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Las pinturas más oscuras para los humanos más inadaptados

La soledad no se padece; se vive, respira, disfruta y encuentra hasta en los detalles más simples. Incluso, por muy contradictorio que se escuche, ésta se comparte, se emana y se reparte ante los que están cercanamente distantes. Ese aislamiento que resulta tan exquisito, tan propio, se puede convertir con rapidez en oscuridad; una sombra que todo lo cubre y que atrapa cualquier intento o persona fuera de esa sincronía melancólica. Para quienes amamos la sensación del retiro, quizá no haya mejor evento a nuestro alrededor que ver cómo un día nublado ejerce su poder sobre los demás, cómo la noche da la bienvenida a las rarezas ajenas y cuáles son los instintos salvajes que desata un pálido rostro desencajado en medio de una reunión.



Adorar la separación es ser, con seguridad, un poco inadaptado. Es abrazar e inclusive dramatizar en lo “otro”, moverse en las rutas de lo distinto, ya sea como una auténtica pulsión o una creación histriónica, para no estar en compañía de los demás innecesariamente. Andar por una vía tenebrosa –en el estricto sentido de la palabra, como lo propio de las tinieblas– es el aceptar de la alienación, es consumarse deliciosamente en la quietud y la incomunicación.



No es extraño que esa pasión por el autoabandono nostálgico se halle, entonces, en la obra de Edward Hopper; el reflejo de todo eso que sentimos y también privamos en nuestro entorno se posibilita muchas veces en el arte, pero nada como lo expuesto en los cuadros del norteamericano que nos demostró la tranquilidad nocturna de las personas que son justo como nosotros. Probablemente él no lo haya procurado conscientemente de tal manera; de hecho, en repetidas ocasiones Hopper se pronunció en contra de ser catalogado o estigmatizado con un tema tan revisitado como la soledad.

Sin embargo, con el paso de los años y el desarrollo de su trabajo, las pinturas que produjo fueron fácilmente ubicadas en ese eje. Situación un tanto equivocada, pues sus intereses estaban enfocados en otro tipo de retrato, mas no pudieron escapar del ojo que encuentra la nostalgia en toda forma y en cualquier carácter. Los cuadros de Hopper se han mantenido en nuestra historia contemporánea, sobre todo por el afán depresivo de algunos.



Y no está mal; no hay error en ello del todo. La pintura de ciudad que generó el artista americano conlleva un poco de este espíritu; su búsqueda visual y su registro plástico perseguían la situación de lo humano frente a lo material, de lo frío ante lo espiritualmente cálido, de la vulnerabilidad al ser visto en concordancia con brutalidad de observar. La escena urbana a cargo de este creador fluyó por las sendas tapiadas de la comunidad para demostrar la insoportable exposición que implica la edificación moderna o contemporánea en las fragilidades del hombre.

Obviamente, Nueva York fue uno de sus escenarios primordiales para evidenciar dicha situación. La mirada de Hopper procuró siempre un placentero y gentil, pero no por ello menos áspero aislamiento en el alma y los trazos de su producción. No olvidemos tampoco que esto facilita una perspectiva más estilizada del voyeur, ya sea en la composición de la pintura o en la experiencia del espectador.

Retomemos, por ejemplo, algunas de sus producciones más famosas y que pueden dar fe de lo anteriormente descrito.

“Summer Interior” (1909)



¿Dónde está situado el protagonista de este cuadro? ¿Acaso somos nosotros, aunque también existe la posibilidad de ser un hombre o una mujer en la ventana? ¿Ese sujeto voyerista observa un qué o admira a un quién? No lo sabemos. ¿Será un silencio postcoito, una escena de violencia o una intromisión del transeúnte? ¿Será una chica devastada por la pérdida?


“Morning Sun” (1952)



No hace falta la oscuridad natural para sentirse solo; la luz solar se puede convertir en un fenómeno sombrío de reflexión, como vemos en este trabajo, y generar un juego de sombras o cegamientos imperceptibles para los demás.


“Cape Cod Morning” (1950)



Esperar es un acto constante en el alma nostálgica. Qué y cómo, no se sabe, pero esa insatisfacción de las no-llegadas se puede convertir en una adicción difícil de solucionar en la personalidad de quienes vivimos en la exquisitez de la soledad. Vivimos para continuar aguardando y cuidar la propia desilusión.


“Hotel Room” (1931)



Al borde de una cama suspira el cansancio. La escala en que fue realizada esta pintura, ambiciosa en todo sentido, también da cuenta de la simplicidad geométrica con que el sentimiento humano puede alcanzarse en la pintura. ¿Qué lee esta mujer? Al parecer nada. Posiblemente es aun más devastador el vacío de una carta que debe escribir.


“Night Windows” (1928)



Ya entrados en el plano citadino que caracterizó a Hopper, podemos encontrar estas tres ventanas que causan tanto asombro como escalofrío e intriga. El sujeto que observa, que una vez más puede ser cualquiera de nosotros, se halla ¿flotando en el cielo?, ¿en el edificio contiguo, en el tren elevado? Cual sea el caso, la no conexión de la mujer en su intimidad con el ser externo da muestra de la soledad que el silencio moderno propicia.


“Automat” (1927)



La ciudad, tan llena de luces y velocidades sin parar, nos guía a ese estado de desconexión en que el aislamiento, la renuncia a todos, sólo exige sobrevivir. Dejar que el tiempo corra mientras se platica con uno mismo en el fondo de una taza con café.


“Room in New York” (1930)



La tipicidad de una escena, mas no su vacuidad o burda repetición, hizo de Hopper un maestro para el retrato de lo cotidianamente conmovedor. En la soledad y ajetreo de la ciudad, en una habitación de hotel o un hogar cualquiera, la incomunicación invade incluso el espacio familiar. Rompe con cualquier vínculo necesario.


“Nighthawks” (1942)



Por supuesto, no podíamos dejar fuera a la que es, seguramente, la obra más famosa de Hopper. Inspirado en una cafetería de Avenida Greenwich, el artista estructuró un lugar común como si fuera un sitio de exhibición, un espacio sin salidas ni conexiones con el exterior, sólo un cristal que posibilita su publicación. La separación entre ellos y con el espectador mismo son retrato fiel del respeto o la indiferencia que suscita la urbe.


La cristalización de la soledad y la materialidad efímera de la ciudad son dos elementos centrales en la oscuridad de Edward Hopper; tiniebla que a veces gozaba de luminosidad, en ocasiones disfrutaba de las marquesinas y la niebla nocturna de una urbe. Todo esto, estructura básica para los mecanismos necesarios de la inadaptabilidad, de la exclusión autónoma que se requiere para ser angustiosamente feliz.
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