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Jueves de Jazz

Recuerdo el bar, cuando en esa tarde no pude evitar dirigir la vista a la mesa al lado de la ventana. La ocupaban un hombre y una mujer, tal como la última vez que tomé un café en este local, en esta mesa en particular. Se me ocurrió honrar la memoria. Decidí comprar una caja de cigarrillos de la misma marca que fumé y la misma editorial de diario que leí en aquella ocasión. Me quedé expectante a que aquella pareja liberara la mesa.

Pasó cerca de una hora y media hasta que lo hicieron. Fue difícil, admito. La paciencia se puso a prueba mientras intentaba leer el diario con el fuerte viento invernal tratando de descompaginarlo. Me despedí de la gélida escalera de la plaza central y me dirigí al lugar por el que esperaba. Tal y como hace varios años pedí un café doble y dos medialunas. Desde allí tuve una visión general de las otras mesas. En una, dos adolescentes habían dejado morir el calor de sus cappuccinos, el precio por deleitarse con los labios del otro. En otra, tres hombres jóvenes de traje brindaban con whisky, posiblemente alguno había decido entregar su vida a una mujer impulsado por el Eros y sellado aquel trato a través de la liturgia católica. La del centro mostraba a un hombre cuarentón que secaba sus lágrimas, minutos después de que una mujer embarazada se retirara de la mesa.

Paisaje pintoresco, es el humano y sus relaciones. Pensaba mientras una figura femenina se adueñó de mi panorama, favorecida por el recuerdo de aquella vez. Ella era natural, su forma de caminar denotaba juventud a pesar de su edad. En mí siempre había sido todo lo contrario. Imaginando en la reacción que podría causar a las personas que vieran a este hombre alto pero encorvado, de pelo castaño corto y entradas. Una barba de 5 dias que se disputa entre el castaño, el pelirrojo y unas pocas canas. Ojos negros y opacos con un faso en la diestra y una petaca de aguardiente en la siniestra, con la cual acababa de cortar el café. Eso sí, mis zapatos bien lustrados. Un hombre no es hombre si no tiene sus zapatos bien lustrados. Otra vez no pude contener mis deseos de observar un cuadro que me llenaba de una tierna nostalgia. Ella pidió un lemoncello al tiempo que dirigía su mirada a la mía, a los pocos instantes media sonrisa se formó en su rostro.

Decidí pararme y pedirle cortésmente que me acompañara en una charla mientras señalaba la mesa, mi mesa. Ecos de viejas voces sonaron cuando risueña aceptó. El vidrio se había terminado a empañar, eliminando cualquier posibilidad de distracción visual externa. Pero no era necesario. Desde el momento que nos sentamos la conversación era acompañada por sonrisas y miradas fijas entre nosotros. Solo un par de veces me distraje viendo la foto de Cortázar en la parte superior de la esquina. En ese momento empezó a sonar Autumn Leaves interpretado por Chet Baker y Paul Desmond. Era un jueves, jueves de jazz. Me sorprendió que después de tantos años todavía mantuvieran el cronograma de estilos musicales. Todavía no me decido si días como este o los martes de tango son mis favoritos. Le hablé de la situación, de lo que significaba este lugar para mí. Como antes había venido y había encontrado una mujer que personificaba todo lo que se puede buscar en una acompañante nocturna. Como con esta nos habíamos sentado y entre tantas cosas que charlamos le comenté lo que este lugar significaba para mí. Era prácticamente un jazz socio-emocional, detalles improvisados sobre una base y procesos preestablecidos. Al final pedimos la cuenta y nos retiramos juntos por la puerta. ¿Vas a querer algo más o pido la cuenta?

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