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Homenaje a Cortazar: Poliedro (La Vida sin Tiempo)

 Hola a todos. Hace poco escribí un cuento propio en homenaje al gran escritor Julio Cortazar, y me gustaría compartirlo por esta red social. Puede que este cuento no sea útil para algunos, y quizá no obtenga muchas visitas; pero esto fue el resultado de una idea que no quería dejar morir. Fue inspirada en los cuentos de Cortazar, y el mismo título comparte una familiaridadcon el volumen "Octaedro" de este autor. Sin eludirlo más, que lo disfruten:



Solo una vez más, como un ahogado deseo. Caminar fugazmente del punto A al B, con la simpleza de un ritual arcano. Abrir la puerta y ver las baldosas, la calle y otra vez las baldosas, en la rápida sucesión de las cosas sin importancia. Camino liviano, mas no se donde voy. Pienso en llegar como si ya hubiese llegado, dejo mi mente sobrevolar en su escapismo diario. 
 Calles, baldosas, calles, baldosas, campo, por fin campo. Como una bocanada de aire corro hacia el parque y me siento a esperar a que llegue, a que ella llegue. Verla como se mira una flor, imaginarla como se imagina el cielo; siempre es el único consuelo al no poder actuar. No se puede, no se quiere, siempre es el momento inadecuado o el más ideal como para arruinarlo vagamente. Simplemente espero, bajo el amparo del parque y la sabana gris que se desplaza sobre el cielo. Espero la lluvia. 
 Una vez más, sintiendo que nos ampara el mismo cielo. Baldosas, bache, baldosas, ella. Siempre ella. Una escena más, otra vez el encuentro repetido y, sin embargo, el que no se quería dejar de repetir. Sentir sus ojos y su pelo como si fuera la primera vez, sentir la duda lejana de una decisión correcta, de aquellos parpados caídos que lloraban sin demostrar nada, que lloraban un llanto vació de toda tristeza. Ya no quería esperar ningún momento, era una carrera desesperada a una felicidad añorada, una que no quería librar al juego de dados de un dios azaroso. La contemplo, dudoso de si va a durar el tiempo que ahora esperamos. Hay un brillo allí que se apaga lentamente, fundiéndose con el gris de su caído cabello. Miro hacia arriba, no quería esperar nada más, nada más que la lluvia. 
 Una vez más, como una triste rutina. Cada paso que se despega del suelo, empujando la tierra hacia atrás, no hace más que dejar una constante sombra mía. Se que mis pasos ya no dirigen a nada, solo a un pedazo de piedra carcomida por el sedimento y sus letras grabadas. Baldosas, calle, baldosas, calle. Calle. Espero que algo suceda, espero a que su figura cruce desde los dos metros que me separan de su recuerdo en el parque, pero no hay nada. No siento nada, la página se detiene en una sangría interminable. El parque está vacío, pero no es el único. Yo también estoy solo. 
 Una vez más, me repito, solo quiero detener mi mente en un lugar seguro, y descansar. Me levanto con ella, camino con ella, vivo con ella. Me deslizo hacia la puerta, con el ademán de desgaste de aquellas cosas que ya no quieren funcionar.. Puerta, baldosas; baldosas, piso. Con desagradable impotencia caigo sobre el suelo, sobre el mismo suelo que antes pasaba tan rápido, tan liviano. Hoy no, tal vez mañana o tal vez pasado aceptaría la eternidad de mis días, pero hasta el verdugo más severo aceptaría un último deseo. Como la cuenta de los días y las horas, las baldosas llegan a su fin. Veo el parque, veo el pasto.
 

Sobre el último y el primer minuto, sobre ese único y total momento, la lluvia cubrió el parque. No se miraban, no se entendían, pero ellos sabían lo que, por ritual o por rutina, era futuro e inmediato. Lentamente, las figuras se retiraron de allí, a excepción de una. Ella seguí allí, bajo el mismo cielo y con los ojos mojados. Eternamente mojados. 



ProfesorCafe
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