Arte

Nada más que simples chocolates (relato propio)



...de lo que quede de mí
te llevo un poco.

Andrés Ciro Martínez


Cuándo, dónde, en qué circunstancias lo habían invitado... no lo recordaba con exactitud. Sabía, sí, que era una reunión y que era para cumplir obligaciones atrasadas. Si él se encontraba, en cambio, preparándose para divertirse, ansioso, eso no tenía explicación alguna. La cuestión fue que había tomado un colectivo, había escuchado alguna música imprecisa durante el viaje y, mientras tanto, había considerado conveniente bajarse antes, entrar en un barrio que no conocía demasiado, para buscar lo que creía necesario y, recién luego, seguir.
Bajó del transporte y sintió la diferencia del aire. Un poco guiado por prejuicios y otro por pruebas, calculó estar atravesando un lugar peligroso en busca de elementos demasiado básicos, aparentes insignificancias, que bien podría haber conseguido en otro sitio... sin embargo se trataba de objetos que había cargado del éxtasis y del peso de lo personal: se trataba de un regalo.

Un fragmento visual: la cámara podría estar en una vereda, este sería el punto de vista, enfocando la vereda de enfrente, maltrecha y sucia: una vereda suburbana, partida por raíces de árboles añejos, en las que el cemento y las baldosas guardaran huellas de calles de tierra cercanas... Decíamos: la cámara sería móvil, sobre rieles, tendría un recorrido recto y paralelo al del personaje que... ¡ACCIÓN! Pensativo y lento, vestido sencillamente, observara distraídamente el barrio, conocido por fragmentos, mientras se adentrara en él, con una mano en el bolsillo y otra sosteniendo el cigarrillo cerca de la pierna derecha, al que habría prendido al bajar del colectivo. La toma sería corta, a unos cinco metros de distancia y comprendería la caminata por una cuadra en la que solo hay una pared de ladrillos sin revoque de fondo, cada tanto un árbol, y unas plantas que llueven desde el otro lado de la pared, de interior a exterior, que servirían de encuadre; todo en un verano liviano de sol omnipresente y cegador, blanquecino. Él llegaría a la esquina, dispuesto a cruzar y... ¡CORTEN!



Entró en el único mercado que podía ubicar, a un par de cuadras de la ruta, protegido por rejas caseras, celestes y rectangulares. Recorrió las góndolas, y mientras acopiaba botellas y bolsas de aluminio, preguntas insistentes rebotaban entre su lengua y su consciencia: el vino, ¿dónde está? (¿Para qué todo esto? ¿Para quién? Se supone que voy a trabajar...) Gracias. Papas fritas, ¿tiene? (Esperarán que ayude, tal vez que entretenga un poco...) ¿Allá?... Sí, las vi, gracias. También voy a necesitar gaseosa... (Mi deseo es otro: llevarles algo más, llevarle algo más...)
Estimó la cuenta, le alcanzaría. Siendo la tarde temprana, y aun si aquello fuera un sueño absurdo y aburrido, las personas que ocupaban el mercadito no tenían por qué encontrarlo sospechoso. ¿Se preguntarían para qué esas botellas a esa hora, para qué preguntaba tanto, para qué daba tantas vueltas? Claramente, no era del barrio. Cuando las miradas se tornaron amenazantes, decidió acercarse a la caja. Recién entonces encontró lo que buscaba sin saberlo: chocolates. Volvió a contar la plata, dejó un vino, una gaseosa, una bolsa grande de papas fritas, compró más chocolates, adquirió una bolsa bien grande, envueltos en papelitos chiquitos de aluminio brillante y colores, del tamaño de pequeños caramelos. Gastó cada centavo y se llevó todos los que pudo.
Cargado de bolsas, complicado, empezó a sentir un poco el calor, fuera del mercado (no quería llegar transpirado). Caminó más despacio, ahora en dirección a la ruta. Tuvo que parar una vez y acomodar la mercadería en las bolsas; cuando lo hizo, se dio cuenta de que le faltaban algunos chocolates. Exaltado, miró hacia atrás y vio los paquetitos en el suelo, cubierto de tierra y basura. Quiso recogerlos pero ya no iban a poder aprovecharse, estaban sucios... Había descuidado su regalo, todo lo que llevaba, todo lo que le importaba de la visita. Se acomodó, aseguró la bolsa y siguió, aún con más cuidado que antes, pensó que nunca llegaría a la ruta, que nunca llegaría al transporte, que nunca llegaría a la casa. Hizo unas cuadras, volvió a mirar la bolsa y ¡faltaban más chocolates! Se empezaba a desesperar, había algo que no entendía, pues tomaba todos los cuidados... pero, de alguna manera, se le seguían cayendo. Revisó las bolsas, constató que no hubiera agujeros, tajos, pérdidas... A cada paso que daba, sin embargo, perdía los chocolatitos, como partes de sí, como gotas de sangre... y no poder evitarlo lo llevó indefectiblemente al llanto. Iba a llegar sucio, transpirado, tarde y sin nada que dar, sin nada que justificara lo que había hecho: el empeño y la dedicación. Un viaje heroico puede tornarse estúpido y absurdo, ridículo... y a pesar de ello, sería igualmente trágico.
Llegó a la ruta, la cruzó, y esperó al colectivo en la banquina de tierra. No tardó mucho en llegar. Sentado, no dejaba de sorprenderle lo poco que llevaba, sentía haber salido con toneladas encima, y ahora... una bolsita de golosinas en su falda que, por lo demás, menguaba, moría. Resignado, miró el paisaje pasar, sucio por medio de la ventanilla empolvada, turbio. Esperó, con los brazos derribados en las piernas, con las manos abiertas, con las palmas hacia arriba y los dedos ligeramente doblados, con los hombros abatidos, que la parada llegara, que la prueba llegara, que llegara de una vez el final de todo aquello.

Frente al portón de rejas, ya sin chocolates, sin bolsa, deshecho y con los ojos irritados, golpeó las manos... nadie atendió; volvió a intentar: nada. Esperó un momento y presintió algo malo, porque sí. Se tomó el atrevimiento de entrar por un costado, hacia el fondo. Casi llegando al patio, escuchó un quejido de mujer: era ella. Corrió y la vio forcejeando dificultosamente. En verdad, solo vio un par de brazos y piernas delgados, frágiles, moverse con desesperación, en forma de una X ondulante e inquieta, debajo de una espalda enorme, vestida a cuadros rojos y azules, armada por dos brazos gruesos y peludos y coronada por una melena corta de rulos rubio-dorados. Gritó y fue ignorado. Buscó alrededor y encontró un fierro oxidado entre el pasto: lo agarró con fuerza, con bronca, y descargó todo su peso en la melena, que en seguida fue teñida por un torrente rojo intenso. El cuerpazo se aflojó y ella gritó aterrada. Su miedo sonaba mucho más horrendo al de cuando la había encontrado. Con un poco de trabajo, tomó la espalda desde un costado y la retiró, rodando. La muerte no había podido llevarse del todo la rabia que había en la cara del hombre, que yacía tieso, ahora boca arriba.
Él estaba orgulloso y feliz, porque la había salvado. Había dejado de importarle todo lo que había transcurrido en la tarde, más temprano, antes de llegar. Pero había algo malo en su llanto, que no se detenía, y donde esperó la mirada de agradecimiento y de tranquilidad hubo ojos llenos de rencor y desprecio: ¡¿Por qué hiciste eso?!

Aturdido y confundido, intentó una respuesta: que había salido temprano, que había querido llevar lo mejor, que había querido regalarle algo hermoso y personal, pero que algo se lo había impedido, que pensó en el peligro, que lo presintió mucho antes, estando en el mercado... Y sentía cómo las palabras y los pensamientos se embrollaban, y cómo la lengua modulaba un lenguaje incomprensible y desarticulado, y cómo la explicación se tornó imposible... Entonces, se entregó al silencio.
Ella no quería más ninguna explicación, dijo odiarlo por lo que había hecho y le exigió que se fuera en ese mismo instante, mientras se abrazaba al muerto como una madre. Él solo se tomó un segundo para mirar el cuadro de piedad, atónito, defraudado por sí mismo hasta el centro del alma, y se dio la vuelta. Ya no pensaba, solo caminaba, otra vez, en dirección a la ruta, por las veredas mugrientas, pateando las piedras, extenuado por el violento golpe, el que ella le había asestado.



Esperando el colectivo, intentaba una torpe síntesis: no había podido evitar que los chocolates se perdieran, tampoco pudo armar un simple argumento, ni siquiera darse a entender. Había perdido el control. Un mismo poder, oculto, contra el que ya nos las hemos visto antes, aquel que nos sorprende cada vez que nos disponemos a hacer lo que creemos necesario, se lo había impedido.


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