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Juan L. Ortiz; poesía.

Hola, la Taringa actual sólo produce deseos cercanos al homicidio y al vandalismo. Así que qué mejor que compartir un poco de poesía de Juan L. Ortiz...








¿Qué mejor que comenzar con un poema en su voz?



link: https://www.youtube.com/watch?v=72w3LfeREfM



Ah, mis amigos, habláis de rimas...


Ah, mis amigos, habláis de rimas
y habláis finamente de los crecimientos libres...
en la seda fantástica os dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas...

Pero ¿habéis pensado
que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio
de crecida,
desnudo casi bajo las agujas del cielo?

¿Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde “la división”,
despedido del “espíritu”, él, que sostiene oscuramente sus
juegos
con el pan que él amasa y que debe recibir a veces
en un insulto de piedra?
¿Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la que os salva del vacío,
en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
a no ser una escritura de vidrio?

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el
secreto…
Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
que duerme en aquellos que mueren de silencio,
corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento…
Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la
poesía
igual que en un capullo...
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del
amor…









Fui al río...

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!








Otoño

Otros, Otoño, alaben la dulzura
de tu adiós con rosas ¿con rosas o con nubes?
tu melodiosa ruina, la pureza imposible
del rocío que hace tus mañanas tan frágiles;
la tristeza que se desteje en la llovizna,
o la desolación de un atardecer,
quieto y cerrado. Yo, Otoño, sólo quiero
decir la misteriosa música en que flotamos.
Música que no es el rumor desprendido
de las hojas, ni es la voz grave del viento:
es la de tu silencio
que nos lleva y nos trae como hojas perdidas,
hasta dejarnos suspendidos en quién sabe
qué abismos del recuerdo o qué penumbras íntimas.
¿Ocurrirá algo así cuando nos liberemos
nosotros, demorosos de salidas,
sabedores de un mundo ciego y entorpecido?








¡Qué bien estoy aquí...!

¡Qué bien estoy aquí,
a lo largo tendido
del "perezoso", al lado de tu sueño:
tu blancura, otro quieto resplandor bajo la luna!

Las estrellas están
dulcemente solemnes
en un encantamiento de ojos lentos,
y el cielo dice un gris apenas azulado.

La noche murmura como una arboleda
invisible.
Música de grillos,
sutilmente agria,
tan numerosa que es urdimbre tenue.

Un pájaro canta:
¡oh, agua del escondido río
que gorgotea en la noche,
soledad cristalina corrida de frescores!

¡Cómo estará el río!
Sombra obscura de sauces sobre el agua argentada,
quieta como otro cielo engastado y más íntimo,
un rumor que es apenas en follajes azules,
y el canto del cachilo que al paisaje confía
un delgado secreto de brisa y de agua insomnes.








Domingo

El sol y el viento, solos, sobre el pueblo.
Alegría de cal, de callejones últimos
entre un pudor de ramas,
por donde mis paseados, lentos días
salían a suaves campos.
Vecino era del agua y de la luz.


Campanas. Oh, la infancia que era como estas hojas,
gracia viva del aire y los reflejos
bajo la penetrante, mansa mirada de la tarde.








Señor ...

He sido, tal vez, una rama de árbol,
una sombra de pájaro,
el reflejo de un río...


Señor,
esta mañana tengo
los párpados frescos como hojas,
las pupilas tan limpias como de agua,
un cristal en la voz como de pájaro,
la piel toda mojada de rocío,
y en las venas,
en vez de sangre,
una dulce corriente vegetal.


Señor,
esta mañana tengo
los párpados iguales que hojas nuevas,
y temblorosa de oros,
abierta y pura como el cielo el alma.








Otoño, esplendor grave...


Entraste en este día de verano
con tu oro casi fúnebre
infinito y frágil,
que por el campo tiembla como apagándose,
con tus sombras pálidas
y transparentes
que agita un hondo viento pesado de recuerdos,
queriendo ahogar el día
con un rumor obscuro de crecida.






Pesada luz

Mi hijo se duerme aquí,
a mi lado, sobre el pasto.
Y entró en el sueño entre un
lujo agreste de juguetes:
la danza de los reflejos
encendiendo y apagando
un temblor de pececillos
en el agua azul del cielo
de donde surte un ruido
fino y roto de alegría
destrozada no sé dónde. . .
quizá en su misma pureza.

Entró en el sueño mi hijo
entre una magia de flores
que los suspiros de los
ángeles hacen temblar
y llevan de un lado a otro
como en un deshojamiento
de la gran rosa del día
dormida sobre los campos. . .

Entró en el sueño mi hijo
jugando con unos frescos
animalillos que le buscaban las manecitas,
y unos dedos vagos que
le acariciaban la cara
con una suavidad tanta
que parecían morirse
al tocarle las mejillas:

Entró en el sueño mi hijo
mirando el denso follaje,
oyendo cantar los pájaros,
rodeado de mariposas,
acariciado por los
tallos altos y sutiles,
con una brisa ya medio
dormida sobre los párpados.







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