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Poemas propios III

" Pichòn de amor...
Dulce como una herida
que quita la vida,
mi amor se suicida
por eso te olvida.
Amor humilde y tierno,
olvido eterno,
hoguera ardiendo en el invierno. "

Alfredo Zitarrosa.



Cuando el rocío bañe
con su millón de estrellas
a mi madre y reclame
desde su nocturna bendición
una palabra,
aquella pendiente
entre brumas,
susurros
y soslayos,
que callé
de rodillas al olvido,
de espaldas al porvenir...

Cuando la Luna ya no sea
Luna, ni ese galeón
de tesoros sumergidos
y piratas sin decoro
que naufragó
por arrecifes
entre sirenas,
cadáveres
y ambulancias,
que gimieron
embarrados de suspicacias
ahítos de inanición...

Cuando, en fin,
trasborde
desde tu pesebre
donde desperté
muy pequeñito
a este desierto huracanado
repleto de aullidos y gemidos
que cuando inquiero
solo grillos
me responden
con sus piquitos y piquetes,
con sus silencios sitiantes,
con sus perplejos amaneceres...

Digo, en fin,
recién ahí,
allí,
quizás comprenda
la pérdida,
la libertad
y la prisión,
de tus sedosas miradas,
tu contienda de murmullos,
de la aplastante levedad
de la oración,
con que intentabas
emancipar el bastión
de mi terquedad insegura,
mi corona de laureles marchitos
y mi discontinua imaginación.

Al llegar
allí, aquí,
he logrado,
la victoria
de mi rendición,
con que sometí
a los jinetes perpetuos
de mi ostentación,
con insectos rastreros,
con miserias tercas
y silencios de bufón.

Bien...
admito haberme equivocado
pero como todo buen tonto que soy,
no lo reconoceré abiertamente,
me comeré mi derrota
y masticaré los coágulos
de mi obstinada presunción,
condenando con ello
a toda esa eternidad
que espera desafiante
soportar mi mal humor,
mis pantuflas abigotadas
y mi memoriosa sedición.


Luis



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Sermón.




Las aguas se suman
a mi alrededor,
alguien desde el sol
envuelve mi piel,
me amasa,
estruja el corazón
y desvela
con su millón
de lógicos prismas
y apremiante esperanza
a que le nazcan plumas
a mi temor,
para así poder
remontar la inundación
de zozobrantes discursos
brotados del estertor
de convencidas seguridades,
de anquilosadas anclas,
que sumergen un batallón
de boyas incorruptibles
que suponen que el sermón
brotó para mi redención,
cuando en realidad
los ató,
a su consunción.


Luis.


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Allá ella.

El cielo,
vaivén de sus ojos lentos
desde donde gotas de vida,
precipitan en combustión.

Fresco y tenaz
el aire
cuela entre sus pisadas
sus dedos,
subiendo el enrejado
de sus piernas
como orugas golosas,
como ciempiés sin timón,
buscando la orquídea esmaltada
defendida vorazmente
por la malla acerada
del suspicaz argumento
que inhibe al corsario
pero redime al bufón,
cuando el suelo de eriza,
ondula y encrespa
por la bravata ilusa
de mi imaginación.

Una constelación
de caminos esquivos
me baila alrededor,
recordándome,
que debo proteger
mi pobre ambición,
que se camufla
de porquerizo simplón
y oculta
lanza y morrión,
embustando molinos,
danzando al sol,
sobre la grama pálida,
sobre páginas de dolor.

¿Donde estás
mirada inquisidora,
corazón de teflón,
palma buscadora,
lágrima de histrión?
Que repto orgasmos ajenos
efímeros como un doblón,
del falso oro ensangrentado
de una Venus de crayón.

¿Donde estás
seda abrasadora,
recoveco dormilón,
pelambrera enhiesta,
manantial de pezón?
Que barrunto indecoros amenos
bursátil fruición
del pobre meollo enamorado
por una gata de pizarrón.

¡ Cuantas Sílfides !
¡ Cuanto cabrón !
enhebrados en la tela
por el hilo alópata
del huso estéril
de mi marginación.

Luis.

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Esta canción es solo para ti,
la que mueve los piolines
de mi marioneta,
la que llueve plumas para volar
sobre mi corazón
y lo hace girar
como a un trompo de colores japones
y bailar como a un duende
en el confín de los sitios absurdos,
en el salar dulce
de tu inquisición.


Te pertenece
más que a las estrellas,
más que a los desalojados
del mar del amor,
más que a las razones
con que los estudiosos
pretenden encasillar
mi endeble porfía,
en la isla que por el manso cielo
sobrevuelan tus ojos amplios
y trastabillan
en mis manos laboriosas,
en mi instinto fugas,
cuando canta tu sonajero,
hechiza mi corazón
y tintinea alrededor
de mis tacos clavados
en ecos de gorrión,
sobre la mesa pelada
cuando ya nadie reclama
mi tonta fruición
que aquel jueves quedó
herida en el rincón
de los cachibaches ocres,
de los blasones decapitados
en un lupanar de limón.


Pero...
Pero...
¿Porqué hay en mi vida
un pero atroz?
Que lima mis esperanzas
y roe la tercer pata
de mi consuelo
que intenta retener
tus dientes ralos,
tus lágrimas puras,
tus pies de algodón.


...No lo se
es así mi sino,
mi conclusión,
ser el ajeno,
el dos,
que cuando llega
el otro ya robó
tu amor.


Por eso
hoy escribo tonterías
que se traicionan a sí mismas,
que esconden traslaticias
su sinsabor
y no hay lugar en el mundo
que ampare los pasos toscos
de mi hosco reloj.


Luis



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Un nido de luciérnagas
baila en tu alma
cuando por el firmamento canta
mi corazón enamorado.

Una migración de tortugas
sorteando mezquinos presagios
son tus manos laboriosas
cubriendo mis ojos glaucos.

Una alameda encendida
de capiteles dorados
es tu mirada preguntona
cuando acicatea mis tramos.

Dueña de mis fruiciones,
mis madrugadas,
mis calvarios,
esgrimiendo circunstancias
de convicciones forradas
y guardando entre tus botones
lágrimas del pasado.

Alma de mis reyertas,
mis refucilos,
mis ratos,
sumerge mi condición
de pastor de alegatos
en el inexpugnable bastión
de tu sabor abrillantado.

Una combustión de témpanos
del hielo de tus zapatos
atraviesan el horizonte
de mi crepuscular olfato.

Un horadador silencio
del monte de tu peinado
enjambra mis conclusiones
de matemático extraviado.

Un perfume de auroras
desde tu ventanal forzado
ingresan por mis rodillas
contra el suelo resignadas.

Luz de mis oquedades,
mis meandros,
mis soledades,
alumbra las vicisitudes
de mis perdidos pasos
y quema las seguridades
de este abultado turulato.

Profundidad de mis distancias,
mis miedos,
mis espantos,
ingiere mis extraviados
caminos del pasado
para gestar un hombre
en tu cuna de alabastro.

Luis



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Frente al acantilado
de los sueños estancos,
me rechazan y empujan
algunos duendes pesados,
que juegan a los dados
con mis doce caballos
que bailotean obnubilados
ante tanta
y tan poca
mediocridad de acetato.

Junto al desconfiado
mosquetero de orlatos
que esgrime y apunta
a fantasmas del estrado
que danzan presurosos
ante sus alegatos
holgando
y frunciendo
sus jaquet miccionados.

Fui sorteando
desigualdades burlescas,
suntuosidades desleales,
altanerías grotescas
y sonrisas miserables
de los primeros lugares
ante el púlpito incoloro
de los excomulgados.

Sobre el patíbulo
de los condenados
que baña y enjuaga
mi sangre de renegado
arriesgo y contrato
a los mil payasos
que contorsionan alocados
quimeras
y ahorros
del estafador enamorado.

Bajo tu falda de alabastro
donde el mar de la necesidad
bulle sedoso
aguardando mis manos
que corren ansiosas
hacia los cuatro presagios,
canto
y proclamo
tu profundo amparo.

Miel redonda,
luna trasnochada,
besos adorables,
sol de la mañana,
savia entrañable
que envuelve mis ganas
con tu cascabel de oro,
renueva mis trastos.

Sed cachonda,
sábana arrugada,
caricia untadora,
lengua bitrenzada,
sepulcro encomiable
que apresa mis rayas,
con tu ejercito en coro
hechiza mi río casto.


Luis






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Lo intuyes,
me conduces,
sabes que te pertenezco
y gobiernas mi decisión
de patrón de tranvías locos,
que zozobran en el galpón
naufragio de la codicia
de tunantes de pizarrón.

Lo hueles,
me deglutes,
hilvanas mi entrecejo
con tus piolines de rayón,
desde la senda de los tontos
hacia ese abismo de fundición
donde la pregunta es noticia
y la respuesta una prisión.


Caverna griega,
donde todos tus demonios
se agazapan
esperando mi temblor,
para devorar los acuerdos
nacidos en mi pudor
y velados en la orfandad
de una noche sin condón.

Mirada ciega,
donde luz de necromios
se agolpan
danzando alrededor
de escuálidos recuerdos
que murieron en el sudor
de mi carrera humana
buscando tu sabor.


Distribuyes
mis consuelos
conoces la imperfección
de mis desvelos,
tamizas el cortejo
de células porfiadas
que zigzaguean entre espejos,
entre paredes de entreveros
cocidos al fulgor
de una cazuela de inmundicias
sazonadas de perdón.

Lo destruyes
para volverlo a armar,
como mocoso en navidad
con tus ojitos de axón
que juegan a perturbar
la impúdica noción,
de caretas que subrepticias
imponen su educación,


Carro overo,
que llevas mis armonios
en tu lóbrega carrera,
esquivando insomnios
desatendiendo muertos,
que tropezaron en el hedor
de una letrina ufana
que enclaustró mi depresión.

Sol tuerto
circundado de quelonios,
que arrastran presurosos
sus cascos bisoños
atravesados de entuertos
que danzan en la canción
de un corifeo enano
que plasmó mi resignación.


¿Que querés que haga?
si soy solo yo
y mi inhibición...


Luis




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Romina en Noviembre.

"Se me perdió Noviembre"
aquella mañana
en que
dos gotas de oro
rodaron desde tu corazón
hacia los papeles póstumos
del banco que universalizó,
la soledad.

Las máscaras
danzan desarticuladas
alrededor del laberinto
que obstruye ruindades
cuando un apuntador
señala mi desinterès
por las circunstancias vanas.

Todos nos disfrazamos
para ocultar debilidades,
que al mismo tiempo
exponemos
cuando mostramos nuestras ansias
por capturar las de los demás,
en el tablao del escorpión.

El cielo va y viene
inmóvil en su calmosa locura,
las hormigas llevan y traen
astillitas de presagios
que ondulan entre calles y callejas,
el agua sube y baja
desentendiéndose de la gravedad
que la corre presurosa
para retenerla y no dejarla escapar
hacia la felicidad y el mar.

Observo y callo
los mil caminos
que atraviesan, empujan, atrapan
y me hacen rodar
sobre los pedregullos de ese alma esquiva
cuando todo el tiempo cayó
dentro de un vaso de carlón.



Luis.




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Ya llevo 99 noches
sin Lunas ni estrellas que acompañen
el tintinear de campanas superfluas
que danzan alrededor.
Sin ellas,
me sumerjo, degluto, escondo
debajo de polleras envolventes
que profanan mi ingenuidad
pintada de jeans y bermellón
en la ruta de los pueblos bajos
sin semáforos ni señales
que indiquen mi ubicación.

Recuerdo momentos
en que todo era asombro, cuestión,
con un sol que ocultaba en pleno día
su verdadera luz,
canciones de madre
y ejércitos de plástico jugando
... a morir,
hoy la niebla cerca mi porvenir,
en la esquina de los poetas lógicos,
en el mar insulso y lóbrego
de un zapateo americano
que repiquetea
sobre meollos descascarados
que se empellonan por conquistar
un lugar en el ataúd.

Melodías de ultratumba
vengan a mi,
las convoco,
a corear las bellezas
sedientas del devenir,
sobre las tablas ardientes
de un corazón galo,
que ahogo penas y llantos
entre cuatro terrones de azúcar
que amargaron su elixir.

Baile de los espectros
ante mis arpegios
dancen aquí,
contoneando sus esqueletos
traqueteando su confín,
que cuando nazca la muerte
de este peluche bravo
pagaré risas de santos
con tres monedas de canto
que caerán sin decidir.


Luis.


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