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"En la marea" (Cuento Propio)

La blanca y hermosa luna otorgaba su luminosidad a toda la larga y extensa ruta por la cual se dirigían a toda velocidad, Juan y Hernán. Era la calurosa madrugada del verano del 98, la hermosa ciudad de Las toninas los esperaba, con un sol radiante, el mar azul, la arena blanca, y todos esos detalles tan encantadores.
Luego de arduo camino, por fin llegaron a la ciudad. Las Toninas se caracterizan por ser un lugar muy tranquilo, pacifico, lleno de paz, el lugar preciso donde uno puede descansar.
Nada de eso era importante para los muchachos, que debido a su situación económica, optaron por veranear ahí en una casa prestada por una tía de Hernán.
Al llegar, la población del lugar dejaba mucho que hablar, algunos ancianos caminaban por las veredas, y dos o tres perros corrían por la plaza.
Dejaron las cosas en la casa, y como todo recién llegado a la costa, corrían con prisa hacia el mar.
La infinita playa cubierta de arena y el extenso océano limpio y solitario, daba la ilusión de que los esperaba a ellos, no había nadie, solo el sol, el agua y la arena.
Se desvistieron lo más rápido posible, y corrieron con prisa hacia las grandes y revoltosas olas azules. En medio de la alegría y diversión, Hernán pudo notar que dos figuras los observaban desde la orilla, el agua y el reflejo del sol le impedía disipar quienes eran, le aviso a Juan y juntos se aproximaron a encontrarse con esas extrañas siluetas.
Al llegar, la imagen se hizo clara y descifrable, eran dos jovencitas, dos lindas mujeres. Hernán, con su tan peculiar forma de ser, los presento delante de las chicas, las cuales los saludaron simpáticamente, dándoles la calida bienvenida a la ciudad.
Romina, la más chica, era una mujer delgada, rubia y llena de pecas, la cual rápidamente fue cortejada por Hernán, y la otra se trataba de Yamila, una hermosa mujer, de pelo violeta, grandes labios y una sonrisa preciosa, la cual Nicolás rápidamente capto.
Se quedaron toda la tarde noche hablando a orillas del mar, mientras el viento, un poco de alcohol, las estrellas y algunos otros factores acordes a la situación, hicieron que en dos puntos alejados de la playa, tuvieran sexo desenfrenado, con excesos de droga, besos, locuras y pasión.
A la mañana siguiente, Nicolás se despertó con un dolor de cabeza, mal olor en la boca, y con las piernas cansadas, se vistió y se acerco a Yamila, que estaba sentada en la arena, contemplando el mar.
-¿Puedo acompañarte?- Pregunto Nico.
-Claro- contesto ella.
Silencio atroz
-¿No es hermoso?- Pregunto ella.
-¿Que cosa?- Contesto el.
-El mar, el inmenso mar, el fin del mundo, donde las almas perdidas se encuentran, el agua te absorbe, te eleva, te ama, te consuela y por ultimo te mata, es aquel lugar donde uno reflexiona, piensa, se conecta consigo mismo y escucha lo que realmente quiere su corazón y su alma.
Nicolás, pensando en lo bien que fue en el sexo aquella mujer, no fue capaz de captar las sabias palabras que entonaban su voz y sin importarle mas nada, tomo a la bella joven de la cintura, queriéndola provocar para sacias su apetito sexual. Pero ella lo detuvo, y mirándolo con una mirada picara y sensual, le pidió si la llevaba hasta la punta del muelle, donde le gustaría hacer el amor nuevamente. Nicolás, que aun tenía un deseo carnal exquisito, la tomo de la mano y la llevo hasta el muelle.
Al llegar al límite, Nicolás se paro en cara hacia el inmenso mar, esperando su tan esperada acción, pero un golpe en la cabeza le fue suficiente para dejarlo inconsciente.
Flotando en el agua, debajo del muelle, Nicolás abrió los ojos lentamente mientras a paso lento recuperaba la vista y la conciencia, no veía rastro de Hernán o de las chicas, nado con su pocas fuerzas hacia la orilla pero al llegar, sintió como dos personas lo sujetaron y lo arrastraron hasta el mulle.
No pudo reconocer quienes eran, lo único que pudo sentir fue como las manos de sus captores le rodeaban el cuello con una gruesa y fuerte soga. Lo obligaron a pararse en el límite del muelle y sin piedad alguna lo arrojaron directo al agua. Al caer la soga hizo su trabajo y comenzó a asfixiar el cuello de Nicolás, que con el fuerte tironeo de la caída recobro totalmente la visión para observar lo peor.
A su lado se encontraba el cuerpo colgando de Romina, duro y frío, Nicolás quien estaba completamente desesperado trato de aflojar el nudo que lo estaba matando, pero fue en vano, ya que sus manos, no eran sus manos, mas bien eran las manos de una mujer, delicada y suaves, pero débiles y sin fuerza, con el poco aliento que le quedaba y la poca fuerza de su corazón, inclino su vista hacia arribar para ver la silueta de dos hombres altos y delgados, que con una sonrisa picara se alejaron de la costa para no volver jamás.
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