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Las muertes de escritores mas extravagantes

LAS MUERTES DE ESCRITORES MÁS EXTRAVAGANTES





Hace tiempo dediqué un artículo a las muertes más extrañas de los filósofos de la Antigüedad. A la vista de tanto derroche de imaginación a la hora de morir casi se podría decir aquello de que «como se moría antiguamente no se muere ahora». Pero los escritores, animales creativos por naturaleza, demuestran en algunas ocasiones tener una capacidad de inventiva más que sobrada para marcharse de la vida por la puerta grande. Y es que algunos finales son más insólitos que cualquier ficción nacida de la mente de un escritor. A continuación, algunas de las muertes de escritores más extravagantes.

Conforme nos alejamos en el tiempo los testimonios que tenemos se confunden con las leyendas. Por ejemplo, se dice que en el 456 a.C. Esquilo murió cuando un águila dejó caer una tortuga y le golpeó en la cabeza. La historia, por supuesto apócrifa, dice que el águila estaba buscando un lugar para romper la cáscara del animal abierto dejándolo caer y confundió la cabeza calva del dramaturgo con una roca. Así mismo, Li Bai ‒también conocido como Li Po‒ se ahogó en el río Yangtze en el 762 tratando de abrazar el reflejo de la luna. El poeta, que estaba borracho, se inclinó sobre el agua y vio el reflejo de la luna. Al intentar alcanzarlo se cayó por la borda y se ahogó. Esta historia se acabó convirtiendo en una leyenda china.

Si avanzamos algunos siglos en el tiempo nos encontraremos a Sir Francis Bacon muriendo de neumonía por empeñarse en hacer un experimento de conservación de la carne y salir en mitad de una tormenta para rellenar un pollo con nieve. O con Daniel Defoe, que murió en extrañas circunstancias mientras se escondía de sus acreedores. O, por comentar una muerte más conocida, con Molière, que murió tras un ataque de tos mientra interpretaba una de sus obras. Irónicamente, El enfermo imaginario. Molière, que padecía tuberculosis desde hacía años, acabó la función y murió.








Nikolái Gólgol estuvo obsesionado durante una buena parte de su vida con la muerte, una inquietud que se fue convirtiendo en pánico a medida que pasaba el tiempo y el momento final se acercaba. En concreto le aterrorizaba con la idea de ser enterrado con vida, así que los últimos diez años de su vida nunca durmió acostado, por miedo a que pensaran que había fallecido. En una carta que envió a un amigo le pidió que solo lo enterraran cuando su cuerpo empezara a mostrar signos evidentes de descomposición. En los últimos años de su vida su estado mental se había deteriorado bastante. Cayó en una depresión aguda, que le llevó a quemar algunos de sus manuscritos la noche del 24 de febrero de 1852. Pocos días después dejó de comer por completo y falleció como resultado de pasar nueve días de ayuno.




Julien Offray de La Mettrie es uno de esos escritores de la Ilustración que también ejerció de médico y de filósofo. La Mettrie murió a causa de una defensa absurda y exagerada de sus convicciones. Y por un empacho, todo hay que decirlo. Este autor francés proponía que el objetivo de la vida estaba en dejarse llevar por los placeres de los sentidos y que la virtud se reducía al amor propio, además de defender el ateísmo como la única manera de conseguir la felicidad. Agradecido a La Mettrie por haberle curado de una enfermedad, embajador de Francia en Prusia, celebró un banquete en su honor. La Mettrie quiso demostrar la importancia de los sentidos y se dejó llevar por la gula. Comió tanta cantidad de paté de trufas que le provocó una fiebre de la que ya no se recuperó. Los enemigos de La Mettrie usaron su muerte para demostrar los peligros del hedonismo ateo.

Aunque la muerte de Mark Twain no fue extraña ‒murió de un ataque al corazón‒ sí lo fue una de las circunstancias que rodeó a ese momento. Tanto el nacimiento como la muerte del escritor norteamericano, 74 años más tarde, coincidió con la visita del cometa Halley a la Tierra. Curiosamente, Twain había predicho que así pasaría. «Me iré con él», había dicho refiriéndose al cometa, y así fue, la tarde del 21 de abril de 1910.




He querido dejar fuera de la lista a los escritores suicidas. Al fin y al cabo, quitarse la vida uno mismo en principio no parece tener nada de original. Aunque con el poeta ruso Serguéi Yesenin, muerto el 27 de diciembre de 1925 en el hotel Angleterre de Leningrado, bien podría hacerse una excepción. Es cierto que murió ahorcándose en las tuberías del techo de su habitación, como tantos otros escritores, pero antes de hacerlo escribió uno de los textos más singulares y macabros de la literatura. Se trataba de un poema a modo de despedida, aunque con la singularidad de que fue escrito con la sangre de su propia muñeca. En él empezaba diciendo: «Adiós, amigo mío, adiós / tú estás en mi corazón. / Una separación predestinada / promete un encuentro futuro». Ni que decir tiene que Yesenin era alcohólico y tenía serios problemas mentales.






A Tennessee Williams lo encontraron muerto el 24 de febrero de 1983 en el Hotel Elysse de Nueva York a la edad de 71 años. Perdió la vida al atragantarse con el tapón de un tubo de medicamentos durante una borrachera. Al intentar abrir un bote de barbitúricos con la boca se tragó el tapón por accidente y se asfixió. Desde comienzos de la década de 1960 la dieta de Tennessee Williams empezó a basarse en dos paquetes de cigarrillos, una quinta parte de licor y un puñado de pastillas cada día. A este ritmo todo hacía presagiar que sería esa combinación lo que le llevaría a la tumba. Y lo hizo, pero seguramente como nadie esperaba que pasara.



Algo parecido le pasó a Sherwood Anderson. Durante un crucero a Sudamérica empezó a quejarse de fuertes dolores en el abdomen. A pesar de ser tratado en un hospital de Panamá la molestia se fue agravando y se complicó hasta convertirse en una peritonitis, que finalmente acabó con su vida. Tras su muerte le practicaron la autopsia y descubrieron que se había tragado un palillo de dientes, posiblemente de algún martini o de algún canapé que tomó a lo largo del crucero. Lo curioso es que él mismo no fuera consciente de haberse tragado el palillo que lo llevó a la tumba. Una tumba, por cierto, en cuyo epitafio puede leerse: «La vida, no la muerte, es la gran aventura».






La muerte de Scott Fitzgerald es bastante conocida. Con una salud muy deteriorada por el alcohol, Fitzgerald sufrió un ataque al corazón el 21 de diciembre de 1940 en el apartamento de Sheilah Graham en Hollywood. Lo que no es tan conocido es que su muerte tuvo como consecuencia indirecta la muerte de otro escritor, Nathanael West. Al día siguiente de fallecer Fitzgerald, West conoció la noticia y quedó muy conmocionado por la muerte de su amigo. Tan aturdido estaba que mientras conducía, junto a su esposa, se saltó una señal de stop y se produjo un accidente que se cobró la vida del matrimonio.


Para terminar, un par de muertes más. La del poeta Dan Andersson, que fue envenenado en 1920 por cianuro el hotel Hellman en Estocolmo debido a una fumigación; y la del crítico musical y escritor Gustav Kobbe, a quien le cayó literalmente un avión encima mientras navegaba en su barco ‒en concreto un hidroavión que descendía para aterrizar‒.
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