Arte

Paris era una tumba.

¿Qué hice entonces en Paris? Nada mas que caminar como un desesperado que ha perdido el rumbo. Me gustaba desayunar en el cementerio Le Pere Lachaise, sobre una tumba tranquila, una lapida anonima que no ostentara los rimbombantes nombres de Balzac, Wilde o de Paul Eluard. Caminaba casi toda Avenue de la Republique con una bolsa de papel en la mano. Dentro de la bolsa habia fruta, vino y una baguette insipita, pero llenadota. Buscaba los rincones mas huerfanos del cementerio y desayunaba junto a los unicos muertos que en realidad descansaban en paz: ilustres desconocidos.

Mientras bebia de mi botella me dedicaba a pensar en lo hermoso que seria estar muerto: sabia que mi alma no se mantendría impasible y a la menor provocación se pondria a merodear por las tumbas vecinas, sentia sobre de mi las miradas piadosas e invisibles que me invitaban a tomarme mi tiempo.Estaba en el lugar mas adecuado para pensar en todo lo que nunca seria, en las mujeres que jamas aceptarian ser parte de mis huesos y, sobre todo, en la brevedad de la vida.

Fue hace veinte años. Mis piernas eran fuertes, mi animo el de un toro que embiste hasta a su sombra. A veces continuaba hasta Vincennes, y me emborrachaba en el zoologico, solo, frente a la mirada tierna de un animal que se habia acostumbrado al cautiverio. En mi mochila habia siempre una o dos botellas de vino barato, pero suficientes para celebrar que era pobre, que estaba en Paris, y que no tenia la menor idea de cómo habria de terminar aquella aventura. Ahora se que los viajes no son mas que un merodeo inútil alrededor de nuestro ataud y que los muertos siempre seran una compañía mas agradable que la de cualquier ser viviente, excepto quizas la de los perros y la de algunos animales que poseen el mal gusto de portarse amables con nosotros.

Por las tardes tomaba un libro y me ponia a leer en una banca del jardin de Luxembourg, el mas bonito de toda la ciudad. En las noches intentaba conversar con las prostitutas que paseaban por el bosque de Boulogne, pero ya desde entonces les tenia miedo, era demasiado timido como para acercarme a ellas con los bolsillos vacios. ¿Cuantos kilómetros caminaba diariamente? No lo se, pero en la actualidad mis rodillas estan tan maltratadas como la dentadura de un gato viejo.

Les cuento todo esto porque acabo de volver a Paris y no me han dado ganas de llorar, ni de repetir las antiguas caminatas. He vuelto como un escritor que ha publicado mas de lo necesario, como un farsante que tiene un oficio, un papel que desempeñar. No he aprendido nada de la sabia voz de los muertos que me acompañaban durante mis desayunos en Le Pere Lachaise, ni tampoco de los animales que me veian tomar a cuello de botella en el zoologico de Vincennes.

Debi dejar que Paris muriera en mi memoria. Pero soy terco. Uno quiere volver a tener en sus brazos a la mujer joven, a la ciudad misteriosa, uno quiere ganar las peleas a golpes, ¿de donde viene esa furia inútil? No lo se, pero meveo de nuevo en la Avenue Carrete del cementerio justo a la tumba de Wilde, el piso cubierto de una palida coscoja, en mi mano una botella de vino, borracho, entonces me rio, y digo: “Querido Oscar, jamas descansaras en paz”.

Guillermo Fadanelli



Ire poniendo literatura latinoamericana no publicada, asi que espero les guste...