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Retrato del General Belgrano

El general Belgrano era de regular estatura, pelo rubio, cara y nariz fina, color muy blanco, algo rosado, sin barba; tenía una fístula bajo un ojo que no lo desfiguraba porque era casi imperceptible; su cara era más bien de alemán que de porteño. No se le podía acompañar por la calle porque su andar era casi corriendo; no dormía más que tres o cuatro horas, montando a caballo a medianoche, que salía de ronda a observar el ejército, acompañado solamente de un ordenanza. Era tal la abnegación con que este hombre extraordinario se entregó a la libertad de su patria, que no tenía un momento de reposo, nunca buscaba su comodidad, con el mismo placer se acostaba en el suelo que en la mullida cama. No es cierto que hiciese demasiada ostentación de los usos europeos hasta el grado de chocar las costumbres nacionales (como lo dice Paz), como no es cierto que se presentase en público con lujo ni con el esmero de un elegante refinado. Se presentaba aseado, como lo había conocido yo siempre, con una levita de paño azul, con alamares de seda negra, que se usaba entonces, su espada y gorra militar de paño. Su caballo no tenía más lujo que un gran mandil de paño azul, sin galón alguno, que cubría la silla y que estaba yo cansado de verlo usar en Buenos Aires a todos los jefes de caballería. Todo el lujo que llevó al ejército fué una volanta inglesa de dos ruedas, que él manejaba, con un caballo y en la que paseaba algunas mañanas, acompañado de su segundo el general Cruz. Esto llamaba la atención porque era la primera vez que se veía en Tucumán. En los días clásicos, en que vestía uniforme, se presentaba con un sombrero ribeteado con un rico galón de oro que le había regalado el hoy general Tomás Iriarte. La casa que habitaba, y que el general mandó edificar en la Ciudadela, era de techo de paja, dos bancos de madera, una mesa ordinaria, un catre pequeño de campaña con delgado colchón que siempre estaba doblado, y la prueba de que su equipaje era muy modesto fué que, al año de haber llegado, me hizo pre sente se hallaba sin camisas y me pidió le hiciese traer de Buenos Aires dos piezas de irlanda de hilo, lo que efectué. Se hallaba siempre en la mayor escasez, así es que muchas veces me mandó pedir cien o doscientos pesos para comer. Lo he visto tres o cuatro veces, en diferentes épocas con las botas remendadas, y no se parecía en esto a ningún elegante de París y Londres. El general Belgrano era un hombre de talento cultivado, de maneras finas y elegantes, gustaba mucho del trato de las se ñoras; un día me dijo que, algo de lo que sabía, lo había aprendido en la sociedad con ellas. Otro día me dijo: "Me lleno de placer cuando voy de visita a una casa y encuentro en el estrado, en sociedad con las señoras, a los oficiales de mi ejército; en el trato con ellas los hombres se acostumbran a los modales finos y agradables, se hacen amables y sensibles; en fin, el hombre que gusta de la sociedad de ellas, nunca puede ser un malvado". Esta ocurrencia me hizo reír mucho. El general era muy honrado, desinteresado, recto, perseguía el juego y el robo en su ejército; no permitía que se le robase un solo peso al Estado, ni que se le vendiese más caro que a los otros. Como yo le había hecho a él algunos servicios, y muy continuos al ejército, sin interés alguno, cuando necesitaba. paños, lencería u alguna otra cosa para el ejército, me llamaba y me decía: "Amigo BaIbín, necesito tal cantidad de efectos, tráigame las muestras y el último precio, en la inteligencia de que, a igual precio e igual calidad usted es preferido a todos, pero a igual calidad y un centavo menos, cualquier otro". Después llamaba a los demás comerciantes. Generalmente éstos no tenían las cantidades que necesitaba el general ni podían vender tan acomodado como yo, por ser más valioso el negocio a mi cargo; así es que, continuamente le hacía ventas.

JOSÉ CELEDONIO BALBíN

(Museo Mitre. Documentos del Archivo de Belgrano, t. 1, Buenos Aires, 1913.)

JOSÉ CELEDONIO BALBÍN. - El señor Balbín era comerciante y conoció muy de cerca al general Belgrano en Tucumán y Buenos Aires. En 1860, escribió al general Mitre -entonces coronel- dos interesantes cartas sobre la personalidad de Belgrano, de las que se han entresacado los párrafos anteriores.

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