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Precioso Tesoro (propio)

















Recuerdo los gritos desgarradores (mis únicos recuerdos) llegaron hasta el abismo, luego la gris niebla del luto envolvieron la habitación… la alegría y la tristeza jugaban al esclavo.

Las frías cenizas de la madrugada del invierno, sorprendió a Uriel en la peor de sus encrucijadas, su esposa e hija peleaban por la vida, las imágenes divagaban por la cabeza de Uriel, haciéndose puñales en la realidad, quedaron atrás aquellas mañanas de felicidad, el jardín de los edenes llora de tristeza... ya no tendrá a su flor más bella. Los días se volvían crepúsculos en la plaza de ensueños.

Varios meses atrás dormiríamos y reiríamos bajo el rocío, pensaba Uriel, contemplando los ojos de la luna. Me gustaba como su pelo se perdía en la brisa, largo hasta la cintura, suave como seda, pasábamos horas imaginando la llegada de nuestro hijo, costaba creer que tanto amor haya sido depositado en ti ángel de mis cielos.

Aquel viaje de emergencia, esa herida sin cerrar y esa maldita enfermedad, desconocida hasta entonces.

En el hospital del pueblo solo podían derivarla a la ciudad, una inminente separación sollozaba la estancia. Noches de licor atormentaban las sospechas del atroz final, solo el delicado néctar dejaba en vilo las esperanzas, las velas se consumían dejando la ira al descubierto, mientras los vasos seguían llenos.

Aquel tren solo traía malas noticias, una mañana sin sol, el corazón latía desesperado... mi voz se estremecía, quería llegar tan pronto como fuera posible, la plaza estaba repleta, como todos los viernes, esperando ser mediodía para que abran la iglesia, el aire parecía mas espeso que de costumbre, los caballos gemían de modo distinto como esperando un acontecimiento, fue una mañana atípica, me levante exaltado de una pesadilla, con la garganta seca, a causa de la resaca, trato de no asumir culpa, una noche larga de una madrugada lluviosa, llame al mayordomo para que preparase el carruaje, siendo casi las 11 de la mañana, partimos hacía la estación donde llegaría el tren de la correspondencia, el viaje fue largo y agotador, el olor a tierra húmeda enmarcando el fango al costado del camino, mientras los techos goteaban sus últimos suspiros, llegamos al final del sendero donde se empalmaba el camino hacia el ferrocarril, era muy temprano, mucho antes que de costumbre, prendí un cigarro, algo nervioso, presentía algo malo.

Si hubiesen actuado a tiempo, todo hubiese sido como en nuestros sueños, pensaba, esperamos tanto a nuestro hijo no es justo que se deba dejar al azar la vida de las personas, esta es un mala jugada del destino!!. Mientras el humo del cigarro dibujaba una especie de túnel macabro en el tiempo, mostrando como sería aquella utópica familia.

Las caras errantes de los desconocidos llevaban la tristeza a los ojos de Uriel, quien revolvía en la interminable salsa de la esperanza, sin encontrar ningún tipo de respuesta.

La hora retumbaba y los nervios erizaban el frac pasado de moda, que años atrás vestiría en una de tantas tertulias, donde conoció el perfume de su amada.

El debate entre la vida y la muerte parecía inclinarse hacia el obscuro pesar de los arcángeles, daba la vida por cambiar el destino, no soportaba esa eterna agonía.

Ya las sirenas marcaban el final por alto, la suerte estaba desdichada y el amor, objeto tan preciado, se despedía perdiéndose entre las nubes.

Su tesoro seguía el consejo de su madre, aquel pétalo de luna destellaba la sonrisa en su corazón.

Mañana nefasta, donde el sendero hacía la estación del ferrocarril se hizo mas larga que de costumbre, esa carta manchada solo trajo infortunios.

Uriel llegó a la ciudad pasado la media tarde, corrió en búsqueda de los brazos de su amada, pero ya sus ojos no lo encontraron. Dio su calor de madre para olvidar su situación, su amor de corazón pudo más que su propio corazón.

Ariadna, hija mía, tu madre marchó hacía aquella nube, su vuelo fue tan hermoso como mariposa en primavera. Susurró en mis oídos, lo mucho que te ama, y que cuide mucho de nuestro precioso tesoro, que no olvide que su amor se reflejaría en sus ojos y en sus recuerdos.

Aquí me encuentro despidiéndote, así son los caminos del destino, muchas veces parecen ensañarse, pero solo es una ola dentro del mar lleno de vida. Fueron sus últimas palabras.

Hoy estoy frente a ti, agradeciéndote padre mío, me enseñaste el camino con tu verdad, mi madre me vio desde su nube. Nuestra vida fue cruel, pero llena de amor.

Padre, Madre hoy espero la llegada de mi hijo.






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