Arte

Fantasmas (cuento).

A todo el que lo lea. Gracias por ayudarme a espantar mis propios fantasmas.


Almendra mantuvo los ojos cerrados. Giró la cabeza hacia la derecha y reacomodó el cuerpo. No fue suficiente, no pudo volver a dormir. Entonces, giró a la izquierda, proponiéndose unos cinco minutos más de sueño antes de volver a la rutina. Pero la rutina se impuso sin pedir permiso, con sobresaltos y sustos, como era la costumbre. Por empezar, la mesa de luz se alejó a kilómetros de su mano, que intentaba alcanzar el reloj para mirar cuántos cinco minutos más habían pasado. Suspiró con aburrimiento y se sentó en la cama, aclarándose la vista con las manos. Pero la cama se estiró ante su vista a dimensiones inconcebibles, lo cual le generó la sensación de encogerse a niveles vertiginosos. De todas formas, sabía que sólo se trataba de ilusiones ópticas, eran parte de la rutina. Era algo con lo que lidiaba todos los días. Que la cama se achique o se agrande, que las cosas se le alejaran o acercaran. Dios mío, cuándo la dejarán en paz?.

Se levantó y caminó en lo más parecido a una línea recta que pudo trazar hasta el cuarto de baño para lavarse la cara y acomodarse un poco al mundo real. Sin embargo, como siempre, el suelo se movía como si estuviera navegando en un velero en alta mar. Sentía que se impulsaba a la derecha, luego a la izquierda. Sabía que sólo eran ilusiones, que el suelo de su casa estaba tan quieto como su cama y su mesa de luz, pero el mareo era inevitable, como la jaqueca y las maldiciones escapando de su boca. Incluso cerrando los ojos mientras el agua recorría su cara, su mundo se movía de un lado a otro. No, en realidad, no se movía, pero aparentaba hacerlo. Almendra estaba mitad acostumbrada a tanto movimiento, mitad queriendo que termine de una vez todo ese trastorno. Que se fueran de una vez, ella no les había hecho nada para que la maltrataran así. Se hizo el desayuno, luchando para tomar las cosas antes de que se apartaran y apoyarlas en la mesa antes de que ésta se achicara. Sentarse antes de que la silla la dejara caer y poner música. La música era intocable, por suerte, algo permanecía en el lugar que correspondía.

Almendra vivía con esa compañía indeseada de cada día, con ese miedo instalado dentro de ella, ese vértigo. Sacando eso, vivía sola. Y subsistía bien, en una soledad relativa. Es más, no le molestaba la parte de la soledad, le molestaba la parte de “relativa”. Hubiera preferido una soledad absoluta a que la persiguieran moviéndole las cosas, creando esa ilusión de movimiento para atormentarla. Era una chica creativa, con un plan de vida más o menos como el de todos los demás. Deseaba vivir de lo que amaba, encontrar el amor y sentirse realizada. Pero los visitantes inesperados la paralizaron en lo que era su vida. Un día, llegaron sin golpear la puerta, y entonces nada volvió a quedarse quieto. Sentía miedo de ellos, sentía miedo de que alguien entre en su casa, y también miedo de salir de ella. Sonaba ridículo, pero las pocas veces que intentó salir, la estabilidad de las cosas quietas le generó náuseas y una sensación de ahogo insoportable. Eran como dos mundos incompatibles. La gente pertenecía a un mundo donde todo estaba quieto y era normal, ella pertenecía a un mundo donde todo aparentaba moverse todo el tiempo. Y esos dos mundos no podían mezclarse sin causar malestar. Permanecía prisionera de sus miedos y de sí misma, más que de los malditos invasores, que no se atrevía ni a nombrar. Muchas veces le molestaba también la idea de jamás volver a la normalidad, jamás trabajar de lo que amaba, jamás encontrar el amor. Pasaba noches y días enteros llorando bajo esa nube gris. Sin embargo, sabía que al amor, buscándolo, no lo iba a encontrar. Así como sus intrusos no iban a ser reales mientras ella les tuviera miedo, el amor no iba a ser real mientras ella lo buscara. Sacaba esa ventaja de temer a los visitantes indeseados, pero muchas veces le costaba dejar de buscar amor. Lo buscaba mirando por la ventana a la calle, siendo que no se sentía cómoda si dejaba su vertiginoso hogar en movimiento.

Como todas las tardes, como todos los días, iba dejando escapar los minutos de a diez leyendo, mirando alguna que otra película o simplemente mirando un espacio vacío en la pared, reflexionando sobre la forma en que se mecía todo a su alrededor. Sería que todos los mundos de todas las personas se mecían a su manera?. Mentalmente, recordó ese primer día de movimiento, cuando entraba en pánico con cada paso que daba y con cada latido de su corazón. Hasta respirar le resultaba extraño, viendo que su pecho se inflaba y sin saber si era real o era parte de la locura. Ya ni recordaba cuánto tiempo llevaba así con exactitud. Había tenido suficiente tiempo como para acostumbrarse y enumerar a algunos de los merodeadores que la molestaban. Al menos, a los que más se hacían notar. Los había enumerado como para reconocerlos ella misma, no porque tuviera alguien a quien contárselo. No porque a alguien fuera a importarle.

El más importante, o el más constante, se podría decir, era el que generaba el movimiento del suelo como si todo flotara en el océano. Probablemente fuese una especie de pirata que extrañaba el mar. No lo sabía, lo sabría si pudiera verlo, pero no era real. Ella todavía le tenía miedo. Era un movimiento de derecha a izquierda permanente, con el que Almendra tenía que convivir sin marearse, sin tropezarse, sin caer. Ya estaba acostumbrada, si, pero seguía siendo molesto. Como el mismo océano, tenía días en que el movimiento era leve y tolerable y días en los que todo parecía estar a punto de dar una vuelta de 180 grados. Esos eran los días en los que ella más permanecía acostada, esperando, tal vez, no volver a abrir los ojos o finalmente sentir el agua llenando sus pulmones, aunque en el fondo supiera que no había un mar a 400 km a la redonda. Era como vivir en un barco navegando en tierra firme, como si la tierra firme tuviera el bamboleo del mar. Insoportable.

El segundo que solía molestarla, sobre todo en los parpadeos, cuando cerraba los ojos aunque sólo fuera por un segundo, era el que le movía las cosas de lugar. Si ella intentaba alcanzar algo, lo alejaba; si ella miraba algo fijamente, aprovechaba el pestañeo para moverlo sólo unos milímetros y confundirla. Si ella quería apoyar algo en alguna superficie, tenía que ser muy cuidadosa, porque, en un segundo, la superficie podía cambiar de lugar, desplazarse o, simplemente, desaparecer. Éste generaba cada escándalo como ruido de vidrio roto, ruido de muebles desplazándose o hacer que Almendra crea que estaba mirando algo que, de pronto, sin más, no estaba.

Había un tercero, también bastante fastidioso, que le achicaba o agrandaba las cosas a su paso. Almendra había sufrido golpes contra muebles porque se habían agrandado o había caído al suelo por intentar sentarse en una silla que se había achicado. La ropa también cambiaba de medida, la comida, todo. Era confuso intentar ponerse algo que quedaba demasiado grande o demasiado chico, hacer un almuerzo normal y que, de pronto, pudiera alimentar a un regimiento o no alcanzar ni para alimentar a un pajarito. Y así con todo. La cama a veces se volvía inmensa y se sentía vacía, o a veces era demasiado chica hasta para dormir abrazándose a sí misma.

Había otros tantos, pero eran molestias menores las que generaban, y Almendra estaba acostumbrada. Cosas como apretones en la cabeza, tirones de pelo, masajes en el cuello.. a veces, simplemente le apretaban la rodilla y la hacían saltar en su lugar, o le hacían cosquillas. Algunos apagaban su celular para que ella vuelva a prenderla o apagaban y prendían su celular cuando se les antojaba. Después de tanto tiempo conviviendo con ellos, esos resultaban tan inocentes que hasta se encariñó con ellos, como niños haciendo bromas para llamar su atención.Cuando imaginaba su vida sin ellos, imaginaba un alivio inmenso, silencio, calma, las cosas quietas, su mundo en tierra firme. Pero, a la vez, sentía un vacío de recordar que estaba sola, que hacía tiempo ya que no permitía que nadie entrara a su casa, porque sentirían los mismos mareos que ella, o la tomarían por loca.

Cuando se acostó esa noche, se sintió rara. Más rara que de costumbre. Sentía una mirada sobre ella. Como si un ser inexistente, por primera vez en años, estuviera observando su vida sin huir y la comprendiera. Como si hubiera un testigo invisible que deseara cubrirla con un paraguas para protegerla de la tormenta que la perseguía. Se creyó más loca que de costumbre y se quedó dormida con el movimiento del mar que no estaba. Y, dormida, soñó con ese alguien que la observaba. Supo que ese alguien conocía todo lo que la rodeaba. No supo si la consideraba loca o simplemente comprendía su tormento. No sabía de qué manera había entrado en su vida, en su casa. Pero sabía de los invasores, de las cosas que le hacían sentir. Sabía tan bien como ella que sólo eran ilusiones. Y, viendo todo esto en sus sueños mezclados con pequeñas dosis de conciencia, sintió gratitud, compañía, y algunas otras cosas que no supo si no tenían que ver con el amor.

Despertó y seguía sintiendo que no sólo eran ella y sus visitantes. Que ese tal testigo seguía por ahí, observándola. Algo le dijo que también sabía que ella había soñado con su presencia, como si lo supiera todo, como si alguien se lo contara. Se sintió incómoda, de pronto, y quiso ser ella misma quien contara su vida.

- Estoy rodeada de fantasmas – dijo, en voz alta, y se sorprendió a sí misma. Entonces, no pudo evitar llorar. Fue entonces cuando vio lo triste que era su vida. Que estaba encerrada, sola, con fantasmas que no existían, pero que le generaban ilusiones de movimiento y soledad inexplicables.

- Tengo miedo – dijo, como pudo, con las lágrimas entrecortando su voz. – Tengo miedo de estar viva, tengo miedo de morir… Tengo miedo de morir sola… Tengo miedo de los fantasmas.

En ese momento, cuando pronunció, entre lágrimas, esa última frase, poco a poco, las cosas se fueron calmando. Sintió calma, y vio como cada sensación de movimiento se fue desvaneciendo. De pronto, estaba sentada, quieta, como cada cosa a su alrededor. Entonces, sonrió. Sonrió con ganas. Le dio la impresión que no sólo sus fantasmas se estaban evaporando, sino los fantasmas de ese testigo invisible también. Era verdad, tenía que acostumbrarse a esa tranquilidad, a la soledad absoluta, a la quietud en su mundo tanto como en el de afuera. Pero se sentía feliz, se sentía plena. Sentía que ese alguien que la observaba, de alguna manera, tenía algo que ver en ese cambio repentino. Tal vez el haber abierto su mente, el haberle contado su vida hizo que la realidad finalmente cambiara. Cerró los ojos, sonrió.

- Gracias. Gracias por… estar, supongo, como sea que hayas llegado a mi vida. Gracias por entenderme, gracias por acompañarme. Por no haberme dejado sola. No sé quién seas… Pero gracias. De verdad. Ojalá también pudiera ayudarte a asustar a tus fantasmas, si es que los tenés… Ojalá no te invadan. No dejes que lo hagan… Gracias, de verdad, gracias.

Aunque no se sintió cómoda con cómo había sonado eso y se cuestionó el mensaje para ese ser que la acompañaba en forma anónima por dos horas o tal vez más, no lo modificó. Supo, entonces, con toda claridad, que todas las personas tienen sus propios fantasmas. Algunos se dejan invadir, algunos conviven con ellos, algunos negocian, algunos los ignoran. Pero todos tenemos el poder de vencerlos. Y con amigos, visibles o invisibles, mucho mejor.

Supo que probablemente algún día se iría esa presencia que le había ayudado y la dejaría sola, pero creyó que estaba lista para eso. Ese testigo con su sola presencia, con sólo saber de su vida, con sólo pasar un día o dos con ella, había logrado darle el valor de asumir su verdad y espantar sus miedos. Sus fantasmas. Sonrió y, de nuevo, deseó poder agradecerle. Esperó poder devolver el favor, de algún modo, algún día.

Porque su mundo nunca más se movió.
Y los fantasmas nunca más entraron en su cabeza.

LadyCaroline.