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Sobre la Compañía de los hombres, por Leonardo Novak

Cierro este recuento de las exposiciones que se hicieron el 15 de julio en la presentación de mi libro con las notas de Leonardo Novak. Leo, por si fuera poco, escribió el notable prólogo del libro.


Quiero plantear la continuidad entre un libro y otro, hablar de un proyecto más abarcativo que los dos títulos ya publicados, en los que se pueden establecer lazos temáticos, pero sobre todo estilísticos.

Entre los temáticos, creo, el más importante no es el referido a aquello de lo que hablan los cuentos o los poemas, sino una cierta atmósfera que recorre unos y otros. Esa atmósfera, entiendo, es la soledad. Los títulos de ambos libros juegan con esa idea de una manera más o menos velada: Para que nada sea y La compañía de los hombres. Uno, como construcción adverbial, como circunstancial de fin, por decirlo de algún modo, en el que notamos que el verbo, la acción, está ausente, o sea, es la circunstancia de una acción que no se produce o no se enuncia, pero además esa ausencia de acción tiene como objetivo la nada, que es mucho más que la soledad, pero se la asocia a ella fácilmente, podríamos decirla algo así como “soledad radical o total”; y el otro título, el que se presenta hoy, aparece como opuesto a la soledad, y por lo tanto completamente vinculado a ella.






Ahora,esa soledad no está hecha de lamentos o de personajes que estén todo el tiempo fastidiados con su propia situación: a lo largo del libro se van a encontrar ironías, gags incluso, burlas sacrílegas, y todo un grupo de escenas (sobre fútbol, secuestros hipotéticos,revoluciones pretendidas, etc.) que tienden a desacralizar ese lugar que cada uno de nosotros le otorgamos a nuestra propia soledad. Porque, insisto, creo que a Mariano no le interesa la soledad como tema, sino como plataforma desde donde comprender lo que ocurre. La soledad de los personajes (que son variados,pero que forman sin duda un único y mismo sujeto, una misma mirada) les viene dada por un mundo idiota y hostil, que los somete a una especie de extrañamiento y de fascinación: mirar la decadencia de todo es saber que la decadencia también está en un uno, y en ese punto de identificación, el sujeto de estos cuentos se siente totalmente pasivo, no puede y no quiere expresarse,o mejor, hace de la no expresión la vía por la que se expresa la decadencia. Yen esto, me parece, radica el proyecto literario de Mariano.

Hace poco leía un libro de Carlos Correas, reeditado hace poco. Correas fue un escritor argentino traspapelado en los cánones y no estoy muy seguro de que sea del gusto de Mariano, pero me encontré con un fragmento que me remitió directamente a su trabajo y a La compañía de los hombres en particular. Lo leo:



“… el elemento de pasividad se compone, entre otras cosas, de la rabia por la soledad, lo monstruoso del propio porvenir, la bajeza, la pregunta acerca de si la declaración de las propias miserias posee alguna fuerza para acercarse a los demás hombres, la pregunta acerca de si hay un modo de manifestar la impotencia. Nuestro pasivo no cree en el desempeño de una misión artística o creadora, no siente en su interior nada fatal que lo impulse a la expresión, no encuentra en él una inteligencia perentoria y punitiva, no posee una reputación que comprometer, no conoce posibilidad algunade ser original o incomparable, y las líneas que escribe surgen arrastrándose contra su ociosidad, se apoyan únicamente en el deseo de ejercer sobre los demás el mismo efecto que han ejercido sus lecturas en él, se destinan desde un principio a que él sea su único lector.” (Los reportajes deFélix Chaneton)



El otro punto de conexión que quería marcar entre un libro y otro está dado por lo estilístico. No son libros sencillos, por así decirlo, y ambos están cruzados por un trabajo de experimentación, a veces incluso de ensañamiento con el lenguaje, como si el poeta o el narrador se obsesionaran con una palabra o una imagen y la abordaran una y otra vez hasta hacerla decir todo lo que tiene.
Ese ensañamiento parte de una premisa: es imposible saber lo que la palabra o la imagen está diciendo y, en la medida que somos sujetos de lenguaje, es imposible saber qué soy. Así como hay una correlación entre los títulos, la hay entre los epígrafes. Para que nada sea lo abre una cita de Otelo, “Soy el que no soy”, frase que tiene covers en toda la literatura posterior, en el psicoanálisis, en el post estructuralismo, etc. La compañía de los hombres lo abre un versículo del libro de Isaías, del Antiguo Testamento, “No tenía ni apariencia ni presencia”. Los dos epígrafes ponen de manifiesto tres cosas importantes: el valor de la negatividad (las cosas se definen por lo que no son, lo que nos habla de una mirada de la decepción) y la idea de que hay algo más allá de lo que percibimos. Esto lo quiero atar a cómo aparece lo religioso en los textos de Mariano, lo religioso no en su acepción institucional, sino en su forma de pregunta acerca de lo que nos traspasa y reúne, de lo que nos da existencia. Hay en esa insistencia de las palabras y las imágenes una suerte de rezo para hacer emerger lo que “no soy”, lo que “no tiene apariencia ni presencia”.

Van a ver que en los cuentos las descripciones son imprecisas. Los lugares, los personajes, las fechas, los idiomas son difusos. El narrador duda, se pregunta obsesivamente por lo que percibe. Esa falta de consistencia del mundo, esa imprecisión de las cosas, de los nombres, de los lugares, incluso de la propia lengua (como se ve en Pasifae) tironea las oraciones y los párrafos en recomienzos constantes, repeticiones de palabras o sintagmas que suenan y vuelven a sonar, pero que, como lo sabe el poeta, nunca devuelven lo mismo, sino que cada repetición, al igual que un estribillo musical, trae algo nuevo, un sentido que no está en el significado estricto de las palabras, sino en su sonoridad, en su forma. En el primer cuento, Desafío, hay un párrafo que repite una y otra vez “puede ver”. Lo leo:




“Puede ver que esa sonrisa puede ser la suya, ese ardor en las mejillas, y puede ver ahora los escotes, los cuerpos apretados y las curvas sosteniendo polleras. Puede ver los tonos retocados digitalmente para resaltar los verdes en el iris y las pestañas que se yerguen amenazantes. Puede ver la sonrisa que podría ser la suya ardiendo en las mejillas cuidadosamente resaltadas por una sombra de barba de unos días, y los pectorales de plástico, y la piel tonificada con tonos sospechosos y artificiales. Puede ver el color, la parafernalia, las luces y la lluvia de papeles que caen sobre los escotes sospechosos al mismo ritmo que cae la lluvia sobre los techos. Puede ver las pestañas amenazantes y la dulzura sospechosa sobre el verde retocado del iris. Puede ver esas sonrisas, que podrían ser las de él, y la plenitud, la salud, las cintas de papel que caen a través de los reflectores sobre los cuerpos semidesnudos tonificados de un bronceado sospechoso. Puede ver la salud, la felicidad, la plenitud, las luces y la cinta de papel que arma un perímetro entre él y ellos, y puede ver que ya no tiene el desafío para saltarla, y ya no siente ardor en sus mejillas.”



¿Por qué esta repetición? Al repetir, uno no pronuncia lo mismo, o sí, es lo mismo pero diferente, porque la misma repetición ya produce una diferencia respecto de su precedente. Esa diferencia, creo yo, viene dada por lo que el lenguaje literario es capaz de hacer con el tiempo; es decir, Mariano sabe que la totalidad de la experiencia presente, del ahora, por su fugacidad, es difícil de comprender, de escribir, que no tiene, parafraseando el epígrafe, “ni apariencia ni presencia”. Pero es justamente sobre esa dificultad sobre la que se monta. Cada repetición es una conexión inmediata con el pasado, con lo que ya se dijo, con ese sentido primigenio, y a la vez, también, una expectación, la espera de que otra vez aparezca lo mismo, o sea, una aparición de lo futuro como potencial. Así, el fracaso presente, en su reiteración literaria, da lugar a una conexión mayor, una conexión melancólica y pesimista con algo que podríamos llamar lo eterno. En ese punto es donde Mariano, conocedor de las ficciones religiosas llamadas Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, etc., tiene su encuentro con lo que se nos escapa en tanto seres de razón. Pero es un encuentro, como podrán ver, que no es feliz, porque finalmente no halla esa respuesta tranquilizadora a la pregunta ¿por qué soy? Lo que hay es una invasión de esa pregunta que lo cubre todo, que sobrevuela todos los cuentos, que no se termina de formular y mucho menos de responder, que lastima, pero que hace más significativa la mucha o poca miseria de todos los días.







Leonardo Novak




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