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Maldito

Mientras divagaba por la noche fría de Lima, me acordé de la primera vez que le di un beso. Casi otoño, casi invierno, en su casa, en su puerta, con los labios que había deseado desde hacía tanto tiempo que se me hacía tan corto, pues era el tiempo en que la había conocido y el tiempo en el que la había amado. Su cabello, negro como sus ojos y su alma, siempre me fascinó hasta casi volverme loco con el tiempo y los años no hicieron si no transformar la locura en destello de conciencia, pues la perdí y jamás la volví a hallar. La busqué entre arbustos frondosos y piedras puntiagudas. La busqué entre las olas y la tierra, entre las cumbres y valles de mujeres cuyos nombres no recuerdo, y su alma y su aliento permanecieron encerrados bajo el olvido que no se olvidaba nunca. El rojo que ella era ahora palidecía con mis lágrimas y mi llanto y el alcohol y los cigarros y la música y mi llanto. El primer beso fue así, un beso desesperado como mis ojos cuando la veían a ella y tierno como lo era yo cuando escribía palabras cuerdas y no sinsentidos y sinsaberes. Sus piernecitas apenas sujetaban su cuerpo y su boca era comida y saciada por mi saliva. El canto de la noche se iba haciendo más intenso mientras mis manos tomaban las pequeñas suyas y ella me decía que debía detenerme pues no era amor lo que sucedía en ese momento. Ella no sabía besar sin amor y ella no me amaba y quizás nunca lo hizo. Pero yo besaba, amante o no, con furia y rencor. ¿Qué es el amor? El amor no es más que el viento, por que sopla por un momento y luego de despeinarte y destruirte se va como vino, volando. El amor no es nada, el amor dura un segundo. Pero yo la amaba creo. Y la deseaba como jamás desee a nadie. Y oía sus gritos mientras aprendía a usar mi cuerpo y ella oía mis gritos mientras se daba cuenta de cuál era su motivo en esta tierra. La arena no impidió jamás que el ápex floreciese y en un momento en que el tiempo pareció unirse en nuestros caminos, se liberó nuestra carne y nuestro sudor y seguimos vagando por las calles de Lima, las calles sucias, las calles olorosas donde tomados de la mano prometíamos palabras vanas y vacías. Como es que se fue su olor de mi pecho jamás lo supe, así como jamás supe su nombre, yo solo sabía el color de su pelo, el de sus cabellos y el de su vestido. Rojo. Ella era rojo. Rojo como el sol a punto de estallar y con él mis esperanzas de escribir más que nimiedades. Es difícil hacerlo sin inspiración y el sol es mi inspiración, su alma está unida a la del sol como la mía a la suya y hasta que no expire la Maga jamás podré escribir como él lo hace. Mientras seguíamos caminando por el puente veíamos las estrellas y nos maravillábamos ante la eternidad que se cernía sobre nuestras cabezas unidas en un nuevo beso. Ella iba a volar muy pronto y yo me quedaría en el suelo, pero el segundo beso me hacía olvidar de que éramos seres terrenales, nada más que carne, hueso, pellejo, sangre y corrida. El pasto nos enseño a vivir y la piedra nos dio cobijo y escondite y entonces ella, ebria de vino y de sexo me golpeó y siguió dándome puntapiés. La sangre brotaba de mi boca, sangre roja como ella, y le di un beso así, lleno de sangre y tierra. Después, muchos años después, ella habría de hacer lo mismo conmigo y volví a sentirme vivo, vivo como solo se puede ser en el sufrimiento, el sufrimiento que educa. Vivo como una planta al sol de su sonrisa y que muere cuando llora. Porque su sonrisa siempre supo que iba a volver y mis manos que extrañaban su cuerpo tibio y mancillado sabían que iba a volver. Volver al campo, a la tierra, a cosechar el fruto dulce de nuestra pasión ya esmirriada y maldita. Malditos ambos que no supimos nunca conocernos del todo, malditos ambos. Pero la sigo amando y aunque eso no vaya a cambiar probablemente nunca jamás ni con la muerte ni la ascensión, siempre sabré cual fue el error que cometí y cuál fue la noche que no hice lo que debía y me deje ir, me deje conquistar por quien no debía y me emborraché en su seno palido junto con mil parias más. Cuando la vi no supe que era ella y cuando me fui su recuerdo ya se encontraba diluido. Y lloré como no había llorado antes y supe en ese instante que la dueña de mis lágrimas había fenecido junto a mi engaño maldito. Malditos ambos, maldito el tiempo.


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