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Mal (confesión social)



Mal, mal, mal. Quedarse despierto cuando hay que dormir está mal. “Cuando tengas que trabajar para conseguir lo que lleves puesto, lo vas a valorar como se debe”. Y ese momento no llegó -por desgracia- todavía.
Lo que cuesta caro... cuesta caro... y nada más; no deja de ser algo que uno quiera. Y como buen consumidor hay que darlo todo por algo que uno quiere, de otra manera el vacío sería demasiado notorio para cualquiera y -madre mía-, ¿qué pasaría? Tiemblo de solo pensarlo.

Me quedé hasta esta hora para contarme que estoy bajo los efectos de un mal que todavía no logro nombrar, aunque bien podría describirlo: no puedo dejar de posar en público.
Me encontré a mí mismo, esta tarde, en el colectivo, como si estuviera en un casting, o como extra de una publicidad, o como el protagonista (dependiendo de lo que marque el “egómetro”), pensativo, mirando por la ventanilla (al menos eso aparentaba... Aunque sí, pensaba en que parecía estar pensado otra cosa)... Me aburrí y me puse a leer pero... ¡oh, sorpresa!, también posaba para leer... en definitiva, descubrí que puedo hacerlo en simultáneo con casi cualquier actividad común en la vía pública, sin ser encerrado en un destacamento policial ni en un instituto mental... al menos por ahora.
Lo más fácil es hacerlo al caminar. Cuando se camina es facilísimo posar: la mirada perdida, el paso quedo y retardado (todos están apurados al bajar del colectivo, así que bajar último, por ejemplo, o caminar un poco más lento, porque sí, ya llaman la atención)...
El cigarrillo espera... Ahora sí, al llegar a la esquina, se mira a ambos lados, se palpa todos los bolsillos y, al final, se saca el atado, se toma un cigarro, se pone en la boca (nunca en el centro, siempre ladeado, sujetándolo por la orilla del filtro, casi con la parte exterior de los labios), se toma el encendedor, se ladea la cabeza y, cuando la llama da en el extremo, se levanta la vista por sobre la mano ahuecada que hace de pantalla para el viento, se da una larga y lenta pitada y, como pasa con el mate, se escupe la primera, solo que al aire, creando una gran nube blanca. Entonces, se da una pitada más corta (esta sí se traga), se larga el humo (más liviano por haber salido, diezmado, de los pulmones) manteniendo una expresión de sosiego y placer, de tranquilidad, de estar por sobre todo, abstraído, sin problemas, intocable por el mundo frenético de personas y autos corriendo a sus trabajos u ocupaciones, tocando bocinas o gritando, algunos maldiciendo para adentro, y otros en voz fuerte y clara. En ese momento, recién en ese... se está en condiciones de seguir caminando, cruzando la plaza, si fuera posible, mirando distraídamente el entorno y cada tanto los pájaros que merodean, o solo el cielo que les sirve de contraste. Si la casualidad lo quisiera y se tratase de un día soleado y limpio (no es necesario que sea primavera), todos los efectos visuales se verán aumentados y perfeccionados.
Pero hay también otros momentos para posar. Pongamos por ejemplo la espera del colectivo... ese es genial. Me voy a limitar a describir algunas posibilidades, porque dependiendo de dónde se espere habrá mil maneras de hacerlo... Baste en una esquina, céntrica, hay ahí un palo de luz, o un caño que sostenga un cartel; pues bien, este objeto nos resultará carísimo... A la manera de las bailarinas, solo que infinitamente más sutil, más lento, se puede adquirir gran cantidad de posturas con la ayuda de este valioso objeto. La clásica apoyada de hombro mientras se baja la cabeza y se revisa vaya a saber qué canción, mensaje, aplicación, fondo de pantalla, conversación... o nada del celular. En caso de dispositivos táctiles... todo se extrema. Cada movimiento perpetrado por la puntita del dedo-pincel constituye un arte que llevaría otros diez siglos inventariar...
El caño, decíamos, o el palo -lo mismo da- si está sucio, mejor: si se quiere demostrar distinción y delicadeza, uno se alejará ni bien comprueba la suciedad (que puede ser un simple polvillo), ofendido, sacudiéndose suavemente el hombro, mirando en detalle que se haya sacado, renegando en silencio, con los gestos, por la barbaridad del medio donde, desgraciadamente, ha tocado vivir; si, en cambio, rudeza, uno se alejará exaltado, haciendo ademanes y maldiciendo sonoramente, dándose fuertes golpes, sin dejar nunca de expulsar las malas palabras, aún entre dientes, pasado un tiempo, cuando se recuerde el inconveniente, pero nunca después de la llegada del colectivo; también está el caso de mostrarse natural, hippie urbano, aquí debería ignorarse por completo la mugre, posibilitándose además sentarse sobre la vereda y usar el caño de respaldar, no atendiendo nunca la relación de la superficie de la totalidad del cuerpo con el medio, pues se tratará de una misma cosa; si quisiera mostrarse un gimnasta se usará para elongar los brazos, o las piernas, o la espalda, según después de qué ejercicio se hubiera ido a la parada, y por qué no, probar sostenerse de él y elevarse con la fuerza de los brazos, manteniendo el calor y el rigor del ejercicio aún después de finalizada...
Hay poses esperando en cada rincón de la cuidad. Si se toma un café, si le lee un diario, si se espera a alguien, si se almuerza, si se mira a hijos y/o sobrinos jugar...
Hay un mal que me afecta profundamente -aunque no creo estar tan solo-: esta pose urbana y viral, que me lleva a mostrarme así ante los demás, a confundir quién soy y qué carajo estaba haciendo acá.


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