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Las alas de un ángel





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LAS ALAS DE UN ÁNGEL


A veces, me siento empujado al abismo de la inconsciencia... Un demonio parece querer apoderarse de mí, y yo sólo me dejo arrastrar. Él no puede ir más allá de cierto punto pero, hasta ese punto, puede hacer lo que quiera. Me nubla la mente, me enloquece, y para cuando empiezo a poder controlar ese impulso destructivo, ya lastimé a mucha gente o, por lo menos, la hice enojar.

Me pregunté, muchas veces, a qué se debe esto, por qué yo me dejo llevar tan lejos por este demonio, por qué no lo controlo en el acto, antes de que me haga hacer cosas. Y sólo encontré una respuesta en mi falta de convencionalismo. Los demás están atados a ciertas reglas y esas cuerdas que los sostienen son lo que una camisa de fuerza es para un loco: algo que les permite no hacer daño, si pierden el control. Yo corté mis cuerdas hace tiempo, y eso me hace ser libre, pero también vulnerable a mis propios impulsos.

Aunque nunca fui tan lejos como para ser verdaderamente destructivo, siento que, a veces, excedo los límites de lo razonable y soy como un niño enojado que arroja sus juguetes al fuego. Así de desprendido soy con todo, incluso con las relaciones personales. Y soy de los que creen que, para construir algo nuevo, puede ser bueno destruir por completo lo que había antes. No es una necesidad material, es algo emocional. Porque tenemos la tendencia a apegarnos a un pasado que ya no guarda nada de valor para nosotros, a cosas que una vez sirvieron pero ya no nos sirven, necesitamos una destrucción total de los símbolos de lo que ya pasó, echando agua sobre las cenizas, para asegurarnos de que el fuego no volverá a encenderse.

El mundo nos parece torpe y doloroso, una montaña de cadáveres que piden justicia o piedad. Vemos una procesión de seres fantasmales, pidiendo perdón. El daño que hacen no se puede neutralizar, y yo soy un inofensivo ser de la luz, al lado de esos monstruos aberrantes. Piden perdón, pero no lo sienten. Yo lo siento, y eso que jamás atravesé los límites más básicos del afecto humano. Ellos hacen más daño que yo, pero no lo lamentan. Ellos se dejan llevar, pero no ya como seres descontrolados, sino con el frío cálculo de una máquina o con la naturalidad de quien arranca una cabeza como si tomara una fruta de un árbol. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hace que el mundo sea así? ¿No se puede comprender fácilmente la caída en el delirio de un alma desgarrada por la angustia, por la tristeza de ver que el Cielo está cada vez más lejos de este lugar? Se nos promete el bien, pero el mal está ahí, llegando hasta el último rincón, destruyendo, deformando, pudriendo, desgarrando, desgastando todo lo hermoso. Y, frente a la indiferencia y la resignación total de los seres humanos, el alma sensible lo percibe como el fin.

El amor es la luz entre toda esta oscuridad.
Ahora, lo entiendo.
Dios envía a sus ángeles a cuidar a las personas y enseñarles el camino.

Si todo a tu alrededor está mal, podrías desesperarte y convertirte en uno más, jugar con las nuevas reglas del juego, intentar encajar en el mundo que hay. Pero ¿qué pasa cuando no se puede? ¿Qué pasa cuando tu corazón se rebela contra todo eso y no quiere abandonar su primera causa? Ángel, caíste del Cielo, veloz como un meteoro, arrojado hacia la Tierra. El Reino del Mal te atormentó por mucho tiempo, te hizo saber que no eras perfecto, que también tenías algo de maldad, que no eras puro... y, quizás, si todo dependiera de tu parte racional, hubieras cedido, como todos. Pero hay cosas que se llevan gravadas en el alma, que pertenecen al núcleo de lo que somos, y tú eres un ángel, no un demonio, ni un humano. Tú debes, tú quieres, darle nacimiento a un jardín, en este campo de estiércol. Está en tu naturaleza desearlo.

Si las cosas andan mal, entonces haz la diferencia. Dios no envió a los ángeles para que sufran con el resto de los humanos o se hundan en la depravación. Ellos son la fuerza regeneradora de la vida, los emisarios de la curación. Ellos son los que está buscando la gente, cuando se lamenta y llora por la maldad del mundo, por el hambre, por la desdicha, por la infelicidad. Ellos no son parte del problema, son la solución. Deja fluir tu energía angelical, y la vida florecerá a tu alrededor.

Entonces, me quedé pensando en las alas de los ángeles. Siempre los pintan con alas, y todos se imaginan que ellos son seres alados, en verdad. Pero, ¿y si fuera una metáfora? ¿Qué querría decir? Un ser humano solamente puede caminar, está limitado a su elemento terrestre. En cambio, un ángel, por tener alas, puede desplazarse a mayores distancias y de distinta forma. Ésa es toda la diferencia. Siendo un símbolo, una metáfora, se tiene que referir, necesariamente, al aspecto emocional, a lo psicólogico. Y, evidentemente, hay pocas personas que tienen esa libertad de sentimientos y siguen siendo buenas. Una persona destructiva, por ejemplo, puede tener una aparente libertad por las cosas que hace, pero no se eleva, sólo quiere estar en el mundo y enterrarse más en él. Por eso, al Diablo se lo representa como un ser que vive en las profundidades de la Tierra y sin alas. En cambio, los ángeles, vuelan por el Cielo. Se los imagina en las nubes y entonando dulces canciones, que alegran a los demás. Todo es simbólico, por supuesto. La metáfora tiene sus límites, pero nos facilita el entender muchas cosas.

Vuela, hermoso ángel.
Dale esperanzas al mundo y trae la felicidad.
El Cielo está cerca, si estás con nosotros.
Quedate siempre a nuestro lado.










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