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Relato corto: El rito

EL RITO

El Purple Rain está a oscuras. La luz del mediodía apenas traspasa la telaraña de mugre pegada en el ventanal. Delante de Don Gregorio, sobre su mesa cubierta de polvo, una botella de ginebra explica la razón del brillo afiebrado en sus ojos miopes.
Don Gregorio se incorpora con dificultad. Luego se dirige hacia el mostrador y revuelve los cajones hasta encontrar un mazo de cartas.
Escondiendo la mirada, observa a la mujer sentada en la otra punta del salón. Un vestido negro la mimetiza con el ambiente; el rostro anguloso y las manos flacas parecen flotar en el aire.
Don Gregorio se enoja consigo mismo porque ayer, en un arrebato de ira, echó a empujones a un antiguo vecino de la época en que vivía con Luciana. “Tengo que aprenderlo de memoria: la calma y la paciencia son mis únicas armas”.
Don Gregorio se sienta y empieza un solitario. Estrujando con los dedos una pequeña revista, la mujer se acerca a él:
Perdone la molestia le dice ; ¿podría ayudarme?
Don Gregorio no le presta atención. La mujer toma su total falta de interés como una respuesta afirmativa. Lee con voz clara y pausada:
Dícese del estado o circunstancia de quedarse solo. Siete letras. Comienza con “SO”.
Estúpida responde Don Gregorio sin sacar la vista de las cartas.
No, no me entendió sonríe la mujer . Dícese del estado o circunstancia de quedarse...
Lo digo por usted. Todas las mujeres que se pasan el día haciendo crucigramas son estúpidas.
Don Gregorio siente que ha repetido esa frase infinidad de veces, y trata de descubrir los lazos que lo unen a la presencia de la mujer y a los datos incompletos del crucigrama. El esfuerzo resulta inútil.
Ella afirma:
Está borracho.
¿Qué?
Que está borracho; muy borracho. Por un momento me asustó: se puso tan pálido que creí que se iba a desmayar. No sé, como si estuviera a punto de sufrir un ataque de presión, o como si hubiera visto un fantasma.
Don Gregorio sonríe:
No tiene de qué preocuparse: mi salud es buena, y ya me acostumbré a las visitas de los fantasmas. Tendrían que haberse dado cuenta que hace demasiado tiempo que estoy solo, y que no me van a poder engañar así nomás.
La mujer camina hacia la puerta y gira junto al marco desvencijado. Antes de salir, dice:
Todo envejece y muere, Gregorio, menos las culpas.
Don Gregorio apura el resto de ginebra y guarda las cartas en el cajón. “Ni siquiera recuerdo su nombre”, piensa, y se asoma a la calle por una abertura del ventanal.
Más allá, sobre los escombros que obstruyen la diagonal de la Iglesia San Juan Bautista, cuatro ratas duermen al sol.




Del libro Relatos agónicos
relatosagonicos.blogspot.com
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