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Revolución (poema sacro)

Y se desatan fieras tormentas en una copa vacía,
En una copa vacía que ningún vino
Ni ningún veneno han podido colmar…
Y esas fieras tormentas son delirio ingrato,
Y esas fieras tormentas son perversa santidad.

-¡Revolución! ¡Revolución!-

Qué es esa copa vacía sino un corazón roto,
Qué es esa copa vacía sino el ensueño de la vida…
De la vida fugaz, de la vida undívaga…
De la vida que cabe en una lágrima
O en la bella sonrisa de la infanta Isabel;
De la vida que se empoza en un único beso,
En un único beso de dos desconocidos que le temen al amor,
Es decir, a lo incierto, a la desventura, al heroísmo voraz…
Y es que la vida es un instante, un suspiro, un adiós…

Y aquella copa vacía,
Que es corazón y las propias ansias de la vida,
Es infinito indecible,
Es tristeza coronada con espinos o con laurel o con auroras…
Es Loto o es Clavel que emana perfumes
Y vorágines que guardan un secreto singular.

¡Ay, qué corta es esta revolución!
Es fugaz, es undívaga…
Es aquel sueño alucinado que se perdió en unas escalinatas
O en un seno o en unos labios o en lo escarlata del dolor;
Es aquel grito de guerra que hizo volar las bandadas de cuervos
Que moran en los ojos negros y siniestros
Del necio y del insensato.

Eso es el hombre…
Eso es lo que somos…
Una rauda revolución…
¡Revolución triste!… ¡Revolución sacra!…
Qué es el hombre sino aquel grito de guerra
Que clama por la libertad y por el amor y por lo platónico,
Qué es el hombre sino un suspiro,
Que en su vil y santo delirio se extiende y se extiende
Hasta arroparse y acurrucarse en una fría eternidad…

-¡Revolución! ¡Revolución!-








l. e. torres
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