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La cañada

Si miras hacia abajo podrás ver “La cañada”. Un barrio bravo, hundido, como escondido de la sociedad, viejo barrio que la tierra quiere tragar. Si miras hacia abajo, sin sentir vértigo por los inclinados escalones y cerrados callejones, vislumbrarás el canal de pestilencias que adorna al viejo barrio de “la cañada”, atravesado por puentes improvisados, y cercado de autos viejos que sirven de refugio a vagabundos y perros.

En aquel lugar casi subterráneo, vive Miguel. Aún adolescente, Miguel cuenta con quince años de duras batallas, de inocentes juegos que han ido formando el instinto de un salvaje perro de barrio. Las marcas en su cuerpo declaran experiencia, su mirada fría clama instinto. Todo en él es salvajismo. Miguel nunca asistió a la escuela, aprendió con su manada de perros hambrientos la ley de la selva a la que llaman hogar. Aprendió a trabajar para comer, a pelear para comer, aprendió que, estar junto con su manada equivalía a vivir, siempre cubierto por todos los flancos. Aprendió a cazar sin ser cazado.

Como todo animal Miguel sentía necesidad de trascender. Él jugaba al amor con una niña un año menor. Daban dulces vueltas en estas triquiñuelas que tiende la naturaleza, embarrándose en el vado pestilente del canal ,respondiendo ella el juego largándole su flor de fango con sus apenas presentes vahos de fertilidad. Tan jóvenes y salvajes, dieron a luz a una pequeña niña. La aún niña que era su madre, sin saber absolutamente nada de la maternidad, aprendió por puro instinto a cumplir con su cargo de madre. El padre, como todo buen perro de caza, mientras la madre amamantaba en su madriguera, salía en busca de comida. Era una vida difícil en aquel barrio, era una vida difícil con esa edad.

Con la mente como una masilla Miguel se dejó amasar y caminó con la manada. Salían por las noches de aquel agujero donde vivían, esperando con cautela, presas a quienes devorar. A falta de dientes filosos, usaban cuchillos amenazadores, con los que rasguñaban a sus víctimas para que ellas mismas se entregaran, sin necesidad de derramar sangre. Actuaban de forma cautelosa, firme, sin titubear, con el sigilo de un felino, con la paciencia de un lobo y sobre todo con hambre, con el hambre que presenta cualquier animal sobre la tierra. De madrugada llegaba la manada con el botín que al día siguiente cambiarían por ropas, enseres varios, comida y vicio. Aquel modo de vida daba frutos, y pronto la pequeña recién nacida hija de Miguel se aferró a la vida con los frutos de la caza. Miguel era un perro insaciable y aprendió a aceptar el placer y rechazar el dolor. Siguió con su juego de amor. Al cabo de un año, su joven esposa esperaba nuevos retoños. Dos nuevos integrantes de la camada aparecieron.

Pasaron los años, etapas de hambruna cayeron sobre la aún joven familia. La familia había crecido. Trece hijos en total, de los cuales once eran niñas, producto de noches en que el placer no podía ser contenido en los cuerpos aún jóvenes. La cacería del padre no colmaba el hambre voraz de las crías.

A pesar de que Miguel se había convertido en un diestro cazador, a pesar de ser un referente en su manada, de ser un macho alpha, de vapulear a todo cuanto se rebelaba en contra de él, de ser el rey del barrio, a pesar de ello, su numerosa familia exigía de él lo que no podía. Pronto todo ese instintivo ser protector, se torno en una explosión de desesperación. Si bien, ya conocía las drogas y el alcohol, Miguel adopto el consumo de estas, como un modo de vida. Ya no cazaba para alimentar, sino para borrarse de la faz de la tierra, hundirse más con su barrio querido que le brindaba protección.

Aquella noche terrible, su mujer le anunció la llegada de otros dos seres al microcosmos llamado “La cañada”, nuevas bocas que inexorablemente clamarían comida. Esa noche Miguel salió al bar, ese lugar salvaje donde los más fieros acudían. Se emborrachó manteniendo consigo el sentido de su presencia en el mundo. Enfadado con la vida gritó: “ me voy a tragar a mis hijos, los voy a matar y me los voy a tragar como un lobo hambriento”. Su locura estaba desatada, los compañeros de manada trataron de calmarle, pero no lo lograron. Miguel salió corriendo, algunos lo siguieron pero perdieron rápidamente cualquier rastro de él. Rápido como un lobo entró a su casa, se escucharon alaridos de dolor, golpes cuyo sonido la carne apagaba, y de pronto un silencio... Miguel salió de su madriguera, con las manos tapando el rostro lanzando gritos de locura, gimoteando y repitiendo “!no, no!”
De pronto, lo impensable. Miguel sacó mostró a la luna su garra afilada, la hundió en sus pantalones a la altura de la ingle... Un aullido terrible.
Miguel murió desangrado a causa de la mutilación de su miembro viril. Muchas veces sus compañeros de manada le decían en tono burlesco cada vez que anunciaba la llegada de un nuevo hijo “!Miguelón córtate la pinga! A ese paso inundarás este hoyo miserable de niños”. Lo que nunca comprendieron es que el último acto de Miguel fue un acto de rebeldía ante esa sociedad salvaje, donde sobrevive el más fuerte, el más macho, una negación al salvajismo.

Así era la vida en el barrio de “La cañada” así como en otros barrios y ciudades, salvajes en si mismas, salvajes en la unidad de su conformación; el hombre, sin importar raza, religión o status social.