuve que matarlo a Landívar, cuando al fin hizo la pata ancha en los galpones de
Tolosa, y yo me acordé del doctor, del doctor y de su madre".
El comisario se agarró el mentón y meneó la cabeza. Como si se riera de alguna ocurrencia
secreta, y después soltó una verdadera carcajada, una risa asmática y un poco dolorosa.
- "Bueno, ahí estaba sentado ante su escritorio, como si nada hubiera pasado, absorto en uno
de esos libracos de filosofía, o vaya a saber qué, pero en todo caso algo importante, porque
apenas alzó la cabeza al verme en la puerta y siguió leyendo hasta que llegó al final de un
párrafo que marcó con una uña afilada y como de vidrio. Tuve tiempo de sacarme el sombrero
mojado, de pensar dónde lo pondría, de ver el bulto en el suelo, que era un hombre, de
codearme con un jinete de bronce y, en general, de sentirme como un auxiliar tercero que lo
van a amonestar. Recién entonces el viejo cerró el libro, cruzó los dedos y se quedó
mirándome con esos ojos que siempre parecían estar haciendo la seña del as de espadas.
Le pregunté, de buen modo, qué quería que hiciera. Contestó que yo sabía cuál era mi deber,
que yo conocía o debía conocer el Código de Procedimientos, que el desde ya su
reemplazante de turno era el doctor Fulano, y que no lo tomara a mal si, ya que estaba,
observaba con interés profesional la forma en que yo encauzaba el sumario.
Le aseguré que no faltaba más. Le dije si estaba bien que le hiciera una inspección ocular. Hizo
que sí con la cabeza. ¿Y que le preguntara algunas cosas y que lo tuviese demorado hasta que
el doctor fulano dispusiera lo contrario? Entonces se echó a reír y comentó Muy bien, muy bien,
eso me gusta.
Moví con el pie la cara del muerto, que estaba boca abajo frente al escritorio, y me encontré
con un antiguo conocido, Justo Luzati, por mal nombre El Jilguero, y también El Alcahuete, con
fama de cantor y de otras cosas que en su ambiente nadie apreciaba. Supe tratarlo bastante en
un tiempo, hasta que lo perdí de vista en un hospital, pobre tipo.
Pero resultaba bueno verlo muerto así, al fin con un gesto de hombre en la cara flaca donde
parecía faltarle unos huesos y sobrarle otros, y un 32 empuñado a lo hombre en la mano
derecha, y todavía ese gesto bravío de apretar el gatillo a quemarropa, cuando ya le iban a
tirar, o le estaban tirando, y le tiraron nomás y el plomo del 38 que el doctor sacó de algún
cajón lo sentó de traste. Y entonces se acostó despacio a lagrimear un poco y a morir.
Pero ese viejo, era cosa de ver, o de imaginar, la sangre fría, de ese viejo. Dejó el 38 sobre la
mesa, con cuidado porque era una prueba. Me llamó por teléfono, sin levantarse siquiera,
porque no había que tocar nada. Y siguió leyendo el libro que leía cuando entró Luzati.
-¿Lo conoce doctor?- le pregunté.
- Nunca lo había visto.
Entonces, mientras lo estaba mirando, descubrí ese estropicio en la biblioteca que tenía detrás
de él.
- ¿Y de eso - señalé - no pensaba decirme nada?.
- Usted tiene ojos - respondió.
Había una hilera de tomos encuadernados en azul, creo que era la colección de La Ley. Y uno
estaba medio destripado, le salían serpentinas y plumitas de papel, y al lado había un marco de
plata boca abajo, un retrato con la foto y el vidrio perforados.
- Quédese quieto, doctor, no se mueva- le previne y le di la vuelta al escritorio, me paré donde
se había parado Luzati, donde todavía estaba el agua de sus zapatos y desde allí miré al viejo,
y luego detrás del viejo, y nuevamente esa cara cadavérica y severa. Pero él me corrigió: - Un poquito más a la izquierda - dijo.
- ¿Qué se siente, doctor, cuando a uno le erran por tan poco?
- No se siente nada- contestó - y usted lo sabe.
Entonces me agaché, saqué el 32 de entre los dedos de Luzati, abrí el tambor y allí estaba la
cápsula picada y el resto de la carga completa, y hasta el olor de la pólvora fresca. Todo listo y
empaquetado para el gabinete Vucetich, donde seguramente iban a encontrar que el plomo de
la biblioteca correspondía al 32, y que el ángulo de tiro estaba bien, y todo estaba bien, y se lo
iban a ilustrar con dibujitos y rayas coloradas, verdes y amarillas para probar nomás que el
doctor había matado en defensa propia.
Puse el 32 junto al otro, sobre el escritorio, y fue entonces cuando él me oyó decir Qué raro y
me miró sin moverse.
- ¿Qué raro doctor?- le dije caminando otra vez hacia la biblioteca - que usted, que solía tener
tan buena memoria, se haya olvidado de este pájaro cantor. Porque si a mi no me falla, hace
cuatro años usted sentenció en una causa Vallejo contra Luzati por tentativa de extorsión.
Él se echó a reír.
- ¿Y eso? - dijo -. Como si yo fuera a acordarme de todas las sentencias que dicto.
- Entonces tampoco recordará que en el treinta lo condenó por tráfico de drogas.
Me pareció que daba un brinco, que iba a pararse, pero se contuvo, porque era un viejo duro, y
apenas se pasó una mano por la frente.
- En el treinta - murmuró -. Puede ser. Son muchos años. Pero usted quiere decir que no vino a
robar sino a vengarse.
- Todavía no se lo quiero decir. Pero qué raro, doctor. Qué raro que este infeliz, que nunca
asaltó a nadie, porque era una rata, un pobre diablo que hoy se puso la mejor ropa para venir a
verlo a usted - alguien que vivía de la pequeña delación, del pequeño chantaje, del pequeño
contrabando de drogas; alguien que si llevaba un arma encima era para darse coraje -, que ese
tipo, de golpe, se convierta en asaltante y venga a asaltarlo a usted ...
Entonces él cambió de postura por primera vez, giró con el sillón, y me vio con el retrato entre
las manos, ese retrato de una muchacha lejana, inocente y dulce, si no fuera por los ojos que
eran los ojos oscuros y un poco fanáticos del juez, esa cara que sonreía desde lejos aunque
estaba destrozada de un tiro certero, porque el vencido amor y la sombra del odio que le sigue
tienen una infalible puntería.
Le devolví el retrato, le dije Guardeló. Esto no tiene por qué figurar aquí y me senté en
cualquier parte sin pedirle permiso, pero no porque le hubiera perdido el respeto, sino porque
necesitaba pensar y hacerme cargo y estar solo. Pensar, por ejemplo, en esa cara que yo
había visto dos años antes en una comisaría de Mar del Plata, esa cara devastada, ya no
inocente, repetida en la foto de un prontuario donde decía simplemente Alicia Reynal,
toxicómana, etc. Pero cuando pasó un rato muy largo, lo único que se me ocurrió decirle fue:
- ¿Hace mucho que no la ve?
- Mucho - dijo, y ya no habló más, y se quedó mirando algo que no estaba.
Entonces volví a pensar, y ahí debió ser cuando descubrí que ya no servía para comisario.
Porque estaba viendo todo, y no quería verlo. Estaba viendo cómo El Alcahuete había
conocido a aquella mujer, y hasta le había vendido marihuana o lo que sea, y de golpe,
figúrese usted, había averiguado quién era. Estaba viendo con qué facilidad se le ocurrió
extorsionar al padre, que era un hombre inmaculado, un pilar de la sociedad, y de paso
cobrarse las dos temporadas que estuvo en Olmos. Estaba viendo cómo el viejo lo esperó con
el escenario listo, el tiro que él mismo disparó - un petardo más en esa noche de petardos -
contra la biblioteca y contra aquel fantasma del retrato. Estaba viendo el 32 descargado sobre
el escritorio, para que Luzati lo manoteara a último momento y hasta apretara el gatillo cuando
el viejo le apuntó. Y lo fácil que fue después abrir el tambor y volver a cargarlo, sin sacarlo de
las manos del muerto, que era donde debía estar. Estaba viendo todo, pero si pasaba un rato más ya no iba a ver nada, porque no quería ver
nada. Aunque al fin me paré y le dije:
- No sé lo que va a hacer usted, doctor, pero he estado pensando en lo difícil que es ser un
comisario y lo difícil que es ser un juez. Usted dice que este hombre quiso asaltarlo y que usted
lo madrugó. Todo el mundo le va a creer y, yo mismo, si mañana lo leo en el diario, es capaz
que lo creo. Al fin y al cabo, es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la
compasión.
Era inútil. Ya no me escuchaba. Al salir me agaché por segunda vez junto al Alcahuete y, de un
bolsillo del impermeable, saqué la pistola de pequeño calibre que sabía que iba a encontrar allí
y me la guardé. Todavía la tengo. Habría parecido raro, un muerto con dos armas encima".
El comisario bostezó y miró su reloj. Le esperaban a almorzar.
- ¿Y el juez? - pregunté.
- "Lo absolvieron. Quince días después renunció, y al año se murió de una de esas
enfermedades que tienen los viejos".



Rodolfo Walsh 1962, publicado en el libro "Cuento para tahúres y otros relatos policiales" de 1987
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