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Querido hijo...


Querido hijo:

Estabas en lo correcto… éste no es un buen sitio para vivir… el cuerpo se me lastima solo, las heridas en mi boca son tan grandes que ya casi no puedo ingerir alimento. El aire es apenas respirable, debería marcharme… pero hay algo en este maldito pueblo fantasma que me impide hacerlo… por momentos disfruto de la calma y del dolor… mi mente se pierde entre estas cuatro paredes envueltas en llantos que no dejan de hacer reproches en mis oídos. Los animales que observo tras los astillados vidrios de la ventana se tornan surreales, tratan de engañarme con el don de su naturaleza astuta haciéndome creer que no están ahí y que no me acechan… Idiotas son si piensan que no sé que ansiosos esperan mi muerte, quieren alimentarse de mi carne tanto como yo lo deseo por momentos… Hijo… he devorado dos de mis dedos y comienzo a desear las uñas encarnadas de mi otra mano; no confío en la comida que me ofrece el sirviente de este apestoso hospedaje… ese hombre tiene la piel de su rostro amarronada, huele a cadáver y no toca la puerta ni saluda al ingresar, sólo hace su labor y se va sin dejar de gruñir.
Parece que tenías razón, mi querido hijo… este pueblo está maldito, maldito por ese tal Zhiliat. Me he enterado también que dispone de un pequeño grupo de viejas brujas con cabellos blancos y el pellejo oscuro, cuarteado y castigado por la luz del día. Pequeñas servidoras que andan por la Divina Tierra en busca de seres blandos y de espíritus corrompibles, a los cuales transformar y así unirlos a sus tropas. No creía en la existencia de un brujo con tales habilidades oscuras; tenías razón, hijo mío, tenías razón… Los muros de este sitio se vuelven contra mí resaltando a la vista los surcos y arañazos que otros pobres desafortunados han dejado. Sospecho que aquí quieren alimentarme de la carne envenenada de esos hombres fallecidos a causa de su propia locura… Hijo, advierte a mis hermanos guerreros que no vengan a este sitio jamás… una muerte segura encontrarán y no tendrán éxito en la conquista… Daré batalla cuando entre el servidor y escaparé hacia el follaje sin ponerme mi armadura… debo alimentarme de aquellos benditos animales, es la única forma que tengo de sobrevivir… espero resistir esta debilidad que me inunda desde adentro.
Haz que la ciudad de Triliaz sepa de mi desgracia… nuestro rey debe comprender que nuestras tropas perderán sus almas si arriban a estas espeluznantes tierras.
Cada vez que cierro mi puño para combatir, las heridas en mis dedos se vuelven a abrir… debo resistir… para aquí no morir. Tenías razón, hijo mío, caro estoy pagando la necedad de mis oídos.


Thako Del-Pien

(Texto del universo de Crónicas de la Divina Tierra.)
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