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Novela propia (fragmento): La deriva de los continentes

Una noche, en un bar de la calle Marroquina, conoció a una rubia teñida andaluza, de cuarenta y tantos años, la invitó con unas copas y terminaron juntos en su apartamento.

-¿Cómo te llamas?-le preguntó en la cama, con un poco de culpa por no haber hecho antes la pregunta, entreviendo su perfil en la penumbra del cuarto a través del humo del cigarrillo, que rizaba el aire espeso de mayo.
-Concha, ¿y tu?

Le causó mucha gracia, que disimuló convenientemente, haberse acostado con una mujer llamada Concha. Dos meses después, cuando ella entró al piso cargando dos valijas de ropa y se instaló a vivir con él, ya se había acostumbrado a su nombre.

Ella acostumbraba a decirle, cuando Shepard hacía algo que no le gustaba, y se encontraba de un humor suficientemente bueno como para no insultarlo: -Así no, tío, déjame que te muestre.- Después, cuando Concha fue sólo un byte más en su archivo de recuerdos, Shepard rememoraba esa voz impaciente, como una cascada crecida por una lluvia que se ha producido a miles de quilómetros de distancia, diciéndole: -Así no, tío, déjame que te muestre.- y el recuerdo de la palabra tío, mástil o tridente, en todo caso algo puntiagudo y sobresaliente, pronunciada por esa voz, lo llenaba de tristeza.

Concha era una mujer directa y conflictuada, divorciada dos veces, con dos hijos veinteañeros que hacían poco por verla, hija menor de un matrimonio sevillano de sólida posición económica. A los quince años se había escapado rumbo a Madrid con el que sería su primer marido. Tomaba somníferos, gritaba al hacer el amor, lloraba a la hora en que los domingos se sumergen en la oscuridad de su agonía, y mantenía una fluctuante relación de amor y odio con su pasado. Concha hablaba de su vida en las noches, puntualmente, como si la oscuridad despertara en ella un reflejo del que no pudiera sustraerse. Él no tenía que preguntar nada, bastaba un mínimo estímulo, un aviso en la televisión, una comida, una palabra, para que ella empezara a hablar de sus maridos. El primero, el vendedor viajante al que había amado con locura, con un amor que se había consumido en su propia incandescencia al cabo de cinco años, o el segundo, un industrial que le había proporcionado una vida de comodidades que se terminó cuando la cambió por una mujer más joven. También le hablaba de sus numerosos amantes, los inagotables, los maniáticos, los perversos, los románticos. Ella contaba sus historias sin mirarlo, con la vista perdida en un punto indeterminado del techo, como si estuviera hablando consigo misma, o soltando en el aire algo que se le hacía difícil conservar dentro, un dolor o una incertidumbre. Shepard la escuchaba con el mismo gesto de distanciamiento, con un brazo rodeándole la espalda, fumando casi siempre, sintiendo que las historias que la mujer desangraba lentamente sobre su cama formaban parte de un capítulo de la irrealidad en la que se había internado desde el día en que se subió al avión que lo dejó en España.

Nunca llegó a amarla del todo, si es que existen graduaciones para el amor, pero descubrió en ella el mérito de despertarle una ternura que llevaba dormida mucho tiempo en su interior. Por otra parte, vivir con ella era como dormir con un cartucho de dinamita bajo la almohada. Shepard se sentía como si le hubieran puesto una bomba en una mano, hecha de alguna sustancia química altamente volátil, y coronada por una maraña de cables de distintos colores, y un alicate en la otra, y él debiera cortar el cable correcto, el único que desactivaría la bomba. Usualmente la bomba estallaba. Una palabra o un silencio a destiempo, la tapa del inodoro mojada, o una Coca Cola mal cerrada bastaban para detonarla. Entonces, Concha arremetía contra él, lanzándole las más castizas maldiciones, enrostrándole su inutilidad, soltando sus quejas sobre haber terminado su vida con un perdedor como él. Los insultos salían de su boca como hormigas furiosas, salpicándole la cara, desparramándose en el aire hasta llenar el piso con su frenesí. Shepard la miraba, silencioso, con una mueca cínica, fumando con negligencia, dejándola gastarse en su ferocidad. Eso enfurecía más a Concha, que redoblaba la intensidad y el tono de sus ofensas, hasta lanzar el primer golpe, torpe, que a él no le costaba esquivar o detener. Ella, con los brazos inmovilizados por las manos de Shepard, no paraba de gritarle, clavándole sus ojos mediterráneos.

-¡Sudaca de mierda, hijo de una gran puta, vuélvete a tu país de mierda de una puta vez, fracasado, no sirves para una mierda, no sirves ni para follar decentemente a una mujer, picha corta, indio de mierda!

Un certero cachetazo, a veces dos, cortaba la retahíla, y la escena se cerraba con Shepard pegando un portazo sin decir palabra, yéndose a pasar el resto del día a la calle, dejándola sola con el manantial de sus lágrimas, enredada en el ovillo de sus maldiciones que atronaban contra la ventana del apartamento.

Después llegaban las reconciliaciones. No eran ellos los que se reconciliaban, eran sus soledades, sus pieles que se buscaban, que los desbordaban y los sumergían en un naufragio sin sobrevivientes; dulces como relámpagos sus cuerpos se encontraban, como si fueran conscientes de que no tenían razón de ser uno sin el otro, de que no había un mañana posible. Shepard se sentía inesperadamente joven cuando ella lo miraba, con los ojos entrecerrados, llamándolo con una voz salada y espesa, proclamando las consignas de la entrega sin concesiones. Entonces se reinventaban, fugados más allá de sus amarguras y sus impulsos autodesctructivos eran capaces de establecer una tregua entre sus ganas y sus carencias por unos días, hasta que las sombras volvían a oscurecerlos, cubriéndolos con una saña silenciosa, filtrándose entre sus órganos, sus silencios y los desperfectos empecinados del mundo.

Pero esos momentos se fueron volviendo cada vez más escasos. Las peleas se deslizaron lentamente por una pendiente cada vez más pronunciada, arrebatándole terreno a los abrazos y los gestos de ternura y reconciliación, arrinconándolos contra momentos cada vez más inaccesibles.
Una tarde, al volver al apartamento después de una pelea que lo había impulsado a caminar la ciudad durante horas, no la encontró. Habían discutido toda la semana, y ese día, por primera vez, Shepard había cerrado el puño para devolver el golpe, haciendo sangrar la nariz de Concha. Volvió arrastrando el peso del arrepentimiento. Ella no estaba. Shepard comprobó que se había llevado su ropa y empezó a llamarla desesperadamente, sin que lo atendiera. Cuando estaba por salir para el bar recibió un mensaje de texto.

“No podemos seguir así. Por lo que fuimos, por lo que hemos sido, debemos terminar ahora, porque esto va de mal en peor y ya no tiene solución. Aquella magia que nos unía ya no existe, se nos perdió en alguna parte sin que nos diésemos cuenta. Fui feliz contigo, pero ya no. Tú, lo sé, nunca fuiste feliz conmigo, sólo un poco menos desdichado, al menos al principio, pero incluso eso que yo te daba y que no sé que era ya no está. Que seas feliz.”

La llamó nuevamente, sin esperanzas, empequeñecido ante el incipiente soplo de la soledad entrando por la ventana semiabierta, moviendo la cortina con dedos lánguidos y triunfales. Del otro lado de la línea nadie contestó, no se abrió un Mar Rojo para dejar pasar la voz de Concha, los lamentos, los juramentos, o simplemente la piel de su voz tiritante llamando sus abrazos, urgiéndolo a extender un ramo de disculpas y de promesas de risa y de cama.

Entonces supo lo que era la soledad, y supo que la soledad es relevante únicamente cuando uno se siente solo. Después de la muerte de su padre y en los últimos años de su relación con Nadia había estado solo, rodeado por nadie, por nada más que una soledad cartilaginosa envolviéndolo sin tregua. Pero en ese entonces tenía la cocina, tenía aquello que lo volvía inmune al acoso de la soledad y del miedo, su patria de cuchillos y fuego, su blasón y su estandarte.

Deambulaba por Madrid como un espectro, deteniéndose a mirar a las familias, dejándose mojar por la marea de la tristeza al contemplar a las parejas paseando por el Parque de El Retiro, ronroneantes como gatos, irradiando pulsos de felicidad en las manos entrelazadas, en las risas sin sentido rodando fuera de las bocas felices. Transcurría, sin objetivos ni esperanzas, mirándose envejecer en los reflejos de las vidrieras y en el pelo obturando el desagüe de la ducha. Volvió, como tras la muerte de su padre, a interpretar la comedia pautada por entreactos de tabaco, alcohol y putas tristes.
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