Check the new version here

Popular channels

Otro Cuento de Terror

Acá va otro cuento de miedo para compartir...


Frío

Cuando entré a la casa hacía frío. Estaba todo cerrado, además era una tarde soleada y hermosa, por eso me pareció extraño. Recorrí las habitaciones, que no eran muchas, y me senté en el suelo. No había muebles, nunca había habido, la casa era absolutamente nueva. Alejada de cualquier zona urbana, chiquita y agradable, era lo mejor que había encontrado y me sentía muy orgulloso por eso, pero no entendía por qué hacía tanto frío. Revise las ventanas y vi que, al igual que las puertas, estaban todas perfectamente cerradas, y ahí fue cuando escuché ese ruido que era muy parecido al del motor de una heladera pero más fuerte y vibrante. Busqué por todos lados y finalmente encontré una puertita en el suelo de una de las habitaciones más chicas; la destrabé y la abrí sin mucho esfuerzo y bajé al sótano que, hasta ese momento, no sabía que existía. Por supuesto no había luz y esa fue la primera vez que agradecí mi habito de fumador cuando saqué mi encendedor para iluminar el lugar. Hacía mucho mas frío que arriba. Era más grande que toda la casa y estaba lleno de pasillos que más tarde descubrí desembocaban todos en el mismo lugar, lugar al que llegue en pocos minutos. Ahí el frío era insoportable y enseguida descubrí por qué. Contra la pared había una enorme máquina llena de caños y tubos que danzaban irregularmente por sobre varias poleas y tuercas, a veces atadas con cadenas hechas de un metal oscuro y opaco, que chocaban unas contra otras en un mecanismo indescifrable y cuya única utilidad parecía ser la de enviar vapor frío a toda la casa. Casi no podía escuchar mi respiración por sobre el ruido de la máquina así que volví sobre mis pasos pero, accidentalmente, me perdí. Di vueltas por los oscuros pasillos un buen rato antes de darme cuenta de lo cansado que estaba, además de que el frío era tan fuerte que apenas se podía respirar sin sentir un agudo dolor en el pecho que me hizo pensar que mi corazón podía llegar a detenerse y matarme. Me senté en el suelo contra una pared, apretándome las piernas contra el cuerpo, temblando y llorando como un bebé al que se lo ha dejado solo en algún sitio desconocido. No podía creer lo que me estaba pasando, no era posible para mí admitir que mi vida terminaría tan horriblemente en tan terrible y olvidado lugar.
Podría decir que me dormí pero creo que me desmayé. Debo haber estado inconsciente durante horas, quién sabe, no tenía reloj o idea de si había anochecido. Estaba congelado, cuando me paré casi pude escuchar el ruido que harían mis piernas al quebrarse. Caminé sin doblar las rodillas, abrazándome el pecho, y llegué a la máquina. Busqué inútilmente algún interruptor o algo que me demostrara que se podía apagar, lo peor de todo fue que no pude ver por donde salía el viento frío. Corrí por todos lados hasta que nuevamente no pude más y caí al suelo, y ahí, frente a mí, vi una abertura que iba hacia abajo. No había ninguna puerta, solo la abertura, y la habitación inferior era tan oscura como la que me rodeaba. Pensé que no me quedaba otra opción que bajar y así lo hice. Lo sabía: el lugar era idéntico al anterior; varios pasillos que desembocaban en un mismo cuartito en el cual había una enorme máquina hacedora de frío.
No diría que me volví loco porque no soy esa clase de persona, pero sin duda estaba perturbado. Corrí, caminé y volví a correr durante horas, tal vez más de las que creí o tal vez menos que me parecieron eternas. Lloré y grité, me senté, me acosté, me levanté, corrí, caminé, lloré y grité y no podría decir cuanto tiempo pasó.
De repente pensé en la casa, ¡La casa! Casi me había olvidado. Tenía que haber alguna puerta que me llevara de nuevo a la superficie, sin embargo, no me parecía que hubiese servido de algo volver al sótano superior, aunque ya no sabía dónde estaba el agujero por el cual había bajado. Mi encendedor había dejado de funcionar y lo había perdido en algún lado, pero eso no importaba porque ya me había acostumbrado a la oscuridad. Conocía a la perfección la longitud y ubicación de los pasillos, sabía como llegar a la máquina, pero eso era todo lo que sabía. Parecía que jamás encontraría la salida al mundo exterior, así como tampoco encontré mas agujeros en el suelo o en el techo. La desesperación me estaba inundando y empezaba a sentir un hambre atroz y una sed indescriptible.
Un día, y digo un día porque no sé si decir una noche, o si seguía siendo el mismo día, tomé mi paquete de cigarrillos y lloré porque supe que no tenía manera de encenderlos, entonces tuve una idea extraña: guardé todos los cigarrillos en un bolsillo y comencé a llenar la cajita con mis lágrimas y, un rato más tarde, cuando ésta estuvo llena hasta la mitad, me las tomé de un trago. Eran tan saladas y horribles que mi sed no hizo más que acrecentarse de una manera casi violenta; igualmente, a falta de ideas o de lucidez suficiente, repetí el proceso varias veces. Me sentí enfermo, enfermo de asco y enfermo de dolor.
Leí alguna vez que si uno cierra fuerte los ojos y piensa en despertar, tal vez lo hace y descubre que todo no fue más que un sueño, y dada la situación, la idea no me pareció tan absurda; y podría decir que funcionó porque me sentí despertar cuando escuché el llanto de esa mujer que venía de algún pasillo no muy alejado del mío. Corrí hacia ella y no me costó encontrarla. Estaba arrodillada en el suelo y pude verla porque había una vela junto a ella, una vela que estaba a punto de morir. Me acerqué e intenté hablarle pero apenas pude lograr escupir una palabra a través de mi garganta seca y dolorida. Levantó la cabeza y me miró sin dejar de llorar; calculé que tendría alrededor de 40 años, como yo. Vi un poco de sangre cayendo de su boca y le pregunté qué le había pasado pero dudo que me escuchase por sobre el ruido de la máquina, además de que apenas tenía voz. Levantó entonces sus manos y me las mostró: tenía un cuchillo de cocina en una de ellas y la otra estaba desfigurada, le faltaban tres dedos y las heridas, descuidadas y sin duda infectadas, habían adquirido un tono azulado y desagradable. Grité como nunca había gritado y sentí como si mis cuerdas vocales se cortarán para luego enrollarse hacia arriba y mojar mi lengua y mi garganta con sangre. Caminé torpemente hacia atrás hasta que choqué contra la pared y caí para quedar arrodillado sin sacarle los ojos de encima a ella, que también me miraba con una mezcla de fascinación y súplica. Nos mantuvimos en silencio un rato y de pronto habló. Entre sollozos me preguntó quién era y me pidió que la abrazara. Me levanté y me dirigí hacia ella, la abracé y lloramos juntos. Por primera vez desde mi entrada al primer sótano me sentí feliz, supe que ese abrazo, esa compañía, serían todo lo que tendría en ese lugar. La mujer encendió otra vela y fumamos todos mis cigarrillos en muy poco tiempo, como si quisiéramos matarnos con el humo que durante unos segundos consideré el paraíso. Me explicó que había llegado allí de la misma manera que yo hacía por lo menos un mes, guiada por el ruido de la máquina que escuchó mientras pelaba una manzana en la cocina de la casa a la cual planeaba mudarse. Me dijo que me había oído gritar y que se había escondido de mis torpes recorridas en la oscuridad hasta que no lo soportó más y lloró fuerte con la esperanza de que la oyera. Me contó cómo fue que llegó a tomar la increíble decisión de comerse sus propios dedos cuando el hambre la atormentó de una manera insoportable. Descubrimos que ambos habíamos bebido nuestras lágrimas y me confesó cuánto deseaba morir. Me mostró el cuchillo y me dijo que un millón de veces había pensado en cortarse las venas o el cuello pero que nunca había tenido el valor para hacerlo.
Fuimos hasta la máquina y la examinamos minuciosamente. No había ninguna manera de interrumpir su trabajo y... de pronto descubrimos un enorme caño de al menos medio metro de diámetro que salía desde la parte más alta de la máquina hacia arriba y llegaba hasta el techo. La escalé con una sonrisa estúpida y pateé el caño lo más duro que pude hasta que finalmente logré moverlo y supe que terminaba ahí, que funcionaba como una chimenea y no seguía en el piso de arriba, lo supe porque a través del par de milímetros que lo había corrido, entraba un rayo de luz apenas perceptible pero brillante y hermoso en la oscuridad. Lo pateé más y la mujer subió y me ayudo, hasta que el caño se soltó y cayó al suelo. Pude ver el sol a través del agujero y volví a llorar, pero esta vez lloré de felicidad.
La máquina había dejado de funcionar, estaba muerta.
La ayudé a subir y pronto ambos estuvimos afuera. Estabamos parados sobre el pasto y pude ver la casa a un kilometro y, junto a esta, mi auto.
Cuando parecía que por fin éramos libres, la mujer cayó al suelo y murió en segundos en medio de un dolor increíble, mirándome aterrada. Yo comencé a sufrir también, mis órganos se congelaron y caí sobre ella sintiendo como mi vida se escapaba en mi último aliento y, con un tremendo esfuerzo logré arrastrarme hasta el agujero y caer sobre la máquina y luego en el suelo junto a esta.
El caño que yo había pateado solo unos minutos antes, se movió y, con un ruido metálico, volvio a su posición original. Mientras intentaba ponerme de pie entendiendo mi nueva prisión eterna, pude oír como, lentamente, la máquina volvía a ponerse en funcionamiento.



Para los que quieran publicar sus cuentos gratis, les recomiendo esta página...

El Guardavías - http://www.elguardavias.com.ar

Saludos
0
0
0
0No comments yet