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La soledad del escritor.



LA SOLEDAD DEL ESCRITOR.







Quizás una de las primeras condiciones que hubiéramos de asumir cuando descubrimos lo inmenso que significa la lectura primero y la escritura después es que debemos acostumbrarnos a aceptar que seremos seres extraños a los ojos de los demás pues éstos nos verán siempre o casi siempre como personas apartadas del mundo, de sus mundos, solos y solitarios. Y no es así. En mi caso concreto siento que me adentro en todos los mundos precisamente cuando me alejo del mundo de los comunes, o sea: de este mundo también mío de cada día. La soledad bien gestionada y mejor llevada y aceptada implica estar en un mundo presente en cada momento de éste, un mundo diferente si se quiere pero siempre presente en todo momento en la mente del que encuentra en la lectura su mundo y que escribe para sentirse en él y hacerlo saber.

Cuando leemos, en solitario y apartados de todo y de todos, es que salimos de un espacio ocupado por una mayoría para adentrarnos en otro donde solo cabe una persona: tú. Entonces hay silencio, un silencio que te aparta y te envuelve en un estado de no presencia salvo en ese lugar en que has querido entrar a propósito alejándote del mundo real. De la lectura de la novela que leo en este momento "La Casa de los Espíritus" de la escritora Isabel Allende, chilena de nacionalidad - aunque peruana de nacimiento -, uno se sumerge en la historia de la familia Truebas y siente que ésa es, en este caso, la historia de mi propia familia (desde el punto de vista de un pensamiénto psicológico nosotros los canarios nos sentimos más íntimanente ligados al pensamiento de los sudamericanos que los propios españoles, razones históricas, morales, sociológicas y culturales así lo han comprobado y aprobado, por eso las novelas de todos sus grandes escritores y novelistas son mejores aceptadas, comprendÍas y leídas en Canarias que en la propia Espña). El momento de la escena en que Severo del Valle está delante del cadáver de su hija Rosa es ese momento en que en mis recuerdo de niño me veo delante del ataúd del cadáver de "la tía Juana", un personaje real y siniestro en la historia de mi propia familia, o mejor dicho de la historia de mi madre ya que todo empezó setenta años antes de nacer yo.

El momento en que Severo del Valle se encuentra delante del cuerpo de su hija y lo que leo a continuación - y sabiendo que los hechos se suceden en El Perú profundo, me inspira sensaciones profundas las cuales se pueden percibir solo si se está en soledad, en ese espacio del tiempo en que los recuerdos pueden pasear tranquilamente por la memoria del tiempo sin que encuentre obstáculos donde detenerse; de ese momento de Severo del Valle y de su pensamiento entonces me salen estás palabras.

Las palabras del alma es como esa
pequeña sombra silenciosa que lo
remueve todo con la ternura del
corazón...es la dignidad del
dolor.

La tarde que leía esta novela fue precisamente aquel día en que precisamente le adelantaron una hora al horario solar, se había hecho la noche una hora antes del mismo día aunque la hora fuera la misma: a las seis de la tarde ya era casi oscuro. Esa tarde llovía, (alguien muy concreto que está leyendo estas palabras sabe muy bien qué es y quiere decir la lluvia en mi vida), y yo esperaba ansiosamente una llamada, un encuentro. De todo ese estado de cosas, pensamientos y sentimientos por una parte la novela, por otra la lluvia, por otra la espera y la oscuridad adelantada y en ese momento de soledad elegida me nació este poema que de no ser por esto que he tratado de exponer, lo de la soledad del escritor, dudo de que pudiera darse, al menos de la manera en que lo he sentido y lo he podido plasmar.
Esto es el valor de la soledad del escritor.

La tarde se volvió olvido y así ciega
la voz se volvió distancia. Las
nubes allá en el horizonte
besan la cresta del
mar. Habrá
lluvia y sonrisas lejanas,
como lejano está
el eco de tu
voz.




DE: Manuel, África.

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