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Las sombras de los arboles rojos. (Escrito propio)

Las sombras de los arboles rojos.
Nada más se podían escuchar las gotas de lluvia caer sobre la acera, eran como millones de apuñaladas en los oídos del viejo discípulo del demonio llamado Charlie.

Él era un hombre normal con un terno gastado por el tiempo de uso, puesto que él se ponía la misma ropa todos los días, un reloj de plata falsa el cual no funcionaba pero siempre marcaban las cuatro en punto, sonrisa singularmente deforme, ojos pequeños, botas negras como sus ojos y un pedazo de cuerda vieja que le recordaba algo que no había hecho jamas.

Él curiosamente se paraba todos los días a mirar a las personas pasar una y otra vez, no hacía nada más durante todo el día, sólo miraba y anotaba algo en su pequeño cuaderno en completo silencio.

Todos lo miraban sin darle importancia, sólo era un títere de color rojo para las personas, un estorbo más en el camino, el cual llenaba un espacio vacío en un mundo vacío, un perdedor sin futuro y el peor de todos los hombres que ha sobrevivido a la guerra. Pero, en su cabeza solo se guardaban recuerdos de los golpes torcidos que le daban su papá cuando era un niño de nueve años, o los puñetes firmes que sus compañeros de clases le daban todos los días al salir del instituto. Él sólo tenía odio en su mente.

Hasta que un día ese odio se transformo en amor, cuando la miró por primera vez.

Cristina era una chica dulce, con su cabello café perfectamente peinado, complexión física delgada, uñas cortadas perfectamente, sonrisa encantadora, ojos grises como el cielo de la ciudad del demonio, zapatillas rojas y un vestido blanco que le llegaba hasta más allá de la rodilla.

Ella siempre caminaba por las mismas calles donde la luz aún existía y los hombres podían dedicarse a soñar, siempre totalmente lejos del centro y de claramente de personas "normales" como Charlie.

Hasta que ese doce de abril de hace cuarenta años, cuando ella decidió correr el riesgo de perderse en el centro para comprar un nuevo par de zapatillas rojas en una tienda nueva y extranjera. Ella se sintió perdida por más de quince minutos entonces preguntó a un hombre quien no le respondió.

Ella iba perdida por más de media hora y en medio de la multitud Charlie la vio asustada, como un pequeño cachorro sin saber donde está su hogar. Él casi nunca sonría pero esta vez su sonrisa fue natural y ella pudo ver claramente al hombre que sonría entre tantos hombres que sólo querían correr rápido para no perder el autobús. Fue entonces cuando ella se acerco a él y le pregunto si sabía donde estaba esa famosa tienda extranjera. Él simplemente no sabía donde estaba pero decidió acompañarla a caminar por el centro.

Ellos dos se quedaron callados por un largo tiempo, sin tener nada que decir se miraban disimuladamente con timidez, casi ni se acercaban mucho, pero con cada paso más que daban se perdían más en una espesa neblina azul.

Suspiraban realidad, fantasía o ilusiones pasajeras, pero sin saber a donde ir se sentían seguros, no habían palabras que describan lo que sentían adentro suyo, y solo fueron cinco minutos con doce segundos, cuando él decidió desviarse del camino bueno. Cogió firmemente la mano de Cristina y comenzó a correr colina abajo sin mirar atrás, solo se detuvo cuando llego a la orilla del río.

Acostados abajo de las grandes sombras de los arboles rojos, ellos dibujaron con su mente millones de monstruos, crearon historias sin finales, personajes sin cabeza o ángeles caídos. Parecía que se encontraron en un mar de ideas vagas que suspiraban realidades no vistas por los otros. Ellos se embarcaron en una balsa mirando un destino el cual era claro, sin darse cuenta desaparecieron en alta mar y al abrir los ojos nada más se miraban a ellos mismos en el reflejo del agua que los rodeaba.

Ellos miraban sueños independientes, hijos con grandes dientes blancos, casas del porte de un estadio de fútbol, autos lujosos color rojo, joyas o televisores gigantes como la luna. Parecía que todo era perfecto mientras ya no se escuchaban gritos en la ciudad del demonio, sólo pequeñas voces hablando del pasado y otras sobre un futuro incierto.

Entonces se miraron sin parar durante largas horas, días, meses y años, parecía que ellos no cambiaban jamas, siempre zarpaban desde la orilla del río hasta alta mar y se perdían en sus fantasías que sabían a realidades perdidas.

Cada día se miraba en la misma esquina, sin pronunciar ninguna palabra parecía que se conocían más y más. No parecía tener limites nada sobre ellos, todos los miraban sin saber porque Cristina andaba con él, un chico tan ordinario que no era nada especial para nadie. Pero para ella era el único que conservaría su fantasía hasta su muerte.

Cada día sin darse cuenta las pequeñas voces se fueron haciendo grandes gritos que no parecían tener final, cada momento que pasaba la ciudad que un día fue clara se volvía un lugar oscuro donde los hombres caminaban con miedo a los otros, en donde las armas parecían ser la única forma de comunicarse y ellos dejaron de ver poco a poco el mar o la orilla del río y hasta los grandes arboles rojos se volvieron negros.

Las figuras, leyendas o pensamientos se iban borrando, parecía como si despertaran de un largo sueño y miraran como todo se cae poco a poco sobre ellos. Cada hora que pasaba ellos se miraban perdidos entre millones de ojos que los observaban y criticaban. Se rompieron sus sueños y ahora caminaban divagando sin saber a donde más ir.

Hasta que Cristina flotaba lentamente por un mar de sus ilusiones muertas. Ella sin vida Charlie se pregunto muchas veces, ¿Qué hacer? Pero sin respuesta busco entre millones de palabras una respuesta.

Pasó mucho tiempo, pasó corriendo y ahora él está sentado en la cima de la ciudad mirando con odio y en silencio como siempre a la ciudad del demonio caer en sus manos blancas, esas manos de un asesino verdadero que cuando encontró la forma de salir de la realidad quiso acabar con ella para poder seguir recogiendo grandes experiencias en su mochila rota en donde guardaba sus recuerdos más pequeño y más valiosos.

Escribiendo en un papel él dejo una nota para ella:

¡TODO AHORA ES UNA RUTINA!

Fueron los más pequeños suspiros de realidad,
lo que me hicieron pensar que no podía encontrar libertad.

Construir miles de muros alrededor de la ciudad,
para que todos vean más allá de su superioridad.

No somos esperanza, sólo somos hombres ordinarios, caminando hasta el fin.


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